Creoenunsolodios, Stefano Massini

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En el poema “Un terrorista: él observa”, la poeta polaca Wislawa Szymborska dice: La bomba explotará en el bar a las trece veinte. /  Ahora apenas son las trece y dieciséis. /      Algunos todavía tendrán tiempo de salir. / Otros de entrar, y hace una cuenta regresiva de la hora hasta llegar al momento fatídico.

En la obra de teatro Creoenunsolodios del italiano Stefano Massini, estrenada en Buenos Aires en una versión de Patricia Zangaro, hay una misma cuenta regresiva que detalla la fecha y el lugar en que se encuentran cada uno de los tres personajes que narran los eventos. El espectador vive el horror de la espera, sabiendo que sucederá algo trágico, y que solo podrá quedarse presenciando, escuchando, aguardando.

El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.
Esa distancia lo protege de cualquier mal
y se ve como en el cine:

Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.
Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.
Unos chicos con vaqueros: ellos está hablando.
Trece diecisiete y cuatro segundos.

El título de la obra está escrito como una sola palabra, siendo en italiano credoinunsolodio, cuya doble lectura puede ser credoinunsoloDio o credoinunsolOdio, la cual produce reverberaciones internas al ser leída. En castellano, este desequilibrio lingüístico no es tan evidente a simple vista, aunque el programa presenta el título también como una sola palabra: creoenunsolodios, con el énfasis en odios, por lo cual se superpone “un solo dios” con “solo odios”, lo que sugiere que la creencia en ese único dios se transforma por medio de las diferentes miradas en una creencia en el odio, en una excusa para la xenofobia como consecuencia de esa unicidad aparente de ese único dios. “Creo en el odio” o “Creo en muchos odios”, eso es lo que surge del título, y es el odio hacia aquel que sea un otro, un odio hacia aquellos que no comparten la propia identidad, afectando de manera irreparable las vidas de las personas.

Ese más bajo tiene suerte y sube a una moto,
y ese más alto entra.

Trece diecisiete y cuarenta segundos.

La obra está construida como una serie de monólogos interconectados de tres mujeres: Eden Golan, profesora de historia israelí; Shirin Akhras, joven palestina que inicialmente estudia historia de Palestina, y Mina Wilkinson, militar norteamericana, cada una con su punto de vista, su mirada, su monólogo que se entreteje con los monólogos de las demás, como si fuera un solo monólogo para un solo dios, siendo finalmente varios monólogos que culminan trágicamente en esos solo odios. Estas tres mujeres relatan detalladamente los eventos que se fueron sucediendo entre el 29 de marzo del 2002 y la noche del 8 de abril del 2003, cuando ocurre un atentado en un bar de Rishon LeZion.

El texto es potente y poético, y las actuaciones son magistrales: tres miradas, tres tonalidades para un mismo conflicto. La inteligencia y calidez de Noemí Morelli, quien interpreta a la profesora israelí, transmite la incredulidad de una mujer educada y erudita, que intenta aferrarse a la civilización en la que ha creído toda su vida y que, ante la violencia de su entorno, debe luchar con sus principios, contra todo lo que ha aprendido, y enseñado. La joven palestina interpretada por Antonia Bengoechea cuenta lenta, pausada e incluso impasiblemente, casi en una especie de tiempo detenido, cada una de las acciones que la van llevando al fondo de este infierno, con delicadeza y certeza al mismo tiempo. Una enseña —la otra estudia— historia, y en este cruce de relatos tienen visiones —y versiones— enfrentadas. La militar interpretada por Estela Garelli tiene una fuerte presencia física, con una mirada irónica, sarcástica, hasta desentendida, de la violencia que la circunda y que ella misma también genera. Para ella se trata simplemente de un trabajo, aunque ese aparente distanciamiento es también una forma de protección, una manera de vivir dentro de ese escenario de muerte. Hay algo impersonal en su sonrisa y actitud, y en sus acciones: está y no está ahí al mismo. A ella no le interesa la historia, lo suyo es un presente continuo: está para cumplir órdenes y nada más, sin pensar, sin cuestionar.

Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.
Sólo que de repente ese autobús la tapa.

Trece dieciocho.
Ya no está la niña.
Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,
eso ya se verá cuando vayan sacando.

Trece diecinueve.

Hay algo hipnótico en la repetición de la fecha y el lugar, en la precisión de definir con exactitud las coordenadas de cada una de estas mujeres: es una poética del espanto, una letanía de lo irremediable del destino. Porque los destinos de estas tres mujeres se entrecruzan en una especie de diálogo que nace a partir de sus respectivos monólogos, tomando como punto de partida ese solo dios que provoca esos muchos odios.

