Saul Bellow, el valor de la vida

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Saul Bellow (1915-2005) es un narrador y cuentista que nació en Canadá, pero que vivió desde chico en los Estados Unidos. Para él, la novela traduce un equilibrio entre los escasos y verdaderos valores absolutos y la falsedad de la mayoría de las impresiones cotidianas; por eso sus personajes filosofan con una mezcla de sabiduría popular, callejera, y sabiduría intelectual y erudita.

En una ciudad donde predomina la individualidad y la superficialidad, las relaciones con el otro se tornan difíciles; de ahí que los protagonistas de Bellow sean seres reflexivos con el deseo de salvar algo de su interioridad. En consecuencia, la soledad es otro de los temas que aparece en sus libros: la condición de judíos de los personajes los hace más solitarios y aislados, aunque no falta un humor muy particular que surge de esa lucha desigual del hombre contra una ciudad que los devora.

Sus dos primeras novelas, Dangling Man (1944) y The Victim (1947), no fueron demasiado leídas. En 1953 publicó Las aventuras de Augie March que fue un éxito y obtuvo el National Book Award. En 1959 publicó Henderson, el rey de la lluvia, y en 1964 dio a conocer su novela más importante, Herzog, el libro que, en gran parte, le valió a Bellow el Nobel de Literatura por su «sutil análisis de la cultura contemporánea». Por «cuidar» tan bien del «anti-héroe», quien a pesar de las turbulencias seguía intentándolo porque «el valor de la vida depende de su dignidad y no de su éxito».

Otros de sus libros son Mosbys Memoir (1968), El planeta de mister Sammler (1969), To Jerusalem and Back (1976),  El diciembre del decano (1981), The Theft (1989), La conexión Bellarosa (1991) y The Actual (1997).

“Algo por lo que recordarme”, un cuento de Saul Bellow (fragmento)

Cuando están pasando muchas cosas, muchas más de las que eres capaz de soportar, puedes decidir imaginar que no está pasando nada en particular, que tu vida gira y gira como el plato de un tocadiscos. Y entonces un día te das cuenta de que lo que creíste que era el plato de un tocadiscos, suave, plano y nivelado, era en realidad un remolino, un torbellino. Mi primer momento de conciencia de la oculta labor de los días tranquilos se remonta a febrero de 1933. La fecha exacta no importa mucho. Sin embargo, me gusta creer que tú, mi único hijo, querrás oír hablar de esta oculta labor porque tiene relación conmigo. Cuando eras niño te gustaba la historia de la familia. Pronto comprenderás que no podía contarle a un niño lo que voy a contarte a ti ahora. Uno no le habla a un niño de muertes y torbellinos, no en estos días. En mi época mis padres no dudaban en hablar de muertes o de moribundos. Lo que rara vez mencionaban era el sexo. Ahora lo tenemos todo al revés.

Mi madre murió cuando yo era un adolescente. Muchas veces te lo he dicho. Lo que no te he dicho es que yo quería olvidar que se estaba muriendo al no permitirme a mí mismo pensar en ello, ¿Qué te parece? Era el mes de febrero, como ya te he dicho, y añadiré que la fecha exacta no significará nada para ti. Debo confesar que yo mismo evité fijarla.

Chicago en invierno, con su armadura de hielo gris, el cielo bajo y el avanzar pesado. Yo estaba en el último curso del instituto, un estudiante indiferente, en general no muy popular, una figura de fondo de la escuela. En público solo destacaba como saltador de altura. Y no es que estuviera muy en forma: un curioso salto o convulsión de último minuto me elevaban por encima de la barra. Pero esto era lo que a la escuela le gustaba ver. Aunque no tenía muchas ganas de estudiar, sin embargo me gustaban los libros. En familia no hablaba mucho de mi vida. La verdad es que no quería hablar de mi madre. Además, no tenía palabras con las que expresar la peculiaridad de mis extraños gustos.

Pero sigamos con aquel importante día de principios de febrero.

Empezó como cualquier otro día invernal de escuela en Chicago: ordinario y gris. La temperatura solo estaba unos pocos grados por encima de cero, en el cristal de la ventanilla se habían formado con el hielo unas formas botánicas, la nieve pasaba volando para ir a parar a montones y el hielo arenoso de las calles, un bloque detrás de otro, formaba un todo con el color hierro del cielo. Tomé un desayuno de cereales, tostadas y té. Tarde como siempre, me detuve un momento a mirar en la habitación donde mi madre yacía enferma. Me acerqué a ella y le dije: “Soy Louie, me voy a la escuela”. Me pareció que asentía. Tenía los párpados marrones; el color de su rostro era mucho más claro. Me apresuré con los libros colgados de mi hombro por una correa.

Cuando llegué al bulevar al filo del parque, dos hombrecillos salían corriendo de un portal con rifles al hombro, dieron unas cuantas vueltas y apuntaron hacia arriba, para disparar a unas palomas que había cerca del tejado. Varios pájaros cayeron directamente al suelo, y los hombres recogieron los blandos cuerpos y corrieron hacia dentro, hombrecillos oscuros con agitadas camisas blancas. Cazadores de la Depresión y sus presas de la ciudad. Momentos antes el coche de la policía había pasado por allí a quince kilómetros por hora. Los hombres aquellos habían esperado a que pasara.

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