Robert Heinlein, uno de los grandes de la ciencia ficción

0
0

Robert Anson Heinlein (1907-1988) fue un escritor norteamericano, considerado uno de los mejores dentro del género de la ciencia ficción, ganador de cuatro premios Hugo –de los más prestigiosos galardones– por Estrella doble (1956), Tropas del espacio (1960), Forastero en tierra extraña (1962) y La Luna es una cruel amante (1967).

El destino colaboró para que Heinlein pudiera dedicarse a la literatura: habiendo ingresado en la Armada, lo retiraron por haber padecido tuberculosis. Luego de realizar diferentes trabajos, en 1939 comenzó a publicar ciencia ficción en la revista Astounding Science-fiction, donde envió el relato “La línea de la vida” (“Lifeline”). En dos años alcanzó la fama dentro del género, pero la Segunda Guerra Mundial puso una nueva pausa en su escritura. Cuando la guerra terminó buscó nuevos horizontes y llegó a publicar en el Saturday Evening Post, la revista que mejor pagaba y la más prestigiosa de la época.

Otras de las tantas obras que escribió fueron Forastero en tierra extraña (1961) y El número de la bestia (1980). En todas hay una particular concepción de la ciencia ficción que, sin dejar de lado la rigurosidad científica, incluye temas relacionados con la sociología, la economía o la política.

Todos ustedes zombies

22.17 h ZONA TEMPORAL 5. 7 NOV 1970. Nueva York. Bar de Pop

Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la Madre Soltera. Anoté la hora: las 22.17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma.
La Madre Soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y mal carácter. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Era mi muchacho. Le obsequié mi mejor sonrisa de cantinero.
Tal vez soy demasiado severo. No era maricón ni nada parecido. Lo llamaban así por lo que contestaba cuando algún entrometido quería saber a qué se dedicaba:–Soy una madre soltera –decía, y si no tenía ganas de pegarle a alguien continuaba:–A cuatro centavos por palabra. Escribo confesiones.
Si estaba de mal humor se quedaba esperando que alguien hiciese un chiste. Tenía un estilo letal para la pelea cuerpo a cuerpo, como el de una mujer policía…, razón por la cual yo lo lo buscaba. Y no la única.
Hoy estaba ya bastante servido y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Le serví en silencio una ración doble de Old Underwear y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.
Yo pasé el trapo por el mostrador.
–¿Cómo va el negocio de la Madre Soltera?
Sus dedos apretaron el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara y tanteé bajo del mostrador en busca de la cachiporra. En la manipulación temporal uno trata de planearlo todo, pero hay tantos factores que uno no debe correr riesgos innecesarios.
Vi que se relajaba en ese grado pequeñísimo que nos enseñan a detectar en la escuela de la Agencia.
–Perdón –dije–. Sólo preguntaba cómo iba el negocio. Haga de cuenta que le pregunté cómo está el clima.
Se veía amargado.

–El negocio va bien. Yo escribo, ellos publican, yo como.
Me serví un trago y me incliné hacia él.
–De hecho –le comenté–, usted escribe bien. He leído algunas de sus historias. Le sale de maravilla el punto de vista femenino.
Éste era un desliz al que debía arriesgarme: él nunca había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan enojado como para sólo oír lo último.
–¡El punto de vista femenino! –repitió, bufando–. Ah, sí, yo me sé el punto de vista femenino. Claro que me lo sé.
–¿Sí? –dije, como dudando– ¿Hermanas?
–No. Si se lo cuento no me lo cree.
–Bueno –repuse suavemente–, los psiquiatras y los cantineros aprenden que nada es más extraño que la verdad. Mire, joven, si usted oyera las historias que yo oigo, bueno, se haría rico. Increíble.
–Usted no sabe qué es “increíble”.
–¿De veras? A mí no me asombra nada. Ya todo lo he oído.
La Madre Soltera volvió a resoplar.
–¿Le apuesto el resto de la botella?
–Le apuesto otra botella entera –dije, y la puse en el mostrador.
–Bueno…
Le hice señas al otro barman para que se ocupara del negocio. Estábamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo tenía como refugio privado; para bloquearlo ponía sobre el mostrador frascos con huevos en conserva y cosas por el estilo. En la otra punta había unos parroquianos viendo el box en la televisión y alguien hacía sonar la rocola. Estábamos tan en privado como en una cama.
–Muy bien –dijo la Madre Soltera–. Para empezar, soy un bastardo.
–Eso no es una ninguna distinción aquí –le contesté.
–Lo digo en serio –replicó–. Mis padres no estaban casados.
–Es no es raro –insistí–. Los míos tampoco.

Para leer todo el cuento: http://www.alconet.com.ar/varios/libros/e-book_t/Todos_ustedes_zombies.pdf