La omisión

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“Si el cine es un arte de la realidad por mantener una relación de registro con ésta, y su esencia reside allí, el lenguaje cinematográfico no podría ser sino un complemento, hasta un estorbo, que debe estar subordinado a este hecho, ya que el ser del cine reside en la cualidad mecánica de su imagen que puede revelar lo real sin artificios”. Entendiéndose por artificio a todos los recursos utilizados: guión, montaje y edición, entre otros.

Esta suerte de manifiesto en defensa de la naturalidad, de lo real —en un medio profundamente irreal como lo es el cine— lo dijo Domin Choi, docente de la Universidad de Cine y director de la revista Kilómetro 111 en su libro “Transiciones del cine”. Claro que esto no es nada nuevo, ya lo había postulado André Bazin, fundador de Cahiers du Cinéma, allá por los años 60, en pleno auge de la nouvelle vague, aquel movimiento típicamente francés que postulaba la mirada como aprendizaje, el registro del mundo, la ceremonia del cuerpo y la memoria como algo fundamental.

Este preámbulo sirve para analizar a gran parte del film La omisión (2018), ópera prima de Sebastián Schjaer. ¿En qué sentido? En la naturalidad con que el director filmó las peripecias de una pareja que llega al sur patagónico —Ushuaia— con el propósito de juntar dinero para irse a vivir a Canadá. Un film que, más allá de la estética que predominaba en la época de la nouvelle vague, bien podría encuadrarse en la línea que habían delineado Godard, Truffaut y Chabrol —con Bazín a la cabeza— en donde el plano secuencia era sinónimo del cine más puro y “real”, y la prohibición del montaje se justificaba cuando la escena requería de una mirada verosímil y transparente.

Aquí no hay tanto travelling o plano secuencia, pero sí hay una valorización de lo espontáneo, de lo natural, de la negación del artificio en pos de una puesta en escena que —y aquí está lo curioso— no es tal. Algo que el director maneja a la perfección dejando que la historia fluya, que los diálogos se conviertan en discursos totalmente espontáneos —transparentes— sin un guión preestablecido, con la frescura que aportan las conversaciones entre la pequeña Malena (Malena Hernández Díaz) con su madre, con su padre y con su tía; es decir: el cine como un arte del registro. O como decía también Bazín en una ley para él fundamental: “todas las veces que es posible encerrar en un mismo cuadro dos elementos heterogéneos, el montaje está prohibido”.

Las locaciones elegidas para esta coproducción entre Argentina, Holanda y Suiza son de una belleza distante que aportan su cuota de preciosismo visual. Ushuaia en invierno puede ser muy pintoresca, pero también muy inhóspita. Eso lo viven en carne propia la pareja formada por Paula (Sofía Brito) y Diego (Pablo Sigal). A tal punto que la meta de conseguir dinero los separa, los aísla y los vuelve, de alguna manera, en dos seres que no logran empatizar ni con el lugar, ni con la gente de los alrededores. Solo el dinero parece ser el leit motiv dentro de esta historia de búsquedas personales y futuros ilusorios.

Diego tiene un trabajo fijo en Río Grande, una ciudad alejada de Ushuaia. Paula, por el contrario, luego de ser despedida de un hotel en donde trabajaba, se dedica a lo primero que pueda encontrar. Guía turística, primero, fotógrafa para una agencia de turismo, después, hasta concibe la idea —y la lleva a cabo— de recibir dinero a cambio de sexo con alguien de quien se hace amiga y que se convierte en su cable a tierra ante tanta soledad y desamparo.

La película de Schjaer es también la búsqueda de un ideal que no siempre encaja con lo que la sociedad espera de uno. Y esa búsqueda interior y a cualquier precio es la que se vislumbra en Paula. No lo dice, pero lo adivinamos en sus silencios, en sus miradas, en esa vitalidad que demuestra cada vez que debe afrontar un obstáculo. El agotamiento, la falta de dinero, los reclamos de su hermana que tiene alojada a su hija en su casa, se convierten en obstáculos que no solo no la paralizan, sino que provocan en ella la fortaleza necesaria para sortearlos, vencerlos y seguir adelante.

La cámara de Schjaer parece estar mirando siempre hacia el futuro, como sus personajes. Y ese efecto lo logra con las continuas tomas que realiza desde atrás. Planos desde la mitad de la nuca hacia ese horizonte que no se adivina pero que sabemos que se encuentra allí, en la blancura de la nieve, en la utopía de los deseos.

Hay situaciones en que la repetición de escenas y escenarios (el traslado de esquiadores) recrean la rutina, la morosidad y, por qué no, el deseo de Paula de arraigarse a una costumbre que destrozaría por completo los planes que se habían formulado con anterioridad. Es así que el final (absolutamente sujeto a varias interpretaciones) puede culminar en eso: transgredir lo que todo esperan de ella, aunque esa búsqueda sea interpretada como una actitud egoísta, una actitud que no descarta el distanciamiento de sus afectos con el propósito de encontrar su propio rumbo.

La omisión es un muy buen debut de Sebastián Schjaer que viene de filmar cortometrajes como Mañana todas las cosas (2013) y El pasado roto (2015) junto a Martín Morgenfeld, ambos presentados en el Festival de Cannes. Este primer largometraje es una obra que se destaca por su profesionalismo, por su fotografía (Inés Duacastella), por su música (Manuel González Aguilar) y por su dirección de arte (Fabiana Gallegos), pero por sobre todo, por su manera indirecta de transmitir las emociones de todos sus personajes, no solo de Paula, aunque, claro, ella es la que acapara casi todos las secuencias del film.

Una manera de evocar, de sugerir, tal como dijo el director, en lugar de entrar directamente en el drama. De mostrarnos sin ningún artificio, tal como bregaban los críticos y directores de la nouvelle vague, el costado más tierno y espontáneo del ser humano. Un cine honesto, el que no necesita más que una cámara amparada en el anonimato, personajes de carne y hueso, libre de estereotipos para ponernos a nosotros al lado de ellos como espectadores privilegiados del cine más puro —en cuanto a discurso se refiere— al que podamos acceder hoy en día.

Estreno en cines: 5 de Julio — Sala Lugones (Teatro San Martín) y Malba Cine