5a. Semana de Cine Italiano: Los oportunistas

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Con motivo de la 5ta. Edición de la Semana de Cine Italiano organizada por Luce Cinecitá en colaboración con la Embajada de Italia en Argentina y el Instituto Italiano de Cultura de Buenos Aires, tendremos la oportunidad de presenciar lo que se llama “Fare Cinema” (Hacer Cine), una nueva iniciativa del Ministerio italiano de Relaciones Exteriores y de la Cooperación internacional, mediante la proyección de diez películas que abarcan un interesante abanico de propuestas y estéticas.

Tal como dice Giuseppe Manzo, embajador de Italia, “el programa de la Semana de Cine Italiano de este año propone al público muchas obras cinematográficas contemporáneas italianas de alto valor, que como cada año, sabrán sin duda ofrecer al público una imagen vívida y actual del Bel Paese”.

Es así que la muy esperada película de Paolo Genovese, Los oportunistas (2017) inaugura este jueves este ciclo de diez películas que se extiende hasta el jueves 14.

Paolo Genovese viene de saborear el éxito de su obra anterior, Perfectos desconocidos (2016) que cosechó importantes premios y muy buenas críticas, tanto es así que se hicieron cuatro remakes, una de ellas dirigida por Álex de la Iglesia.

Con el título original en inglés, The place, Paolo Genovese, nos sumerge en una historia con tintes fantásticos; una historia que bien podría haber sido filmada en un teatro ya que la acción narrativa se transmite en un espacio cerrado a través de un incesante desfile de personajes que van y vienen a la mesa de un restaurante en donde se encuentra un solo y misterioso interlocutor: “el hombre”. Así, sin ningún nombre que lo identifique, este personaje parece estar ahí desde que el mundo es mundo. El pacto de ficción entre autor y público se concede cuando nos damos cuenta que no se dice quién es, cuándo apareció en ese lugar —lo vemos siempre ahí, apoyado en la mesa, despertándose cuando los empleados abren el lugar—, si en verdad tiene algún tipo de poder, si es un ángel, un demonio o una especie de psicólogo de almas, tal como le dicen en algún momento, tomando todas estas elipsis narrativas como algo natural.

Hasta ahí el tono fantástico, los sucesos que se desarrollan en la película son casualidades —o causalidades— que se van aglutinando a lo largo de la trama, una trama que se va entrecruzando con otras que van a ir apareciendo —diez en total— creando así una especie de tejido coral en que cada uno de los que se acercan hasta ese lugar se verán sin proponérselo envueltos en la vida del otro.

La premisa básica se parece mucho al de las fábulas recreadas en los cuentos infantiles. Si se te concediera un deseo, ¿qué es lo que pedirías? En este caso, la pregunta es: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar por tus deseos? Esta pregunta con la que siempre coqueteamos en algún momento de la vida, si bien es atrayente, tiene sus trampas. No olvidemos el célebre y espeluznante cuento “La pata de mono” de W.W. Jacobs o el más simpático “Los tres deseos” de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont. En ambos casos, el pedido inicial termina en tragedia o en una situación peor que la de antes. Paradójicamente el deseo inicial muta a otro: el de estar como al principio.

Paolo Genovese —Inmaturi (2011), Tutta colpa di Freud (2014), Sei mai stata sulla Luna? (2015) — cuenta esta historia como una fábula moderna. Más cerca del Fausto de Goethe que de los cuentos infantles, este ser misterioso proporciona lo que la gente busca a cambio de algo que ellos tienen que ofrecer para que su pedido sea concedido.

Me dijeron que ayudas a la gente a conseguir lo que quieren, así se presentan uno tras otra las diez almas desesperadas en la mesa del bar. Digamos que les ofrezco una oportunidad, dice el hombre del traje oscuro.

Es así que asistimos a una serie de encuentros entre “el hombre” y las diferentes personas que acuden y se someten a una tarea que tienen que realizar para que ese deseo se cumpla. Una anciana que tiene al marido con Alzheimer quiere recuperarlo, para ello tiene que armar una bomba y activarla en un lugar público. Cabe aclarar que aquí se encuentra patentizada una de las situaciones en que el pacto de ficción se cumple de una manera brillante. Nadie parece dudar de que una persona sin ningún tipo de conocimiento pudiese armar una bomba, como si fuese lo más normal del mundo, solo que esta situación casi surrealista es una excusa para que la idea pueda desarrollarse y sea efectiva, tan efectiva como una gran metáfora de lo que se está queriendo señalar. Y así seguimos: un padre de familia que tiene a su hijo enfermo de cáncer terminal tiene que matar a una niña, elegida al azar, para que se recupere. Una monja con crisis de fe tiene que embarazarse para volver a creer en Dios. Un ciego que desea recuperar la vista, tiene que violar a una mujer.

