El gótico de Ann Radcliffe

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Paisajes sombríos, bosques tenebrosos, ruinas medievales y castillos llenos de sótanos, criptas y pasadizos con fantasmas; ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios junto con personajes extraños forman parte de la literatura gótica, y Ann Radcliffe (1764-1823), novelista británica, es una de las autoras destacadas dentro de este género.

El gótico surge en Inglaterra a finales del siglo XVIII, convive con el Romanticismo y ambos se nutren uno del otro. La obra que inicia el movimiento y sienta las bases de su estética es El castillo de Otranto, de Horace Walpole (1765). Otras que toman características del gótico son Carmilla, de Sheridan Le Fanu; Frankenstein, de Mary Shelley; Drácula, de Bram Stoker; el cuento “El corazón delator”, de Edgar Allan Poe; y más adelante, El Horla, de Guy de Maupassant y Otra vuelta de tuerca, de Henry James, solo para mencionar algunas de las obras más famosas.

Las novelas de Radcliffe fueron muy populares, en especial entre las jóvenes de clase alta que se sentían identificadas con sus protagonistas: A Sicilian Romance (1790), The Romance of the Forest (1791), Los misterios de Udolfo (The Mysteries of Udolpho) (1794) y The Italian (1796), entre otras.

Parodiada por Jane Austen en su obra La abadía de Northanger, Radcliffe también influyó en Sir Walter Scott y Mary Wollstonecraft. Además, es mencionada por autores reconocidos como Maria Edgeworth, Edgar Allan Poe, Charles Dickens, Henry James, Honoré de Balzac y Victor Hugo, solo por citar algunos ejemplos.

Los misterios de Udolfo

Capítulo I (fragmento)

El hogar es el refugio,

del amor, del júbilo, de la paz, y mucho más, donde

soportando y soportando, refinados amigos

y queridos parientes se unen en la felicidad.

Thomson

En las gratas orillas del Garona, en la provincia de Gascuña, estaba, en 1584, el castillo de monsieur St. Aubert. Desde sus ventanas se veían los paisajes pastorales de Guiena y Gascuña, extendiéndose a lo largo del río, resplandeciente con los bosques lujuriosos, los viñedos y los olivares. Hacia el sur, la visión se recortaba en los majestuosos Pirineos, cuyas cumbres envueltas en nubes, o mostrando siluetas extrañas, se veían, perdiéndose a veces, ocultas por vapores, que en ocasiones brillaban en el reflejo azul del aire, y otras bajaban hasta las florestas de pinos impulsados por el viento. Estos tremendos precipicios contrastaban con el verde de los pastos y del bosque que se extendían por sus faldas. En ellas se veían cabañas, casas o simples edificios, en los que reposaba la vista después de haber llegado a las alturas cortadas a pico. Hacia el norte y el este, las llanuras de Guiena y de Languedoc se perdían en la distancia; al oeste estaba situada la Gascuña bañada por las aguas del Vizcaya.

A monsieur St. Aubert le encantaba pasear con su esposa y su hija por el margen del Garona y escuchar la música que producía su oleaje. Había conocido otras formas de vida que no eran de tanta simplicidad pastoril, participando en las bulliciosas y ocupadas actividades del mundo; pero el elogioso retrato que se había forjado en su juventud de la humanidad, la experiencia lo había ido corrigiendo dolorosamente. Sin embargo, después de las distintas visiones de la vida, sus principios no se habían visto conmovidos, ni su benevolencia perjudicada. Se retiró de la multitud, «más con pena que con ira», al escenario de la simple naturaleza, al puro deleite de la literatura y al ejercicio de las virtudes domésticas.

Era descendiente de la rama más joven de una familia ilustre. Las deficiencias de la riqueza patrimonial pueden ser suplidas por una excelente alianza matrimonial o por el éxito en las intrigas de los negocios públicos. Pero St. Aubert tenía un excesivo sentido del honor para tener en cuenta la segunda posibilidad y muy poca ambición para sacrificar a la riqueza lo que él llamaba felicidad. Tras la muerte de su padre, contrajo matrimonio con una mujer amable, de su mismo nivel social y de una fortuna no superior a la suya. El fallecido monsieur St. Aubert tenía un sentido de la liberalidad, o de la extravagancia, que había influido en sus asuntos, que obligaron a su hijo a deshacerse de una parte de los dominios familiares, y, algunos años después de su matrimonio, los vendió a monsieur Quesnel, hermano de su esposa, y se retiró a una pequeña propiedad en Gascuña, en donde la felicidad conyugal y los deberes de padre dividían su atención con los tesoros del conocimiento y las iluminaciones del genio.