Crítica de OG. En castellano Y, de Verónica Salinas

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Una joven decide ir a Fredrikstad, Noruega, en medio de la crisis del 2001. Allí trabajará de niñera y deberá enfrentarse a una cotidianeidad que le es ajena, no solo por el idioma, sino también por una forma de vivir que le resulta tan fría como el clima de ese país europeo. Más allá de las referencias autobiográficas, Verónica Salinas plantea un texto que escapa a cualquier encasillamiento.

En principio, OG. En castellano Y, tiene algo de poesía y algo de narrativa. No es una novela propiamente dicha, pero tampoco es un libro de poemas. Más bien podríamos hablar de una narración que se vale de lo fragmentario y de los recursos de la poesía para contar la historia de su protagonista. En este sentido, hay una especie de división en movimientos, ya que todo el tiempo el relato pasa de Noruega a la Argentina o, lo que es lo mismo, del presente al pasado reciente y no tanto. Así nos enteramos de que sus padres son de Corrientes, de que amaba pasar sus vacaciones en la casa de su abuela Lola junto con su hermana Sisí, de que abandona el secundario y se dedica a tomar clases de yoga y trabajar de camarera. Cuando creía haber encontrado cierto equilibrio, llegan el 2001, las cacerolas, los despidos, y como resultado, una madre que no puede dormir y un padre que no puede comer. Es entonces cuando decide viajar, con todo lo iniciático que tienen los viajes: dejar el hogar, salir a lo desconocido, enfrentarse con los inconvenientes que surgen, pero también aprender a partir del dolor y de la pérdida.

Uno de los temas alrededor del cual se construye el libro es el del idioma. Una de las primeras palabras que aprende la protagonista es “og” que es nuestra conjunción “y”. Ella misma dice que muy pocas cosas se pueden decir con esta palabra –aunque al final le encontrará un nuevo sentido–, a lo que se suma que su mejor amiga Mónica es polaca y que ninguna habla tampoco inglés. Sus diálogos simples nos muestran el deseo de ambas de poder comunicarse más allá de la desesperación de no poder contar lo que les pasa: “Es terrible no tener palabras para contar algo. / Es importante poder contar nuestras historias. / Hoy pienso: / Somos sangre, carne, / órganos, células / y huesos de historias”.

Otro de los temas importantes es el de la identidad. La protagonista siempre se sintió “sapo de otro pozo” por su origen, por el color de su piel, por pertenecer más al campo que a la ciudad. En la escuela le dicen “oscurita” e “india”; ella y su hermana son “pobres entre los ricos. / Indígenas entre los blancos”, lo que nos remite a la actualización de la vieja dicotomía entre civilización y barbarie. En Noruega, la pérdida de la identidad es mayor: ¿quién es ella en un lugar donde ni está su familia, ni puede hablar en español ni se siente cómoda con su trabajo?, ¿cómo recuperar lo que era antes, lo que le gustaba o lo que la hacía reír? El libro se transforma así en una novela de aprendizaje, una moderna Bildungsroman en tanto la protagonista termina reconociéndose fuerte y valiente.

Los recuerdos también se configuran en un eje temático central. La infancia emerge como el paraíso perdido, un espacio descripto desde la inocencia de la mirada de una nena: “El cielo estaba tan bajo, tan cerca / que a veces parecía que Lola / les sacaba brillo a las estrellas con el trapito / de espantar mosquitos”. Es además el lugar donde la naturaleza se derrama a cada paso e inunda la vida de las dos hermanas en la Corrientes de la abuela. Es en estas descripciones donde se nota más un lenguaje poético sin caer nunca en algo artificial porque el texto, en todo momento, privilegia la narración en un registro que combina la ingenuidad, la sencillez y la emotividad.

OG. En castellano Y es un texto que conmueve, que invita a realizar el mismo camino interior que el de la protagonista y que nos convoca a valorar los actos cotidianos que, precisamente, se transforman en valiosos por los lugares donde los hacemos y por la gente con quien los compartimos.

Og. En castellano Y, Verónica Salinas (traducción de la autora), Cántaro 2018, 176 págs.

Verónica Salinas es actriz y escritora, y se radicó en Noruega después de la crisis del 2001. OG recibió el premio a la mejor novela del 2016 otorgado por la asociación de las librerías de dicho país.