El legado del diablo

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Con esta película, Ari Aster pasa a engrosar el listado, junto a otros que incursionan en el género de terror,  de directores que se atreven a hacerlo con su ópera prima. Si bien están atados a las premisas básicas del género, lo hacen con una mayor cuota de originalidad, no tanto en la temática sino en la ambientación de los climas y la dirección. Todos evidencian un conocimiento que se manifiesta tanto en su cinefilia como en la manera en que tratan de alejarse de los clichés, a esta altura cristalizados por el uso y abuso que se hicieron de ellos, y en el que muchos otros caen ofreciendo parodias que en lugar de inquietar, hacen reír.

Esta nueva camada está representada en películas como The babadock (2014) de Jennifer Kent, en esa obra maestra del gótico que fue The witch (2015) de Robert Eggers y, más recientemente, por a A dark song (2016) de Liam Gavin. Precisamente uno de los productores de El legado del diablo —Lars Knudsen— fue también productor asociado en The witch.

En El legado del diablo (2018) —título por demás efectista y que no hace honor al original, Hereditary— el tema a tratar, sacando de escena el elemento fantástico y de terror, es el derrumbe de una familia cuando uno de los integrantes —en este caso, la hija menor del matrimonio, Charlie (Milly Shapiro) — fallece de manera trágica. El desgarro de la madre —una actuación brillante de Toni Colette como Annie Graham— es el detonante para que los demás, Peter (Alex Wolff), el hijo mayor y Steve (Gabriel Byrne, conocido actor que hizo de psicólogo en la serie En terapia, emitida por HBO) como el marido, se vean envueltos en la desesperación de una madre que, arrastrando otros dramas familiares, parece avasallarlo todo. La culpa, la ira y el duelo con consecuencias imprevisibles podrían ser los materiales propicios para que El legado del diablo sea una película dramática. Aquí está la pericia del director y, por cierto, del guión. Podríamos quedarnos con este drama familiar, excelentemente narrado, que ocupa la primera parte de la película. Hay grandes secuencias como en la que Annie descubre los pormenores de la muerte de su hija —absolutamente sobrecogedora— o la secuencia en que Peter, responsable de esa muerte, vuelve a su casa después del accidente en un estado absoluto de shock. Ambas escenas están tan bien logradas que bien podrían ser dignas de las grandes películas ganadoras de Oscar.

Steve, con su dolor a cuestas, busca atemperar el cataclismo haciendo todo lo posible para unir a la madre con el hijo y a él con ambos, y lo hace desde una cierta lejanía, como en esa otra gran escena que transcurre en torno a la mesa familiar, cuando el hijo se enfrenta a la madre, la madre se enfrenta al hijo y el padre, atónito, no logra emitir una palabra.

Pero claro, es una película de terror, entonces tiene que haber elementos que lo acerquen al género. Entonces nos encontramos con el pasado siniestro de la madre de Annie —al parecer realizaba extraños rituales satánicos—, con el espíritu de la niña muerta que parece querer —desde el más allá— vengarse de su hermano y, por supuesto, con las alucinaciones diabólicas que empieza a padecer Annie.

La ambigüedad es también uno de los aciertos de la trama ¿Hasta qué punto Annie alucina? ¿O realmente hace cosas que no recuerda en esos estados de sonambulismo que cae desde hace años? Ella misma le cuenta a una amiga (Ann Dowd) que se ofrece a ayudarla —después veremos que esa ayuda tiene un costo demasiado alto— que en una ocasión se les apareció a sus hijos mientras dormían, con un fósforo en la mano dispuesta a quemarlos vivos; antes los había rociado con solvente. Por suerte, el rasguido del fósforo logró despertar a su hijo que comenzó a gritar, a ella, que no recordaba estar consciente de lo que hacía y a su hija, que quedó traumada de por vida.

El legado del diablo es una buena carta de presentación del director neoyorkino Ari Aster. Las tomas en que las maquetas —Annie se dedica a la construcción de miniaturas increíblemente detalladas para galerías de arte, como así también a recrear con maquetas episodios de su vida como catarsis— se mimetizan con la realidad es sumamente original, como si de alguna manera todo fuese un guiño al mismísimo pacto de ficción que existe con el espectador. Como una gran puesta en escena, tanto los decorados que Annie pinta con extremo cuidado, como los de la película, nos hace recordar que estamos en presencia de la ficción dentro de la ficción.

La película es sombría y claustrofóbica. Iluminada muy por debajo del umbral de claridad al que estamos acostumbrados, produce un clima asfixiante y de permanente incertidumbre. Para lograr esa atmósfera, mucho tiene que ver la fotografía de Pawel Pogorzelski, como así también mucho tiene que ver la música de Colin Stetson que, ubicada con gran eficacia en los momentos claves, es capaz de despojarla por completo en una de las escenas más aterradoras —casi al final de la película— en que la música no forma parte del clímax, echando por tierra la idea de que cuánto más atronadora o cuánto más sobresaltos logre una escena determinada, el terror es más eficaz. Es de por sí destacable que ese recurso, el del sobresalto, no sea tan explotado en esta película ya que todo se va desarrollando lentamente —la película dura dos horas— mediante una gran dosis de orfebrería cinematográfica.

Han comparado esta ópera prima de Aster con El exorcista (1973). Un exorcista de nuestro tiempo. Si bien todas las comparaciones son odiosas, es verdad que así como The witch fue una película espeluznante —y considerada por muchos y más allá del género en que se la clasifica, una de las mejores películas del 2015—, El legado del diablo no se queda atrás. No será esa obra maestra de William Friedkin que aterrorizó a los espectadores de la década del 70 —y que aún sigue aterrorizando—, pero sí estará en el podio de las mejores películas de género de un grupo de cineasta noveles que apuntan a dotar de una gran dosis de originalidad a un tema tan vapuleado como el terror, una temática que está presente desde que el cine es cine.