Animal

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Una de las cosas que tiene de interesante Animal (2018), la última película de Armando Bó (El último Elvis, 2012) es el color de los personajes. No hay blancos y negros absolutos. Todos presentan una gama de grises en donde el contraste se muestra radicalmente en sus acciones, emociones y, en última instancia, en sus decisiones finales. Es así que pueden pasar de ser los “buenos” de la historia a ser verdaderos manipuladores y crueles, de aparecer como los malos y amenazantes a terminar como redimibles soñadores justificados por la situación en que se encuentran.

Antonio Decoud (Guillermo Francella) tiene todo lo que una persona desearía tener: una familia modelo integrada por su mujer Susana Decoud (Carla Peterson), dos hijos, Majo y Joaquín, un bebé de meses, un buen trabajo de gerente en un frigorífico, una suntuosa casa en el Barrio Los Troncos de Mar del Plata, autos, ahorros y una vida social cómoda. Pero, una mañana de tantas, un imprevisto hace trizas su vida placentera, burguesa, predecible y hasta monótona en donde todo lo que quiso lograr fue logrado, hasta se da el lujo de anotar todas las mañanas en una pizarra, con absoluta felicidad, cuántos días lleva sin fumar.

Un desmayo en plena carrera aeróbica por la costa del mar, le anuncia que su vida va a dar un giro de 180 grados. Una disfunción renal lo pone de cara a la fragilidad y finitud de su propia existencia. A partir de ese momento, la historia se traslada dos años después. En el medio, entre ese desmayo y su vuelta a la rutina, hubo un intento de poner a prueba la solidez de su familia cuando Antonio le propone a su hijo —un adolecente que todavía no terminó el secundario— que sea el donante para su cuerpo enfermo. Todo iba bien —la escena de la mesa familiar en que Antonio le quiere demostrar su agradecimiento a su hijo, resulta no tanto melodramática como patética— hasta que Tomás se arrepiente, tiene miedo. “Perdoname hijo, creo que te pedí demasiado”, le dice Antonio evaluando que el miedo de su hijo es absolutamente comprensible. Luego de ese episodio, traumático para ambos, lo vemos en su trabajo, lo vemos con su familia, lo vemos con su acostumbrada rutina y lo vemos, también, en la sesiones semanales de diálisis que tiene que hacer para que su sangre se depure. Su rutina no ha variado, solo que ahora la diálisis es un elemento más a la que tiene que acostumbrarse. Mientras tanto, espera. Espera un trasplante de riñón para operarse. Antonio se convierte en uno de los tantos pacientes que esperan lo mismo. La lista es interminable y sin pensarlo se encuentra atrapado en esa espera kafkiana en que se entremezclan la insuficiencia de donantes y un mecanismo burocrático que todo lo ralentiza, lo demora, lo vuelve una eterna agonía. “Me estoy muriendo”, dice en más de una oportunidad.

Mientras su mujer se encuentra en pleno proceso de redecorar la cocina, Antonio se encuentra en pleno proceso de conseguir un riñón por cualquier medio. “¿Cómo puede ser que me puedo comprar una casa y no puedo comprarme un riñón?”, desliza como si ambas cosas fueran lo mismo. No entiende como él, buena persona, buen padre, buen esposo, un ciudadano que siempre acató todas las reglas establecidas, que trabajó rompiéndose el alma para darse todas las comodidades no pueda darse el lujo de conseguir un riñón sano. Así como bien dice el dicho “el dinero no puede comprar amor”, cae en la cuenta que tampoco puede comprar salud. A menos, claro, que actúe por su propia cuenta. Y aquí es cuándo el instinto animal, el de la supervivencia entra en juego. Ya no importan las reglas, la ética ni las buenas costumbres. Con la muerte rondando a su alrededor va a actuar como el típico héroe solitario en busca de la sanación, el santo grial en forma de riñón, que si bien no le dará la vida eterna, sí le proporcionará unos cuantos años más de vida.

