Joel

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Unas botas inscriben sus huellas en la nieve. Es la primera imagen que nos ofrece Joel, la película que se estrena el 7 de junio y que dirige Carlos Sorín: la nieve no puede ser de otro lugar que la Patagonia. Los pasos son de Cecilia (Victoria Almeida) en cuyo andar anida la prisa. Se nos presenta de espaldas, acompañada por la suavidad de una steady cam que respira en su nuca. Este plano se repetirá en Joel incesantemente, aunque la prisa de los siguientes planos-nuca ya no está motivada por la felicidad que sí la apodera en este momento inicial. Acá Cecilia se apresura para poder llegar a comunicarle a su esposo Diego (Diego Gentile), quien trabaja en los bosques, que por fin les fue asignado el niño en adopción que venían aguardando. Luego, ya el motor de su prisa no será tan alegre.

El paisaje árido patagónico es el escenario de un drama mucho más ambicioso que las anteriores historias mínimas de Sorín, pero su concisión narrativa y su eximio talento en la dirección de actores son el soporte con el que cuenta el director, que garantiza así un film compacto en su articulación de la trama y certero en su intensidad dramática.

El énfasis en las personalidades de perdedores, que generalmente erran por las rutas patagónicas por un objetivo banal, en Joel está puesto en una madre que debe combatir el linchamiento social que la comunidad de Tohuil le propina a su hijo adoptivo. Joel se crió bajo el ala de la criminalidad y la desigualdad en Buenos Aires y a sus nueve años encuentra cobijo en la confortabilidad de Cecilia y Diego. Su infancia traumática no va a ser pasada por alto por parte de los padres de sus compañeros de curso de primaria, quienes denunciarán la mala influencia que él ejerce en el aula. La incomodidad inicial de una pareja que busca ganarse la confianza de un niño de 9 años, con el correr de los minutos es vencida por el conflicto que surge ante la intolerancia por parte de los pueblerinos hacia el niño.

Sin alcanzar la sinceridad minimalista de obras anteriores, Sorín conserva su predisposición a acercarse a sus personajes a través de una mirada frágil que destila amor y compasión. La confesión del director acerca que su interés, a los 70 años, ya pasó de la cámara a la actuación indica el tendiente humanismo de esta película que, aunque navega muy cerca de un virtual miserabilismo en la construcción de los antagonistas, se abstiene de hundirse en ese remolino. En un momento climático del film, en lugar de profundizar en el egoísmo por parte de los padres de los alumnos, Sorín opta por relegar al fuera de campo una reunión escolar y darle una pausa al espectador sentándolo junto a Cecilia que aguarda en un banco bajo la nieve. Previamente ella le confiesa a Diego su carencia de argumentos ante las opiniones de quienes quieren a Joel fuera de la escuela, lo que refuerza la intención del director de evitar el camino fácil de la demonización de estos padres y madres. Joel no cae ante el esquematismo binario de confrontar un personaje heroico ante una caterva de personajes detestables.

Con la colaboración de Iván Gierasinchuk como director de fotografía, José Luis Díaz en la dirección de sonido, Nicolas Sorín en la música y Mohamed Rajid en el montaje, Sorín aborda con paciencia cada subtrama y personaje. La relación asimétrica entre una madre de orígenes aborígenes con su esposo carnicero, quien la exhime de cualquier opinión sobre el tema que concierne a su hijo, compañero de Joel, es acatado con la misma nobleza con que se narra la lucha de Cecilia. Joel es una película que respira a costa de evitar maquinaciones de un guion que busca forzar un desenlace. Sorín pone al servicio de su cámara, y de la historia, el naturalismo de sus actores, quienes con sus inseguridades y decisiones van modulando un relato amable pero también incómodo ante la hipotética situación que nos ubica la película, tan cercana a la discusión actual sobre la victimización del delincuente.

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