Miró, las huellas del olvido

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Los modos en que la cámara narradora de Franca González se expresa, tan creativamente, en su ultimo documental, el fascinante Miró, las huellas del olvido. Como cuando por ejemplo, ingresa a una sala de cine desde un patio y una puerta que se abre y comienza a proyectarse un noticiero de Sucesos Argentinos sobre los prodigios de los inmigrantes trabajando la tierra en esa consigna alberdiana de “Gobernar es poblar”.

Eso que ya de por sí podría ser una fatigada referencia a la imagen de archivo, se convierte en Miró en la punta de gran arsenal de sutilezas. Objetos cotidianos desenterrados por arqueólogos aficionados en medio de un campo recién cosechado, voces de descendientes o ex habitantes, la cita al fotógrafo Luis Monreal y fotografías en blanco y negro que registran el mundo del trabajo del campo en ese principio de siglo. Una carta leída en off que un hombre llamado Bruno escribe a un hermano llamado Franco busca el tono de un presente que el film de Gonzalez intenta entender.

Desde lo fotográfico, si era difícil captar los tonos de sol pegando en las hojas de la soja, o el cielo tormentoso y el arco iris y el reflejo entre los árboles, la fotografía de Pablo Parra soluciona ampliamente ese desafío y le aporta, además, al espacio pampeano una dimensión fantasmal como el paisaje a la hora de la siesta. Junto con ese registro visual, las texturas sonoras de Guillermo Pesoa (con la misma intensidad que en Al fin del mundo)

“Nací en La Pampa, muy cerca de donde se encontraron los restos de Miró”, dice la voz de González en un fuera de campo. Es que lo personal o familiar se cuelan en este relato sobre un pueblo fantasma del norte de la provincia de La Pampa fundado apenas empezado el siglo XX y abandonado una decena de años después. Las causas de ese abandono se irán desentrañando a lo largo del relato, vislumbrando una historia de pioneros migrantes, y de terratenientes sin prurito, una red ferroviaria abrumadoramente grande y pequeñas estaciones a las que llegan solo 9 pasajeros. Sin embargo, como mera referencia lo subjetivo nunca termina de interferir sobre lo que realmente importa aquí:  la historia de Mariano Miró, un pueblo desaparecido. Explicaciones de dónde pasaba la calle principal y se extendían las casas, lecturas sobre un mapa de catastro y un cámara cenital que abre una gran panorámica con la vía de tren y un camino de tierra que en “L” incluye el campo donde estaba el pueblo. Lo que toca es imaginar a partir de las representaciones, las fotografías y los relatos.

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La película empieza con dos hombres que llegan con sus linternas a la vieja estación. Un ingreso algo detectivesco que marca el tono del documental que también se deja algunos secretos guardados, como el rostro de María, la gringa nacida en 1921 de cuya voz escuchamos algunos recuerdos posibles y una canción de la infancia.

Cine Gaumont – Espacio INCAA (CABA) 13:30 hs. 21:30 hs.

MALBA Cine (CABA) Domingos de julio 18:00 hs.