Jurassic world 2: El reino caído

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Antes de entrar en el análisis de la última película de la franquicia Jurassic, habría que hacer un poco de historia. Si bien la película Jurassic world: el reino caído (2018) dirigida por el español Juan Antonio Bayona —Premio Goya a la Mejor Dirección por El orfanato (2008) y por Un monstruo viene a verme (2017) — puede disfrutarse sin haber visto las anteriores, tiene un contexto y guiños que remiten a la película pionera, Jurassic Park (1993), esa maravilla dirigida por Steven Spielberg y que estuvo basada en el best seller de Michael Chrichton.

Así como la saga de Star Wars (compuesta por nueve películas, aún falta la última), la de Alien (seis, también falta la película final) y las del Mundo Marvel, por nombrar las que todavía tienen tela para cortar, Jurassic Park, ahora Jurassic World, empezó, aunque parezca mentira, hace 25 años.

En su momento, la película de Spielberg creó un nuevo paradigma en cuanto a efectos especiales. A partir de esa película ya nada volvió a ser igual. Pero, como dice el dicho, nunca segundas partes fueron buenas. La siguiente: Jurassic Park: el mundo perdido (1997) ya había perdido parte del encanto y la sorpresa iniciales, lo cual no deja de ser lógico. Luego vino Jurassic Park III (2001) mucho más floja  y tuvieron que pasar 14 años para que los dinosaurios —al parecer en estado de hibernación— volvieran a la vida, buena metáfora de lo que es en sí el nudo de la trama. Así fue como desembocaron Jurassic world (2015), y esta última que vendría a ser en realidad la penúltima. Falta le conclusión final, en donde toda la trama pergeñada hace 25 años, cerraría en forma precisa y definitiva. Aunque nunca se puede estar seguro. Los dinosaurios pueden volver en cualquier momento.

La nueva obra de Juan Antonio Bayona, trata de despegarse de sus antecesoras y eso es un gran mérito. Toma, eso sí, mucha información de la original, y ese es otro gran mérito. Es así que pueden captarse muchas señales del mundo Spielberg. Una estrella fugaz que surca el cielo nocturno —detalle que Spielberg ponía en casi todas sus primeras películas—, el insecto prehistórico encerrado en una gota de ámbar, los jeeps y las estructuras del Parque creado por John Hammond y los acordes de John Williams, el compositor de casi todas las películas de Spielberg.

La historia es casi siempre la misma. A partir de la creación, por el método de clonación, de varias especies de dinosaurios que fueron soltados en la isla Nublar, las diferentes tramas consisten en que esta epopeya científica no se salga de su cauce. Motivos hay muchos, desde los que rozan con la ética y la supervivencia de las especies, hasta los que lindan con la ecología y el medio ambiente. Está claro que siempre que el ser humano quiere franquear las reglas de la genética, surgen estos mismos dilemas. ¿Hasta qué punto estamos habilitados para jugar a ser dioses creadores? Y si lo hacemos ¿hasta dónde llegará el desequilibrio de todo un ecosistema que tardó millones de años en lograr una envidiable armonía? Todos estos dilemas filosóficos y éticos están muy presentes en la primera película —la de Spielberg— y en esta última —la de Bayona—. Pero también hay mucha acción, aunque en esta última entrega, este elemento está enmarcado a una atmósfera más intimista, si eso es posible en este tipo de superproducciones.

Luego de una primera parte en donde los dinosaurios corren, se pelean, persiguen a sus protagonista en medio de la selva mientras por detrás un volcán, ahora activo, empieza a explotar y a lanzar toneladas de lava incandescente, la trama deja paso a una segunda parte que bien podría ser otra película, la que de verdad hubiese querido filmar el director español; la que tiene más suspenso, una atmósfera, si se quiere gótica —la acción transcurre en un mansión muy similar a un castillo—, con un clima más oscuro, más sugerente.

La dupla protagonista emula, en cierta manera, a la de Sam Neill (Dr. Allan Grant) y Laura Dern (Dra. Ellie Satler) con las interpretaciones de Chris Pratt (Nick Van Owen) y Bryce Dallas Howard (Claire Dearing), que ya estuvieron en la película anterior. Y vuelve el siempre enigmático matemático Dr. Ian Malcolm interpretado por Jeff Goldblum. Como dijimos antes, Bayona es más fiel a la original de Jurassic Park y no a la saga Jurassic world. Pero en lo que sí se diferencia de Steven Spielberg es que el “niño maravilla”, tal como se lo apodaba en la década del 80, es un director de actores, de personajes, de identidades y psicologías bien definidas con el que uno empatiza casi de manera instantánea. Y si hay niños, mejor. Spielberg es un gran maestro en el arte de dirigir niños. Bayona, por el contrario es un gran director de atmósferas, y en esta película lo demuestra de la mejor manera.

Espectáculo tiene que haber (Hollywood no permitiría que no lo hubiese), grandilocuencia también; adrenalina, a raudales —la acción en donde escapan dentro de un vehículo en forma de esfera es deslumbrante—, como así también no puede faltar un despliegue descomunal de corridas y efectos especiales, pero Bayona logra tomarse su tiempo y crear una película diferente, precisamente en la segunda parte, en la que parece haber disfrutado más en su rol de director.

No hay nada más aterrador —y esto se ve bien en las películas de corte gótico— que cuando algo monstruoso invade la seguridad del hogar, de la habitación, de nuestro refugio. No olvidemos que la exitosa y multipremiada película El orfanato de Bayona, era eso: el terror instalado dentro de una mansión lúgubre y de pesadilla. Hay una breve actuación de Geraldine Chaplin que no hace más que acentuar esa presencia ambigua en que no sabemos si esa especie de ama de llaves tiene buenas o malas intenciones. Lamentablemente, su papel queda totalmente desdibujado y no aporta ningún conflicto a la trama.

Hay malos muy malos y buenos muy buenos. Niños con ideales altos como el Everest y el siempre omnipresente negocio millonario que puede lograrse con la compra y venta de lo que sea, en este caso de ejemplares vivos de especies extinguidas y letales para usarlos como armas biológicas. Hay dinosaurios de todos los tamaños y para todos los gustos, incluso muchos de ellos despiertan nuestra simpatía y ternura. Acción, por supuesto. Despliegue, casi desde el minuto cero. Pero hay algo más, y es una mirada diferente del director español. Un corrimiento —dentro de lo posible en un blockbuster de Hollywood que se precie— de ciertas reminiscencias del terror clásico. El terror de hadas y brujas —la habitación de Maisie (Isabella Sermon), la nieta de Lockwood, viejo socio de Hammond, parece una casa de muñecas lo que acrecienta el contraste entre la inocencia y el horror—, el de las sombras siniestras en la pared, el de las habitaciones amenazadas por algo ominoso, el de los pasillos interminable y lúgubres, el de los terrores que nos obliga a escondernos en la cama y taparnos con las sábanas por el simple hecho de que si cerramos los ojos el monstruo desaparece. Todos esos elementos están presentes en esta versión de Bayona.

Jurassic world: el reino caído no pasará a la historia del cine —la primera, la original, no podrá ser superada— pero se percibe cierto ánimo de darle un vuelo más interesante a una saga ya agotada. Esperemos la última entrega de esta serie de seis películas para ver cómo cierra. Si lo hace a pura acción, o a pura dirección.