Elias Canetti, la profesión de escritor

0
0

Elias Canetti (1905-1994) fue un escritor búlgaro en lengua alemana. En contacto con las vanguardias literarias en Berlín, escribió su primera y única novela, Auto de fe (1935), que se puede incluir dentro del Expresionismo alemán y que recién fue valorizada ampliamente a partir de los años sesenta.

Publicó, además, obras teatrales centradas en el abuso de poder y sus consecuencias sobre el individuo. En 1960 escribió el ensayo Masa y poder, que incorpora conceptos de diferentes disciplinas como la Antropología, la Sociología, como así también cuestiones de la mitología o de historia de las religiones. Asimismo, son muy reconocidas sus memorias, sobre todo el primero de sus tres volúmenes titulado La lengua absuelta (1977).

En 1972 recibe el Premio Georg Büchner, la más importante distinción literaria en lengua alemana; en 1975 las Universidades de Mánchester y Munich le otorgaron el doctorado honoris causa, y en 1981 recibió el Premio Nobel de Literatura.

La profesión de escritor, Elias Canetti (fragmento)

Pues lo cierto es que, hoy en día, nadie puede llamarse escritor si no pone seriamente en duda su derecho a serlo. Quien no tome conciencia de la situación del mundo en que vivimos, difícilmente tendrá algo que decir sobre él. El peligro en que se encuentra, antiguamente un tema de interés central para las religiones, ha sido transferido al más acá. Su destrucción, intentada más de una vez, es fríamente observada por quienes no son escritores, y no faltan algunos que calculan sus posibilidades de supervivencia y hacen de todo ello una profesión que los va engordando más y más cada vez. Desde que confiamos nuestras profecías a las máquinas, aquellas han perdido todo su valor. Cuanto más nos disgregamos, cuanto más nos encomendarnos a instancias sin vida, menos control tenemos sobre lo que ocurre. De nuestro creciente poder sobre todo, lo inanimado como lo animado, y en particular sobre nuestros semejantes, ha surgido un antipoder que sólo en apariencia controlamos. Habría miles de cosas que decir al respecto, pero todas son del dominio público; esto es lo realmente curioso: todo, hasta en sus detalles más nimios, se ha convertido en la noticia diaria del periódico, en lo atrozmente trivial. No esperen que les repita aquí estas cosas; hoy día me he propuesto algo distinto, mucho más modesto.

Tal vez valga la pena preguntarse si, dada la situación actual de este planeta, existe algo en virtud de lo cual los escritores –o los que hasta ahora han sido considerados como tales– puedan ser de utilidad. De cualquier forma, y pese a todos los reveses que la palabra ha tenido que soportar por ellos, algo le ha quedado de sus fueros. La literatura podrá ser lo que quiera, pero muerta no está, como tampoco lo están quienes se aferran todavía a ella. ¿En qué debiera consistir la vida de sus actuales representantes? ¿Qué deberían poder ofrecernos?

(…)

Un escritor sería, pues –tal vez hayamos encontrado la fórmula con excesiva rapidez–, alguien que otorga particular importancia a las palabras; que se mueve entre ellas tan a gusto, o acaso más, que entre los seres humanos; que se entrega a ambos, aunque depositando más confianza en las palabras; que destrona a éstas de sus sitiales para entronizarlas luego con mayor aplomo; que las palpa e interroga; que las acaricia, lija, pule y pinta, y que después de todas estas libertades íntimas es incluso capaz de ocultarse por respeto a ellas. Y si bien a veces puede parecer un malhechor para con las palabras, lo cierto es que comete sus fechorías por amor.

(…)

Esta, en mi opinión, sería la auténtica tarea de los escritores. Gracias a un don que antes era universal y ahora está condenado a atrofiarse, pero que ellos debieran conservar con todos sus recursos, los escritores deberían mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres. Deberían poder metamorfosearse en cualquier ser, incluso el más ínfimo, el más ingenuo o impotente. Su deseo de vivir experiencias ajenas desde dentro no debería ser determinado nunca por los objetivos que integran nuestra vida normal u oficial, por decirlo así; debería estar libre de cualquier aspiración a obtener éxito o importancia, ser una pasión para sí, precisamente la pasión de la metamorfosis.

(…)

He dicho que sólo puede ser escritor quien sienta responsabilidad, aunque tal vez no haga mucho más que otros por acreditarla a través de la acción individual. Es una responsabilidad ante esa vida que se destruye, y no debiéramos avergonzarnos de afirmar que dicha responsabilidad se alimenta de misericordia. Carece de valor si es proclamada como un sentimiento universal e indefinido. Exige la metamorfosis concreta en cada individuo que viva y esté allí. Y el escritor aprende y practica la metamorfosis en el mito y en las tradiciones literarias. No es nadie si no la aplica constantemente a su propio medio. Las mil formas de vida que penetran en él y quedan sensiblemente aisladas en todas sus manifestaciones, no se unen luego para formar un simple concepto en su interior, pero le dan la fuerza necesaria para enfrentarse a la muerte y se convierten así en algo universal.