5ta. Semana de Cine Italiano: El equilibrio

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Cambiar algo para que nada cambie. Esa parece ser la propuesta de esta historia sórdida, desangelada y terrible que ocurre en un pueblo de Italia, pero que puede ambientarse en cualquier lugar del mundo. Vincenzo Marra, autor de nueve películas y cuatro documentales es un director conocido en nuestro país, ya que ganó con De vuelta a casa (2001) su ópera prima, el Premio a Mejor Película en el Bafici del 2002. Le siguieron Paisaje al sur (2003), Viento de la tierra (2004), Hora punta (2007) y La primera luz (2015), entre otras.

En esta ocasión el conflicto de El equilibrio (2017), su última película, se desata cuando un cura, misionero en África, pide ser trasladado a otro lugar, más precisamente a su pueblo natal, Campania, en Nápoles. Los motivos son más que justificables: sus votos de castidad están siendo seriamente amenazados por la atracción que comienza a sentir hacia una mujer. Don Giuseppe, que a lo largo del film sufre otras crisis de fe, prefiere seguir sirviendo a Cristo lejos de toda tentación. Es así que, una vez que se hace efectivo su traslado, llega a una diócesis dirigida por Don Antonio, un párroco de gran carisma y muy querido en el lugar, que va y viene a Roma y que necesita que alguien lo reemplace. Aquí es donde vemos el contrapunto entre la practicidad de Don Antonio y el idealismo de Don Giuseppe. En este enfrentamiento nos damos cuenta que la premisa, no escrita en ningún lado pero acatada por todos, pareciera ser que es aconsejable dejar las cosas tal como están al de romper un supuesto equilibrio para que esas mismas cosas —corrupción, drogadicción, abuso— cambien para mejor.

Cuándo el nuevo párroco llega a Tierra de Fuegos, una zona que se encuentra entre Caserta y Nápoles, “famosa” por ser un reservorio de desechos tóxicos, por la que también se la conoce como la Chernobyl italiana—, se encuentra con situaciones inexplicables, casi surrealistas, que no logra entender. Una cabra, atada en medio de una cancha de fútbol que está cercada por alambre tejido, impide que los chicos del barrio puedan jugar ahí —de hecho es parte del predio de la Iglesia— y lo hagan afuera, en la vereda. Ante este hecho insólito Don Giuseppe actúa. Rompe el candado, suelta a la cabra y deja a los chicos que entren a la cancha y jueguen en ella. Claro, esto va a acarrear consecuencias. Es llevado ante uno de los jefes de la llamada Camorra —una organización criminal mafiosa que opera en toda la zona de Nápoles— y mediante amenazas le dice que no actúe sin pedir permiso, que esa cabra estaba allí por un simple capricho, señal suficiente para dar a entender a todo el vecindario quién manda en esa zona. No es por cierto la policía, mucho menos la Iglesia. Todos los vecinos lo entienden así, y así debe ser para que el equilibrio no se rompa. Incluso Don Antonio, quién está más preocupado por los desechos tóxicos que se encuentran enterrados en las afueras del pueblo que en buscar una solución para que los jóvenes no se pasen el día drogándose en un rincón lleno de basura. Está claro que las visiones de un cura y otro son diametralmente opuestas. El viejo párroco parece preocuparse por situaciones, que si bien son atendibles —las altas tasas de mortalidad por la contaminación son estadísticamente comprobables—, no dejan de parecer un tanto abstractas en comparación con, por ejemplo, el abuso a la que está siendo sometida la hija adolescente de una de las habitantes del barrio. “Está mal de la cabeza, no le hagas caso, tiene manías persecutorias”, le dice a Don Giuseppe.

Pero él no lo cree así. Y vuelve a actuar, ahora en defensa de la niña, y de la madre que desesperada no denuncia el hecho por miedo a que le pase algo. Lleva a la niña a un médico y el informe es demoledor. La niña está siendo sometida sistemáticamente a un abuso. La madre llora pero no dice nada. Las autoridades policiales se muestran reacias a tomar en serio la denuncia, y hasta Don Antonio, llegado de uno de sus tantos viajes a Roma, lo increpa y le dice que no trate de cambiar nada, de lo contrario, ya no podrá interceder más por él, es decir, no podrá defenderlo de la mafia napolitana.

La hipocresía, la falta de ayuda y apoyo de las personas que tienen el poder de cambiar algo, se enfrentan al idealismo de Don Giuseppe con su lado más perverso. El Estado está presente, pero con una presencia alejada totalmente de la moral y de la ética. No quiere ver drogadictos en la calle, entonces los confina a un descampado en donde lo pueden hacer libremente. Allí, la Camorra actúa como una suerte de patrulla de vigilancia pagada por ese mismo Estado.

Don Giuseppe, que veía cómo su fe trastabillaba por un asunto de índole personal, ve ahora cómo es demolida cuando quiere ayudar y lo único que recibe son amenazas y la indiferencia de todos los estamentos sociales. En una ocasión reniega en volver a ponerse el crucifijo, en otra directamente maldice a Dios gritando al cielo.

El director Vincenzo Marra, proviene de una familia con varios sacerdotes. Siempre se ha interesado y ha reflexionado sobre las cuestiones de la Iglesia y de la fe. De hecho, en una de las entrevistas dejó bien en claro que con El equilibrio, quería lograr una película cristológica, en donde un párroco, venido de tierras lejanas, era martirizado por las autoridades de un pueblo temeroso y cautivo.

La dirección es fluida y en continuo movimiento. La cámara sigue siempre a Don Giuseppe desde atrás, como si fuésemos su sombra, una sombra que ve las miserias que van apareciendo en su camino, un verdadero Vía Crucis en donde podemos adivinar que al final del camino, lejos de la salvación, se encuentra el Gólgota, el calvario en donde todas las esperanzas se hacen añicos.

Mimmo Borrelli encarna el papel de Don Giuseppe con una solvencia actoral encomiable. Su pose siempre medida e imperturbable se va quebrando a medida que le llegan las amenazas de muerte, cuando la impotencia desgarra su visión pastoral que lleva a duras penas y no encuentra ni siquiera en el obispo, un apoyo a su lucha por torcer el rumbo de las cosas. Golpea furioso las paredes que encuentra, se desarma en lágrimas, le dice en la cara Don Antonio que se siente defraudado por su actitud y, muy a su pesar, se va dando cuenta que no tiene más remedio que dejar que el equilibrio vuelva a esas calles de basura quemada, de niñas abusadas y de drogas consumidas en medio de la nada misma. Un film en que la esperanza parece ser lo único que se pierde. Parafraseando a Tomasi de Lampedusa que dijo: “Si queremos que todo permanezca como está, todo debe cambiar”. El desafío es cuántos cambios debemos hacer para que de una vez por todas lo naturalizado o cristalizado en una sociedad enferma deje de, precisamente, permanecer como está.

Mientras tanto, la cabra seguirá atada en medio de un campo de juego.

Funciones: Viernes 8 de junio, 22.00 hs. — Domingo 10 de junio, 20.00hs. — Martes 12 de  junio, 14.30 hs.