Witold Gombrowicz: “No me han comprendido del todo”

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Witold Gombrowicz (1904 -1969) fue un destacado escritor polaco. Pasó la mayor parte de su infancia en Varsovia, donde obtuvo la licenciatura en derecho en 1926, pero después de publicar el libro de relatos Memorias del tiempo de la inmadurez (1933), decidió dedicarse exclusivamente a la literatura y a la crítica literaria. En este libro ya se manifiesta su actitud irónica y cargada de humor absurdo respecto de toda la herencia literaria, aunque se enlaza con lo que postulaba Stanislaw Ignacy Witkiewicz una década antes.

Una de sus mejores obras, o quizás la mejor, es Ferdydurke (1937), una novela que incluye géneros tan diversos como diarios, panfletos, ensayos, monólogos y diálogos, y que contiene mucho de crítica al sistema educativo y a la escala de valores éticos de la sociedad de la época. Allí se puede leer la filosofía de Gombrowicz, para quien el hombre solo se realiza a través del hombre.

Además de las novelas, escribió obras de teatro. Ambas se relacionan no solo por su sentido de lo grotesco y por los temas, sino también porque los personajes adoptan papeles que les son impuestos y que encarnan a modo de estereotipos, mediante un lenguaje hecho de gestos y muecas. En 1938 publicó la obra dramática Yvonne, princesa de Borgoña, y al año siguiente, la novela Los hechizados. En 1953, apareció la novela Transatlántico y, ese mismo año, el drama El matrimonio. Más tarde se editó Pornografía (1960), Cosmos (1965), por la que obtuvo el Premio Formentor, y la pieza teatral Opereta (1966).

Gombrowizc publicó, asimismo, tres volúmenes de sus Diarios (1957, 1962, 1966), que abordan diversos hechos de su vida, y en especial reflexionan sobre las manifestaciones sociales del pensamiento estético y literario: “Escribo este diario con desgano. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? Si es para mí mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector, ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo? ¿Hablas a ti mismo de tal manera que te oigan los demás?”.

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial lo encontró en la Argentina y entonces se instaló en Buenos Aires. Durante largos años, su obra fue ignorada o despreciada, pero finalmente consiguió reconocimiento, y en 1963 obtuvo una beca de la Fundación Ford para viajar a Berlín occidental. Desde allí se trasladó a las cercanías de París y luego a Vence, donde murió.

Witold Gombrowicz, Diario (1953-1969), fragmento

Este libro, la Divina Comedia, que sigue frente a mí en la mesa está a una distancia de seiscientos años.

¿Qué debe ser para mí el pasado del género humano? Me encuentro sobre una inmensa montaña de cadáveres: todos aquellos que ya pasaron. ¿Sobre qué me encuentro, pues? ¿Qué es esa masa por debajo de mí, ese hervidero de existencias concluidas fuera de mí?

¿Debo buscar en el pasado a los hombres o sólo cierta dialéctica abstracta del desarrollo?

Lo que de entrada salta a la vista es que del pasado sólo consiguen llegar hasta mí los hombres más importantes. En la Historia hay que llegar a ser para quedarse… Todos los cementerios de la Grecia antigua se reducen a unos centenares e personas como Alejandro, Solón, Pericles… Y de la Florencia medieval, ¿cuántos han quedado aparte de Dante?

En la gran parada de todos los muertos del mundo no reconocería a nadie aparte de los Grandes. Me gusta la aritmética, de algún modo me posiciona frente a los problemas. ¿Cuánta gente muere diariamente? ¿Doscientos, trescientos mil? Cada día un ejército entero, unas veinte divisiones van a la tumba. No sé, no conozco, no estoy au courant…, nada…, nada…, todo está fuera de mí. ¡La discreción de la muerte (pero también la discreción de la enfermedad)! Alguien que no supiera que en este mundo se muere podría estar paseando durante años por nuestras calles, caminos, parques, campos, plazas, antes de descubrir que semejante fenómeno tiene lugar realmente. También entre los animales la discreción es asombrosa. ¿Cómo se las arreglan, por ejemplo, los pájaros para que nadie sepa que han muerto? Los bosques, las florestas, deberían estar sembrados de ellos, y, sin embargo, puedes pasear kilómetros y kilómetros y casi nunca encontrarás ni el más diminuto esqueleto. ¿Cómo se esfuman? ¿Dónde desaparecen? No hay en los bosques suficientes hormigas o roedores que puedan con todos.

La muerte es universal, vaga, difuminadora.

¿Y yo? ¿Yo en estas condiciones? ¿Yo con mis necesidades, las necesidades de mi yo? Cuanto menos me oriento entre esas multitudes de los cementerios, tanto más me aferro a los Grandes. A estos los conozco personalmente. La Historia son ellos. Ningún revoltijo hecho de migajas me los puede sustituir.

Pero ¿mi actitud hacia ellos es suficientemente personal?

Atribuyo una gran importancia personal a esta pregunta.

La Divina Comedia no me basta. Lo que busco en ella es a Dante. Pero no lo encuentro, porque el Dante que me ha sido transmitido por la historia es justamente el autor de la Divina Comedia. Estos grandes hombres ya no son hombres, son únicamente sus logros.

