El haiku o la tristeza de las cosas

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El haiku se remonta a la Edad Media japonesa, aunque alcanza su máximo esplendor en el siglo XVII. Su tono tan particular es definido por los japoneses como “la tristeza de las cosas”. El haiku es una manera concreta de entender el mundo y se basa en la relación con la naturaleza. El autor se funde con lo que está viendo, por lo cual el yo desaparece del poema.

Formalmente hablando, en su versión tradicional, consta de 17 moras (unidad lingüística de menor rango que la sílaba) dispuestas en tres versos de 5, 7 y 5 moras, sin rima. Excepcionalmente puede tener entre 16 y 23 moras (haiku de metro roto).

Lenin E. Gutiérrez Cervantes, especialista en haiku, explica que en estas composiciones se puede rastrear el “mono no aware”, uno de los conceptos estéticos que más han contribuido a moldear el pensamiento japonés, traducido como “el ‘ah’ de las cosas” o “la tristeza de las cosas”. En un principio, este concepto se manifestaba mediante la palabra “aware”, cuya connotación fue variando a lo largo del tiempo: en ocasiones es una exclamación de sorpresa o delicia, la reacción natural del hombre frente a lo que lo rodea, melancolía, tristeza o una ligera pesadumbre.

En cuanto a los autores, los cuatro maestros del haiku japonés son Matsuo Bashô, Yosa Buson, Kobayashi Issa y Masaoka Shiki.

Matsuo Bashô (1644-1694)

Sus poemas están influidos por una experiencia de primera mano del mundo, que consigue expresar con una gran simplicidad. Considerado como el haijin por excelencia, su visión impresionista y concisa de la naturaleza influyó especialmente en Ezra Pound y más tarde también en los poetas de la Generación beat. Incluso Julio Cortázar elige uno de sus haikus para darle el título a uno de sus libros de poemas, Salvo el crepúsculo:

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.

En cada uno de ellos, se puede ver esa captación del momento, de la eternidad en el instante:

Sobre la rama seca
un cuervo se ha posado;
tarde de otoño.

A la intemperie,
se va infiltrando el viento
hasta mi alma.

Todo en calma.
Penetra en las rocas
la voz de la cigarra.

Yosa Buson (1716-1784)

Fue uno de los mejores pintores de su época, lo que eclipsó su gran obra poética, justamente reconocida muchos años después. Su estilo es más sensual y espontáneo, lo que les aportó algo nuevo a los haikus de su maestro Bashô.

Pasó el ayer,
pasó también el hoy:
se va la primavera.

La flor del té,
¿es blanca o amarilla?
Perplejidad.

Melancolía,
más que el año pasado:
tarde de otoño.

Lluvias de mayo.
Y enfrente del gran río
un par de casas.

Kobayashi Issa (1763-1827)

El tercer gran maestro del haiku no es un discípulo directo de sus predecesores; incluso se lo considera inferior a ellos en técnica, aunque al mismo tiempo es quizás el haijin más amado por el público debido a la trágica vida que llevó, a su empatía hacia todos los seres vivos y a la manera en que reflejó estos aspectos de su existencia a través del haiku.

Para el corazón
que no duda,
las blancas flores del ciruelo.

Mientras dormía profundamente,
muy fatigado,
la primavera tocaba a su fin.

El mendigo
tiene el cielo y la tierra
como ropa de verano.

Silencio:
una hoja se hunde
en el agua clara.

Masaoka Shiki (1867-1902)

Fue el que contribuyó a modernizar el haiku al mismo tiempo que teorizó sobre este género poético e impulsó la publicación de jóvenes poetas en importantes revistas como Hototogisu (El Cuco).

La gran mañana:
vientos de antaño
soplan a través de los pinos.

La alondra cantando
ondula
las nubes.

El caracol se arrastra
dos o tres pasos
y se acaba el día.

La mariposa,
ni siquiera cuando la persiguen
parece tener prisa.

La presencia del haiku en la poesía occidental fue notable. En Latinoamérica, el mexicano José Juan Tablada empezó a componer haikus en castellano e influyó en Octavio Paz. Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda y Jorge Luis Borges, entre otros, también cultivaron esta forma breve. Sin embargo, Fernando Rodríguez-Izquierdo, experto en literatura japonesa señala: “Las incursiones de poetas occidentales en el haiku a veces han sido criticadas, por los japoneses o por críticos occidentales. Es muy difícil que el poeta occidental renuncie a su afán de protagonismo para comulgar en pie de igualdad con la naturaleza”.

En una época en que la brevedad parece ser casi un mandato, leer haikus nos permite acceder a una visión filosófica en tan solo tres renglones que seguirán resonando en nosotros al finalizar la lectura.