¿Todas, todos, todes, todxs o tod@s?

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Sabemos que el feminismo viene pisando fuerte en su tarea de demoler el antiguo edificio del patriarcado, y esa tarea llegó también al lenguaje. Si estamos frente a un grupo de mujeres y hombres, ¿cómo nos dirigimos a ellos? La gramática española nos dice que normativamente deberíamos decir “todos”, pero hace un tiempo se escuchan otras alternativas: “todas y todos, todes, todxs y tod@s”.

En esta nota vamos a contextualizar estos usos y hacer una propuesta, aunque la idea es que cada uno piense por sí mismo y que este sea un tema de debate porque, después de todo, lo que está en juego no es, ni más ni menos, que la comunicación. Nociones como “economía del lenguaje”, “registro”, “cambio”, “variables” o “ideología” nos sirven para reflexionar sobre estas elecciones que exceden el lenguaje y que el tiempo dirá si llegaron para quedarse.

Siempre que se aborda un tema relacionado con la Lingüística, caemos en Ferdinand De Saussure y su Curso de Lingüística general (1916). Él diferencia claramente la lengua –social, sistemática, homogénea– del habla –individual, asistemática, heterogénea–. Como la lengua representa lo normativo, sus cambios son lentos y pocos si los comparamos con los del habla que muta a cada momento, incluso en el mismo hablante. El habla requiere de la lengua, pero la lengua no sobreviviría sin el habla: sin cada producción oral o escrita. Como organismo vivo, el cambio es lo que nutre la lengua; hay que tener presente que cuando no hay cambio, porque no hay uso, estamos frente a una lengua muerta, linda para estudiar, pero solo quedará ahí. Entonces, en el caso que nos ocupa, podemos afirmar que estamos en presencia de un uso particular de determinado grupo, un hecho de habla, al que se enfrenta la norma cuyo vocero es la Real Academia Española (RAE).

¿Qué dice específicamente la RAE? En primer lugar, considera que los desdoblamientos como “todas y todos” son artificiosos e innecesarios, ya que existe el masculino genérico “para designar una clase, es decir, a todos los individuos de la especie sin distinción de sexos”: “todos” engloba a mujeres y a hombres. En segundo lugar, explica que otras marcas como la “@”, la “e”  o la “x” son ajenas a la morfología del español, y que “ningún cambio lingüístico, a nivel gramatical, se produce por imposición de un colectivo de hablantes”.

En tercer lugar, como para dar por cerrada su postura, la academia señala que estos usos, en especial los desdoblamientos, atentan contra el principio de economía del lenguaje y se fundan en razones extralingüísticas.

Todo argumento encierra en sí mismo su contrargumento. Es así como las razones de la RAE se pueden discutir saliendo de la norma y abordando el tema a partir de lo que dicen los lingüistas que hacen foco en el uso de la lengua y no en su teorización.

Si atendemos al concepto de “economía del lenguaje”, podemos tomar a André Martinet con su libro Economía de los cambios fonéticos (1964) quien, efectivamente, nos dice que en las lenguas se observa un máximo de poder expresivo con un mínimo de recursos. Sin embargo, cabe la siguiente pregunta: ¿qué pasa si ciertos usos nos impiden expresar lo que queremos?, ¿no será lícito entonces buscar otra forma de decir lo que realmente queremos decir? Es posible que esto no sea muy convincente, pero podemos pensar otro concepto que está relacionado, el de “ideología”, implícito cuando la RAE habla de “cuestiones extralingüísticas”.

Valentin N. Voloshinov en El marxismo y la filosofía del lenguaje (1929) afirma: “Dondequiera que esté presente un signo, también está la ideología (…) Todo signo ideológico es no solo un reflejo, una sombra de la realidad, sino también un segmento material de esa misma realidad”. Desde De Saussure, sabemos que el lenguaje está conformado por signos lingüísticos, y con Voloshinov somos conscientes de que esos signos trasmiten ideologías, pero además, tienen un correlato con la realidad, la reflejan y también la construyen. “Todas y todos, todes, todxs y tod@s” son usos que están dando cuenta de una nueva realidad que busca visibilizar cuestiones de género ocultas durante tanto tiempo.

Vamos a terminar este recorrido lingüístico con Michael A. Halliday –contemporáneo (tanto que murió en abril de este año)– y con su libro El lenguaje como semiótica social (1978). Todo lo que venimos diciendo puede resumirse en un concepto claro e irrefutable: el “registro”, el uso determinado por el contexto inmediato de producción de un discurso. Para Halliday, la lengua se adecua a la situación a partir de tres categorías: el campo, que determina el grado de especificidad de un texto; el tenor, que da cuenta de la relación del texto con sus interlocutores; y el modo, que está representado por el medio o el canal escogido. Quiere decir que no sería descabellado plantear que estos usos que venimos discutiendo bien podrían vincularse con determinados registros (espacio/tiempo, medio y participantes) en función de expresar o de comunicar que la lengua también puede acompañar en este largo proceso de lucha por una mayor igualdad, para decirlo de manera sintética.

¿Cuál sería una posible propuesta?: usar el lenguaje inclusivo en determinados contextos en los que adquiere un valor especial y relevante. El próximo paso será crear algunas reglas que permitan una aplicación rápida y efectiva. Por ejemplo, si estoy con ese grupo del que hablamos al comienzo podemos usar un “todes” cada tanto, sin necesidad de poner la “e” en todas las palabras masculinas, más que nada para que no caigamos en la vereda contraria y terminemos excluyendo a partir de las confusiones que puedan generarse.

Por último, el español no va a destruirse con el lenguaje inclusivo, como tampoco se va a destruir por el uso incorrecto que se hace de él en las redes o porque digamos “tkm” en el WhatsApp. En el fondo, lo que está demostrando esto es que los hablantes seguimos confiando tanto en la palabra que todo el tiempo buscamos nuevas formas para expresarnos. Y eso habla de su vitalidad y de que sigue siendo la mejor forma de comunicarnos.