San Juan de la Cruz, poesía mística

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San Juan de la Cruz (1542-1591) representa, junto a Santa Teresa de Jesús, la cumbre de la poesía mística española. Sus poemas se caracterizan por un equilibrio entre las imágenes sensuales y el rigor impuesto por el ascetismo, típico de estas composiciones.

En sus tres poemas mayores –“Llama de amor viva”, “Cántico espiritual” y “Noche oscura”?, el poeta condensó sus propias vivencias personales, derivadas del constante anhelo de que su alma alcanzase la fusión ideal con Dios.  En “Llama de amor viva”, recrea la emoción del éxtasis amoroso; mientras que en “Noche oscura”, utiliza la imagen de una muchacha que escapa por la noche para encontrarse con su enamorado, como representación de la huida del alma de la prisión de los sentidos en busca de la comunión con el Creador.

“Cántico espiritual” es la obra más compleja; en ella se detallan las diferentes vías que recorre el alma hasta lograr fundirse con la divinidad. Tomando como modelo el “Cantar de los Cantares” de la Biblia, el autor describe la búsqueda del Esposo (Dios) por parte de su esposa (el alma), que pregunta por él a las criaturas de la naturaleza. Tras encontrarlo, se sucede un diálogo amoroso que culmina con la unión de los dos amantes.

Más allá de creencias personales, el lenguaje y las imágenes que utiliza San Juan de la Cruz conmueven por su profundo lirismo porque, en el fondo, tratan sobre uno de los temas que siempre han preocupado al hombre: el amor en cualquiera de sus manifestaciones.

Noche oscura del alma

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.

A oscuras y segura,
por la secreta escala, disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.

El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,
con su mano serena
en mi cuello hería
y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.