Crítica de Próximo, de Claudio Tolcachir

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El amor es siempre una ficción. Hace unos meses me separé. Era un vínculo “real”. De pronto descubrimos que cada vez era más difícil sostener esos personajes, hipérboles de nosotras mismas, que habíamos construido para la otra en pos del amor. Nos dimos cuenta de que esa de la cual nos habíamos enamorado, no era más que una ficción fundada en la proyección de deseos de lo que cada una quería de sí misma. Y, mediaran o no dispositivos electrónicos, ya no podíamos comunicarnos. No éramos.

Enseguida empecé una relación virtual con una activista del sur del país que vive más o menos a doce horas de mi casa. Todo empezó con una tímida danza de apareamiento virtual: la agregué a FB, después le puse algún like que ella me devolvió. A las semanas le laikié todo y fue recíproco, cuando empezamos a comentarnos las fotos lo nuestro era inminente. Una noche, borracha, escribí un posteo triste y me escribió por privado. La sororidad feminista también puede ser una buena estrategia para el levante. Nos enamoramos. Sí. Aunque nunca nos vimos personalmente. No sabía, ni supe después, cómo era su olor, ni la textura de su piel o si me haría reír como sabía hacerlo durante las horas de chat de whatsap o si las promesas sexuales se cumplirían, al igual que el acto onanista, sin desilusiones. Es que el componente de idealización necesario para enamorarse se exacerba cuando el vínculo es virtual. Cuando no existe, o existe en menor medida, la posibilidad de confrontar el ideal con la “realidad”.

Y algo más o menos así es lo que pasa entre Pablo y Elián de Próximo, la última obra de Claudio Tolcachir. Elián (Santi Marín) es un actor hijo de un político español, Pablo (Lautaro Perotti) es un argentino exiliado en Australia, se agregan a las redes, se laikean, se conocen, se acompañan, se prometen, se aman.

En escena las computadoras y celulares están apagados, pero ellos, los actores, resuelven perfectamente el desafío de hablar por Skype con la pantalla en negro. Cada uno pendiente del otro en una paradoja del “como sí”. Los actores están cerca, actuando personajes que están lejos, en diferentes momentos del día, en diferentes climas, aferrados a esa ilusión de cercanía que brindan las redes. Por momentos están pegados pero no se tocan, no se miran. Este es el mayor de todos los aciertos de Claudio Tolcachir al dirigir esta obra: la manera analógica en la que genera el pacto mágico con el espectador, evitando utilizar la tecnología que la obra enuncia en su argumento.

El amor virtual no es menos real ni más ilusorio que el amor romántico de cuerpo presente. Los cuerpos saben materializar las emociones en cualquiera de las dos experiencias. El amor que sucede en Próximo, y el de las relaciones virtuales en general, pareciera ser más democrático ya que permite, como en una telenovela, los vínculos afectivos entre personas de diferentes clases sociales, con diferentes problemáticas culturales y existenciales. En el imaginario colectivo subyace una idea casi absurda de que el enamorado todo lo puede  pero la trampa está en que la promesa de realización personal a través del amor en un capitalismo que nos devasta puede ser un oasis o una herramienta de control. Próximo nos entrena la esperanza.

Tolcachir, es un director muy inteligente que gusta de escenificar los (des) bordes de las familias disfuncionales (¿existen familias que no lo sean?) y suele hacer explotar los conflictos que están el aire cuando todavía no han sido enunciados de manera explícita por la sociedad mientras la política subyace la escena como un corazón delator.

En esta oportunidad la operación es inversa no descubre la trampa del amor romántico. El tiempo pasa y Elián y Pablo siguen sin conocerse. Personajes y espectadores permanecemos con la ilusión intacta.

Recomiendo Próximo efusivamente porque lo que hace posible al arte es la identificación del espectador con la obra, y es por eso que escribo esta crítica en primera persona, porque pude reconocer experiencias propias en la belleza poética de sus escenas. Es aliviador y me reconforta incluso de ese fracaso, cuando mi ex “novia” virtual estaba por llegar a Buenos Aires, a días de conocernos y me dejó de manera brutal. Yo lloré con lágrimas de verdad, porque los emojis no me alcanzaron. Tolcachir, al igual que la chica del sur, no hace efectiva la constatación entre virtualidad y realidad presencial, (me resulta injusto contraponer lo conceptos como si la virtualidad fuera una mentira) porque la obra no se trata de desilusiones sino de la construcción del amor como ficción política.

Ficha artístico-técnica

Dramaturgia: Claudio Tolcachir
Actúan: Santi Marín, Lautaro Perotti
Diseño de vestuario: Cinthia Guerra
Diseño de escenografía: Sofía Vicini
Diseño de luces: Ricardo Sica
Diseño gráfico: Pauli Coton
Asistencia artística: Cinthia Guerra
Asistencia de iluminación: Lucia Feijoó
Prensa: Marisol Cambre
Producción ejecutiva: Timbre4, Maxime Seugé, Jonathan Zak
Producción: Complejo Teatral De Buenos Aires
Dirección: Claudio Tolcachir

TIMBRE 4; México 3554; Capital Federal – Buenos Aires – Argentina; Teléfonos: 4932-4395

Web: http://www.timbre4.com

Entrada: $ 300,00 – Domingo – 19:15 h – Hasta el 02/09/2018; Entrada: $ 300,00 – Sábado – 22:45 h – Hasta el 01/09/2018