Pero lo que resulta más irritante es que incluso nuestra actitud ante esos logros ha sido totalmente desvirtuada. Porque en la escuela, en casa, sólo nos han enseñado respeto y adoración, mientras que nuestra actitud ante los Grandes es ambigua: es verdad que yo los admiro y me doblego ante ellos, pero también los trato con conmiseración y desdén. Soy inferior porque ellos son Grandes. Pero soy superior porque nací más tarde, en un estado de evolución más elevado.

Esta segunda actitud, que yo llamaría “brutal” o “directa”, no se estila. Sólo somos capaces de abordar al creador y la obra en su perspectiva y alcance históricos. Veamos qué resultados daría abordarlos de un modo directo. ¿Puedo yo, con mi imaginación de hoy, embelesarme de verdad con los productos de la imaginación casi campesina, apenas despertada, de Dante? Los tormentos de sus condenados son tan vulgares, e inconsistentes, y parlanchines. Esos discursos pronunciados entre una y otra tortura… Esas situaciones, siempre las mismas, que se repiten con una fastidiosa monotonía (pero si quisiera enfocar la obra en su perspectiva histórica, tendría que decir que por ser un poema del siglo XIV esas situaciones son ricas y están llenas de imaginación), mientras que la Temporalidad irrumpe in crudo en la Eternidad, con sus problemas políticos y de otra índole. Además el autor no siente el pecado, sus pecados no tienen fuerza, son más bien la trasgresión de un reglamento, si tientan ni repugnan.

¡Cuántas cosas por el estilo se podrían decir todavía para demostrar que es una obra simple, mediocre, aburrida, pobre! De ahí una conclusión melancólica: que por más que me esforzase nunca podría llegar a este hombre a través de su obra. Puesto que, abordado desde la Historia, se me aparece sólo como un gran logro histórico. Pero cuando intento asirlo brutal y directamente, pasando por alto el tiempo, ¡su Divina Comedia no vale un comino!

¿Así que el pasado tiene que ser para mí únicamente un agujero? ¿Sin hombres reales?

*   *   *

Vuelvo al terceto que he rehecho:

Por mí se va a la ciudad doliente

Por mí se va al eterno dolor

Por mí se va a la perdida gente…

He aquí la continuación de la inscripción infernal:

La justicia inspiró a mi creador

Hízome la Divina Potestad

La Suma Sabiduría y el Supremo Amor.

Y de pronto… ¡una conmoción!

¡¿Cómo!?

¡¿Cómo se atrevió!?

¡Es monstruoso!

¡E infame!

Sólo ahora lo veo: es el poema más monstruoso de la literatura mundial, un poema que página tras página desgrana una letanía de tormentos, un registro de torturas. “El Supremo Amor…” Es justamente ese “Supremo Amor” lo que de pronto pone en evidencia la monstruosidad de toda la empresa. Y también su ruindad. Si se tratara del Purgatorio estaría de acuerdo…; aunque esos pecados exigieran una condena tan satánica, a lo lejos se vislumbraría el resplandor de la Salvación. Pero ¿el Infierno?

El Infierno no es un castigo. El castigo lleva a la purificación, encierra su propio fin. El Infierno es una tortura para toda la eternidad, y el condenado, dentro de diez millones de años, deberá gritar de dolor igual que en este momento, para él nada cambiará jamás. Esto es imposible de admitir. Nuestro sentido de la justicia no lo soporta.

Y él escribe tranquilamente en la puerta del Infierno: “Hízome el Supremo Amor.”

Cómo explicarlo a no ser que escribiera por miedo o por bajeza, ¡para agradar…! Horrorizado, temblando de pavor, se decide a rendir el supremo homenaje al supremo terror llamando el supremo amor a la suprema crueldad. Jamás la palabra “amor” fue utilizada de manera más descaradamente paradójica. Ninguna palabra del lenguaje humano fue nunca utilizada de manera más descaradamente perversa. Y esta palabra es justamente la más sagrada, la más querida de todas. Nos cae de las manos el libro infame y nuestros labios heridos musitan: no tenía derecho…

Vuelvo a coger el libro vergonzoso, recorro con la vista el poema entero, sí, es innegable, todo este desolladero infernal desprende el incienso del Supremo Amor, Dante acepta el Infierno, lo aprueba, es más, ¡lo adora! ¿Cómo es posible? ¿Qué habrá pasado para que una obra hasta tal punto depravada por el más salvaje de los miedos, tan servil, tan contraria al sentimiento más esencial de la justicia humana, haya podido convertirse a lo largo de los siglos en un Libro Edificante, en el más venerado de los poemas?

Católicos…, al fin y al cabo, la Divina Comedia es vuestra…, ¿cómo lo habéis podido asumir?

El hombre, según la doctrina de la Iglesia, fue creado a imagen y semejanza de Dios.

Así, lo que es contrario a nuestro más profundo sentido de justicia no podrá ser justo ni en este mundo ni en el otro.

Un artista católico no puede escribir en contra de sí mismo. Toda la Divina Comedia se encuentra en estado de pecado mortal.

Y el mundo católico la adora.