Fragmentos de un pianista violento

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El drama de los otros

A poco más de una hora y media en auto desde la Ciudad de Buenos Aires se encuentra Mercedes, amable ciudad cercana a Luján en donde, como en tantos otras ciudades chicas, es posible apreciar espectáculos teatrales. Este tipo de obras conforman una suerte de “independencia periférica”, si admitimos que la centralidad sigue estando en nuestro ámbito metropolitano. Uno de esos espacios independientes es SABA (calle 41 entre 20 y 22), creado y dirigido por la teatrista Gabriela Lorusso, protagonista junto a Eduardo Chipy Romero de la obra de Darío Bonheur Fragmentos de un pianista violento, con dirección de Jorge Naipauer.

Fragmentos de un pianista violento se centra en un hombre y una mujer, espectadores de un drama que se puede entrever a la distancia y que se hace cada vez más cercano (a ellos, también a nosotros, los espectadores), a tal punto que en determinado momento es difícil distinguir quién lo padece.

Bonheur disemina el drama de tesis, fundamental en nuestra modernidad para pensar los flagelos sociales, hacia una zona de experimentación con el espacio y el lenguaje. El tema es duro: la violencia de género. Y cobra espesor a medida que hay una suerte de “transmutación”: lo que comienza como la descripción de la música del pianista y del maltrato hacia su mujer se convierte en una pesadilla propia. Los personajes –que reproducen el vínculo- se harán inseparables de aquellos que son observados. Se trata, de algún modo, de una reflexión sobre los mecanismos de identificación, nodales para sostener la compasión sobre la que las sociedades pueden construir lazos solidarios y, entonces, ser capaces de hacerle frente a los actos violentos.

En las lindes de lo público y lo privado, lo social y lo íntimo, deambula esta pieza concisa, contundente, en donde lo musical tiene peso desde lo dramatúrgico pero aún no en la puesta, en donde no consigue un lugar significativo. La dualidad entre la belleza de la partitura y lo bestial del maltrato es una arista poderosa para pensar la humanidad del artista.

Otro aspecto a tener en cuenta es el de la luz, que no acompaña los matices de las actuaciones; reducida casi a la frontalidad, la iluminación no termina de profundizar los múltiples planos sobre los que la obra se construye. No obstante, a los méritos dramatúrgicos apuntados se suma la labor de la puesta en escena y las actuaciones. Tanto Romero como Lorusso dotan a sus criaturas de parlamentos sentidos, de fuerza emotiva, y conforman un par actoral que se amalgama bien en escena y nos conduce hacia una necesaria reflexión.