Uno tras otro arriban a ese confesionario de puertas abiertas para desnudar su agobio y desmoralización. Todos son analizados con una mirada profunda, respondiendo a preguntas mínimas, hasta que este confesor abre una enorme libreta atiborrada de anotaciones y busca, busca la curación a sus dolencias, como si se tratara del Libro de la Vida, aunque también hay mucha muerte agazapada entre sus páginas. Muertes que, llegado el caso, nadie parece atreverse a provocar. ¿Por qué siempre pide cosas horribles?, le pregunta la anciana que tiene que armar la bomba. Porque siempre hay alguien dispuesto a hacerlas, le contesta el hombre sin nombre y sin movérsele un músculo. Y así se suceden los pedidos, comprensibles y totalmente válidos, cuya resolución será a través de tareas a realizar, tan absurdas y reñidas con la ética y la moral que realmente dejan azorados a esta seguidilla de oportunistas.

Lo ingenioso del guión, escrito por el mismo director e Isabella Aguilar y basado en la serie televisiva The Booth at the End de Christopher Kubasik es la manera en que las diferentes “misiones” de los personajes van creando una suerte de universo paralelo en que todos se van involucrando en la vida del otro. Aquí es cuando “el hombre” se asemeja a un demiurgo, a un verdadero creador de tramas, como si fuese una gran alegoría de la sociedad humana en su conjunto y de nuestra existencia en particular. Podemos ver a este personaje como el Hacedor de todas las miserias, de todas las pasiones, de todas las angustias que va mezclando como un cóctel explosivo sin saber a ciencia cierta cómo puede terminar. Porque si bien es cierto que nada se le escapa —parece tenerlo todo bajo control—, a veces lo vemos asombrándose cuando las cosas derivan por otros carriles que se le escapan. Su libreta negra, en donde anota todo lo que sus interlocutores le cuentan, los detalles, como le gusta llamarlos, parece ser solo una guía, no un libro sagrado en el que está escrita toda la verdad.

Si bien dudamos quién es realmente este personaje, la aparición de una de las camareras que atienden el restaurante nos da una pista por demás provocativa. Me llamo Ángela, le dice a ese sujeto que la intriga. ¿El encuentro entre el diablo y un ángel? Puede ser. ¿El encuentro entre Dios y un ángel? Tal vez. Paolo Genovese no lo dice, aunque hay mucho de mística, sobre todo al final, cuando las cosas toman un giro inesperado, cuando Ángela le pregunta ¿cuál es tu deseo? Y él le responde, me gustaría dejar de hacer lo que estoy haciendo.

Las actuaciones de todos los personajes son deslumbrantes. Sus miradas, sus gestos, sus rostros perplejos —una palabra que dice Ángela y que desconcierta al Hombre— van desfilando como un ejército monstruoso en donde las justificaciones por una matanza, una violación, un crimen o un robo parecen justificables porque persiguen un fin loable. “Eres un monstro”, le grita una de las que se horroriza por sus pedidos inverosímiles. “Digamos que alimento a los monstruos”, le responde con la cortesía que lo caracteriza. Lo que nadie advierte es que la culpa que tendrían que cargar como una cruz por el resto de sus vidas, les impediría disfrutar de ese deseo anhelado. Y así es como los deseos mejor intencionados del principio empiezan a flaquear. “Puede retirarse”, les dice el Hombre ante cualquier signo de arrepentimiento. Aquí en donde la premisa ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar por tus deseos? se hace dolorosamente presente.

Valerio Mastandrea en el papel de el “hombre” es magistral. Sin mucho más que la utilización de movimientos mínimos, de miradas entre desafiantes y triste, de frases y sentencias moduladas de tal manera que cortan como cuchillo, de saber transmitir emoción cuando algo lo desubica, su presencia omnipresente es el eje central de toda la película. Come, bebe, lee, escribe y observa. Observa cómo la fauna humana se desespera por obtener lo que le está faltando y cómo sería capaz de hacer lo que sea para conseguirlo. Claro que de ahí a hacerlo hay un largo y sinuoso camino.

Los oportunistas —traducción poco feliz— es de esas películas que nos dejan reflexionando sobre nosotros mismos, que dejan en el aire esa pregunta que siempre nos hacemos en la intimidad y que nunca diríamos en voz alta por temor a mostrar nuestro lado más oscuro. Pedidos que solo quedan en nuestra fantasía, a menos que tengamos la posibilidad de ir a un lugar llamado The Place y nos sentemos frente a una persona que dice poder cumplir nuestros deseos a cambio de algo; algo que no podemos saber hasta que con amabilidad abra la libreta negra y nos diga que el medio para conseguirlo es terrorífico, tanto que de hacerlo, querríamos desear volver al principio. Es decir, permanecer como si nadie hubiese pedido nada.

Funciones: 7 y 14 de junio — Village Recoleta