George Sand: en la búsqueda de un espacio propio

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George Sand (seudónimo de Aurore Dupin, 1804-1876) fue una escritora francesa que publicó con el seudónimo de George Sand en una época donde todavía las mujeres luchaban por un espacio propio dentro de la literatura.

En su biografía se menciona su relación con Alfred de Musset y con Frédéric Chopin, y su amistad con el compositor Franz Liszt, el pintor Eugène Delacroix, junto a la de los escritores Heinrich Heine, Victor Hugo, Honoré de Balzac, Julio Verne y Gustave Flaubert.

Algunas de sus obras son Indiana y Valentine (1832), Lélia (1833), André (1835), El molinero de Angibault (1845), Impresiones y recuerdos (1873-1876), entre muchas otras.

En Un invierno en Mallorca (1842), la escritora recuerda episodios de su larga relación con Chopin, como el tiempo que pasaron en la Cartuja de Valldemosa, también llamado el Palacio del Rey Sancho. Ambos eligieron el invierno de 1838 a 1839 para este viaje. Chopin sufría de tuberculosis y la isla parecía el lugar perfecto para recuperarse, así que alquilaron una celda y ordenaron traer un piano desde Paris. El invierno fue fructífero artísticamente, y allí Chopin compuso sus Preludios Op. 28 y Sand escribió su libro. Desgraciadamente, la salud de músico poco mejoró, y antes de regresar a Barcelona vendió su piano, el cual hoy se expone en la celda número 4 de la Cartuja.

Dos cartas de George Sand a Gustave Flaubert

[Nohant, 1 de octubre de 1866]

Lunes por la tarde

Querido amigo:

Su carta me ha llegado desde París. Así que la tengo. Demasiado hay en ella como para perdérmela. No me habla usted de inundaciones. Supongo, pues, que el Sena no ha hecho barbaridades en su casa y que el tulipero no ha empapado sus raíces. Temo cualquier fastidio para ustedes, y me pregunto si el terraplén ha sido lo bastante alto para protegerlos. Aquí, nosotros no tenemos nada que temer de ese estilo. Nuestros arroyos son bastante traviesos, pero los tenemos lejos.

Dichoso usted, que tiene recuerdos tan nítidos de otras existencias. Mucha imaginación y mucha erudición, he ahí su memoria. Pero, si uno no recuerda nada tan distintamente, llega a tener un sentimiento vivísimo de su propia renovación en la eternidad. Yo tenía un hermano muy gracioso que a menudo decía: cuando yo era perro… Creía ser hombre desde hacía bien poco. Yo creo que he sido vegetal o piedra. No estoy siempre segura de existir completamente, y otras veces creo sentir una gran fatiga acumulada por haber existido demasiado. En fin, no sé, y no podría, como usted, decir: poseo el pasado. Pero, entonces, ¿usted cree que uno no muere, sino que vuelve a ser? Si osa decir eso a los incrédulos, tiene valor, y eso es bueno. Yo sí tengo ese coraje, lo cual me hace pasar por imbécil, pero no arriesgo nada: ¡soy imbécil desde tantos otros puntos de vista!

Estaría encantada de tener su impresión por escrito sobre la Bretaña. Yo no he visto lo suficiente como para hablar de ello. Pero buscaba una impresión general, y me sirvió para reconstruir una o dos escenas que necesitaba. También se lo leeré, aunque todavía es un engendro informe. ¿Por qué su crónica se quedó inédita? Es usted coqueto; no encuentra todo lo que hace digno de ser mostrado. Es un error. Todo lo que proviene de un maestro es enseñanza, y no debe tener miedo a mostrar sus croquis y sus esbozos. Incluso éstos están muy por encima del lector, y se le dan tantas cosas de su nivel que el pobre diablo permanece en la vulgaridad. Hay que amar a los estúpidos más que a uno mismo, ¿acaso no son ellos los verdaderos desgraciados de este mundo? ¿No son las personas sin gusto y sin ideal las que se aburren, no gozan de nada y no sirven para nada? Es inevitable ser maltratado, escarnecido y desconocido por ellos. Pero no por ello hay que abandonarlos, y siempre hay que tirarles buen pan, que prefieren a la m… Cuando estén hartos de basura, comerán el pan, pero si no lo hay, se comerán la m… in secula seculorum.

Le he oído decir a usted: Yo no escribo más que para diez o doce personas. En las charlas se dicen un montón de cosas que son resultado de la impresión del momento. Pero no es el único que lo dice. Es la opinión, o la tesis, del día. Yo protesté interiormente. Las doce personas para las cuales escribe y que lo aprecian, lo igualan o lo superan. Y, a su vez, nunca ha tenido necesidad de leer a las once restantes para ser usted. Por lo tanto, uno escribe para todo el mundo, para cualquiera que necesite ser iniciado. Cuando no somos comprendidos, nos resignamos y volvemos a empezar.

Cuando lo somos, nos alegramos y continuamos. He ahí todo el secreto de nuestro trabajo perseverante y de nuestro amor por el arte. ¿Qué es el arte sin los corazones y los espíritus donde uno lo vierte? Un sol que no proyectaría sus rayos y que no daría vida a nada. ¿No está usted de acuerdo? Si se convence uno de eso, no conocerá jamás el desánimo ni la pereza. Y si el presente es estéril e ingrato, si perdemos todo efecto, todo crédito entre el público, queda el recurso al porvenir, que mantiene el coraje y borra cualquier herida del amor propio. Cien veces en la vida, el bien que hacemos no parece servir de nada, y no sirve de nada inmediatamente, pero sostiene al menos la tradición de la buena voluntad y el buen hacer sin la cual todo perecería.

¿Es, pues, desde el 89 que se desbarra? ¿No era necesario desbarrar para llegar, no ya al 48, cuando todavía se desbarró más, sino para llegar a lo que debe ser? Ya me dirá qué piensa usted sobre ello, y yo releeré a Turgot para complacerlo. ¡No le prometo retroceder hasta Holbach, por bueno que sea!

Ya me avisará usted cuando sea el momento de la obra de Bouilhet. Yo estaré aquí, trabajando duro, pero dispuesta a salir corriendo y amándolo de todo corazón. Ahora que prácticamente ya no soy una mujer, si el buen Dios fuera justo, me convertiría en hombre. Tendría así la fuerza física necesaria para decirle: viajemos a Cartago o más allá. Pero, en fin, se retrocede a la infancia, que no tiene sexo ni energía, y es en otra parte, bien lejos, donde uno se renueva. ¿Dónde? Yo lo sabré antes que usted y si puedo, regresaré para decírselo en sus sueños.

[París, 7 de diciembre de 1866]

¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa. ¿Acaso es posible separar el espíritu del corazón, acaso son cosas distintas? ¿Acaso es siquiera posible limitar la sensación, escindir el ser? En fin, no darse entero en la propia obra me parece tan imposible como llorar con otra cosa que con los propios ojos o pensar con otra cosa que con el propio cerebro. ¿Qué ha querido decir? Ya me responderá cuando tenga tiempo.