Cuando Hannah Arendt habló por primera vez sobre la banalidad del mal, se refería al juicio de Adolf Eichmann, a ese hombrecito insignificante y mediocre que dirigió un entramado de muerte simplemente siguiendo órdenes como buen burócrata, pero la definición de banalidad puede también ampliarse al ver cómo la monstruosidad se construye a partir de pequeñas acciones totalmente triviales: marcar el número de un teléfono celular, llevar una mochila, acercarse a un automóvil detenido, entrar a un bar, sentarse a una mesa, tomar una cerveza, beber un té en una taza o en un vaso descartable, todas acciones cotidianas, banales, insignificantes en sí mismas pero cargadas de significado metafórico y densidad dentro de esta historia.

Como espectadores, comprendemos que hay un incidente que va a unir implacablemente a estas tres mujeres, y en cierto modo vamos anticipando esta crónica de una muerte anunciada, la muerte que no se sabe bien cómo va a ocurrir, pero que ineludiblemente desembocará en ese final apocalíptico que las reunirá en un destino compartido.

Y ahora como que no entra nadie.
En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.
Pero parece que busca algo en sus bolsillos y
a las trece veinte menos diez segundos
vuelve a buscar sus miserables guantes.

La escenografía es aparentemente sencilla y eficaz, con una fuerte carga sugerente: una tela blanca en el piso que se asemeja a la arena del desierto, a unas dunas, o a unas nubes. Al iniciarse la obra, entre medio de este espacio onírico, se ven las tres sillas, las sillas que usará cada una de estas mujeres, y también sus calzados, y algún que otro objeto, un par de pañuelos, por ejemplo. Cada uno de estos objetos en esencia intrascendentes, anodinos, corrientes, va tomando distinta densidad metafórica, van resonando los ecos entre los mismos, y esa multiplicidad de significados también se va entretejiendo en los discursos de cada una de las mujeres. La historia que cada una cuenta produce imágenes que, solo por medio de la palabra, crean una realidad que no es visible en escena pero sí es tangible, con una presencia tanto o más intensa que lo concretamente visible, una realidad fuera de escena.

En la puesta en escena de Edgardo “El Negro” Millán, las mujeres van sentándose en esas sillas, ocupando los vértices de un triángulo de la muerte y, a lo largo de cada instancia de la obra, se van trasladando de una a otra silla, van ocupando los lugares que ha dejado la otra en ese casi juego musical de sillas vacías que se va acercando al vórtice de la violencia. Cada una ocupa el lugar de la otra, cada una puede ser la otra; finalmente no hay diferencias entre ellas, lo irresoluble es ese solo dios, esos odios, en ese mundo que las irá consumiendo. La dirección de es sutil, detallada, minuciosa, y pone de manifiesto lo brutal de esa realidad, y al mismo tiempo genera suspenso, encontrando inclusive pequeños toques de humor en medio del espanto, con un ritmo que no flaquea, que impulsa siempre hacia adelante, hacia la fecha fatal en que se entrecruzan las vidas de estas tres mujeres. Excelentes todos los aspectos técnicos: iluminación, vestuario, diseño sonoro.

Son las trece veinte.
Qué lento pasa el tiempo.
Parece que ya.
Todavía no.
Sí, ahora.
Una bomba: la bomba explota.

Creoenunsolodios presenta una realidad que nace de un conflicto político y religioso, pero en realidad muestra cómo eso afecta la vida de las personas; la escala de la obra no es épica sino casi microscópica. Detalla la banalidad de pequeñas acciones, en un mundo que es igual al que cada uno de nosotros vive, el mundo de tomar un colectivo o un taxi, o quedar atascado en el tránsito, o usar el teléfono celular, o tomar un café, reunirse con amigos, compartir una habitación o mirar televisión, todas estas acciones comunes van dándole espesura e incorporando significados trágicos a lo largo de la obra.

Es teatro en su forma más pura; en ese espacio vacío del que habla Peter Brook, se produce algo que, a través del arte del texto, de la dirección y de las intérpretes, afecta profundamente y altera la mirada de los espectadores. Esas tres mujeres podrían ser cualquiera de nosotros. Justamente eso es lo que horroriza.

Y conmueve.

Ficha artístico-técnica

Autor: STEFANO MASSINI; Traducción: PATRICIA ZANGARO; Elenco: NOEMI MORELLI, ESTELA GARELLI, ANTONIA BENGOECHEA; Asistente de Dirección: JOSÉ ARAUJO; Dirección: EDGARDO “EL NEGRO” MILLÁN; Escenografía y vestuario: JULIETA ASCAR; Diseño de luces: FELIX “CHANGO” MONTI, MAGDALENA RIPA ALSINA; Diseño sonoro: PABLO ABAL; Fotografía: SEBASTIAN MIQUEL; Producción ejecutiva: ROSALIA CELENTANO; Prensa: VARAS OTERO

Todos los jueves 20:30 – entradas $280

Teatro Payró  San Martín 766, CABA

Anticipadas en venta en alternativa teatral o en la  boletería del teatro