Cuando ve en internet, una de sus nuevas rutinas, que muchas personas ofrecen una casa por un trasplante, aparece la iluminación. Se contacta con una pareja —ella embarazada de meses, él desocupado crónico, ambos viviendo en un conventillo a punto de ser desalojados— para hacer el trato. Antonio les compraría una casa, Elías (Federico Salles) le donaría el riñón, Lucy (Mercedes De Santis) por su parte, haría de intermediaria entre ambos. Todo parece encaminarse para bien, pero como en la ley de Murphy que dice que cuando algo puede salir mal, va a salir mal, las cosas se precipitan para el lado de la codicia. Ahora no es el riñón lo que está en juego, sino una casa.

Hay ciertas similitudes con el argumento de una de las historias de Relatos salvajes (2014) de Damián Szifron, precisamente el episodio en que un padre, para defender a su hijo, ofrece un millón de dólares para que otra persona se haga cargo de una muerte. Es así  que aparece el abogado, el abogado de la policía, el propio damnificado; una lista de aves de rapiña queriendo siempre algo más. En el caso de Animal, la modesta casa ofrecida por Antonio ya no es suficiente, ahora la pareja quiere la mansión en donde vive con su familia. Antonio, luego de renegar y enfurecerse, cede, pero ahora la que no cede es su mujer. Lo trata de egoísta y de no pensar en que si él se muere, ellos quedarían desamparados. Antonio, en un mundo en que el absurdo pasa a ser moneda corriente, le suplica, “pero es mi vida, ¿para qué quiero una casa si no puedo disponer de ella para salvar mi vida?”.

A partir de ahí, todo se desmorona y lo políticamente correcto deja paso a la crueldad más condenable. Armando Bó muestra con inteligencia ese derrumbe. No solo a través de los diálogos, sino a través del simbolismo de las imágenes. La intermitencia de luces azules en el rostro de Antonio, el vaivén de las olas del mar encrespado, la sangre chorreante de las botas blancas de Antonio; imágenes que son más fuertes y contundentes que las palabras. Armando Bo dirige con una plasticidad increíble. Y lo hace a pura imagen, a puro cine. La música es también un gran aliado de esta producción y la acompaña y apuntala de una manera exuberante, por momentos barroca, pero siempre en una acertada comunión con la imagen misma. Cabe destacar el comienzo de la película en donde se desarrolla un extenso travelling de diez minutos en que no hay un solo corte de plano. La cámara de desliza de un personaje a otro con música clásica de fondo como si de un ballet se tratara, como si la rutina de una mañana cualquiera de una familia tipo tuviera la gracia y la beatitud de una danza que solo podemos percibir cuando esa danza colapsa y solo queda el lúgubre rumor de la fatalidad.

Todos los aspectos técnicos —la fotografía de Javier Juliá, el sonido de Pablo Gamberg, el montaje de Pablo Barbieri y la música de Pedro Onetti— son sumamente cuidados, con estándares más elevados que el común de las realizaciones nacionales.

Por su parte, el guión de Armando Bó y Nicolás Giacobone, propone una historia que podría encuadrarse en una comedia dramática, un trhiller psicológico o un oscuro film en que las miserias humanas se entrecruzan con los temores más primitivos y anestrales. Un guión lúcido que deja un regusto amargo; un final en que el que, de alguna manera, nadie queda indemne, no solo los protagonistas, sino tampoco los espectadores. No en vano Armando Bó fue uno de los guionistas de Biutiful (2010) y de esa otra gran película que fue Birdman  (2014) —por el que ganó un Óscar al Mejor Guión— ambas del director mexicano Alejandro Iñárritu. En definitiva, ésta no es solo la última película de Francella —hoy por hoy, uno de los grandes actores que viró de la comedia de humor al género dramático—, sino la última obra de uno de los directores y guionistas más interesantes de los últimos años dentro del panorama nacional. Hijo de un actor y director de cine (Victor Bó) y nieto de Armando Bó —otro director e ícono del cine junto a su estrella Isabel Sarli y por el que lleva su mismo nombre—  Armando Bó, hoy por hoy, propone un cine revulsivo y polémico, un cine en donde sus personajes actúan de una manera solitaria y radical pero, así y todo —como ocurría en su obra anterior—, lo hacen con la firme convicción de que es el único camino para volverse inmortales o, al menos, para tener esa confortable  sensación.