Crítica de Una pastelería en Tokyo, de Naomi Kawase

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Basada en la novela del escritor japonés Durian Sukegawa, Una pastelería en Tokyo de Naomi Kawase, directora muy apreciada por el público argentino, parece volver a una tradición de la relación entre el público occidental y el cine oriental. En esa tradición, las películas japonesas (Kurosawa, Ozu o Kobayashi) enseñaban al espectador occidental las buenas maneras del transcurrir de la vida, tanto del vivir como del morir, encontrando una especie de arcadia humanista y un elevado sentido de la simplicidad ética: ancianos entrañables, relaciones maestro-aprendiz, referencias a la naturaleza como la fuente de toda belleza posible y al dolor físico provocado por las injusticias o la guerra una manera de enseñanza necesaria en representación de la humanidad toda.

Autoreferencial o directamente autobiográfico, el cine de Kawase representa muy bien ese tipo de cine japones que le gusta a Europa: su larga presencia en el Festival de Cannes lo demuestra, Shara, compitió en 2003, El bosque del luto (Mogari no mori), gana el Grand Prix en 2007, Hanezu no tsuki (Hanezu), en 2011 y Aguas tranquilas (Futatsume no mado), en 2014. Una pastelería en Tokio (An) fue la película de apertura de Un Certain Regard 2015.

Aquí no va a encontrar el espectador las calles atestadas de gente o de tecnología de la  Tokyo actual porque la historia transcurre en un barrio de la ciudad: una pequeña esquina que tiene una todavía más pequeña pastelería donde se vende solo Dorayaki, especialidad dulce japonesa. No hay vértigo, al contrario, los planos fluyen hacia la descripcion de sus personajes. Los envuelven, para entenderlos. El lugar es gerenciado por Sentar?, quien pone un aviso para contratar a un ayudante. Allí acude la anciana Tokue (la actriz Kirin Kiki sabe darle un tono muy particular) quien ante una primera resistencia de Sentar? terminará, sin embargo, finalmente contratada. Va a cocinar un relleno de pasta de frijoles único.

Una pastelería en Tokio podría entrar dentro del género de cine de cocina y cocineros. Los momentos que Tokue y Sentar? comparten en la cocina, tal vez resulten lo mejor de la película: las dificultades de la anciana afectada por una deformidad en las manos y la asistencia amorosa de ese hombre tosco que va transformando su hosquedad ante la ternura de la mujer que resultará salida de un hospital de leprosos donde fue recluida durante 60 años.

Tokue se maravilla con el cerezo florecido de la puerta de la pastelería y acerca su oído a los frijoles que se cocinan en la olla. Para ella, las cosas de la vida tienen una historia que hay que saber escuchar y asi le enseña a Sentar? que cura con ella su pasado oscuro para poder renacer un dia, en una plaza vendiendo dorayakis en su nombre.

Bella película de Kawase como no podía ser de otra manera.

Solo en el Cine Cosmos UBA 20:15