De la arquitectura a la biología evolutiva

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Hay cierta idea, flotando en el sentido común, que los dominios del Arte y de la Ciencia están completamente separados. Sin embargo, si se repasa la historia tanto del arte como de la ciencia, se observará que los vínculos son mucho más aceitados de lo que se puede suponer de antemano. Tanto el Arte como la Ciencia necesitan permanentemente de fuentes de inspiración y de ideas susceptibles de convertirse en hipótesis. Nadie que ame verdaderamente a la Ciencia o al Arte se puede dar el lujo de evitar encontrar estímulos creativos debido a prejuicios espúreos. Y la historia, en este sentido, es lapidaria. Todo Arte implica técnicas y habilidades; toda Ciencia requiere de analogías y metáforas para forjar sus teorías.

En este breve texto se hace referencia a una idea, proveniente de la arquitectura, que fue aplicada a la biología evolutiva. Los autores de marras son Stephen Jay Gould y Richard Lewontin, dos de los más importantes científicos de la segunda mitad del siglo XX. La posibilidad de adaptarse al entorno es un poderoso argumento de la biología evolutiva; invirtiendo la posición lamarckiana, la teoría de la evolución darwiniana sostiene que el rasgo físico aparece (por diferentes mecanismos que podemos englobar en el concepto del azar) y es entonces seleccionada por el medio ambiente. La capacidad de adaptación no es teleológica, pero no por ello deja de ser un poderoso argumento. Sin embargo, la tentación es grande y el abuso de un argumento es siempre una posibilidad. De ello se quejan los autores mencionados y para explicar lo que ocurre, recurren a una metáfora proveniente de la arquitectura.

“The spandrels of San Marco and the panglossian paradigm: a critique of the adaptationist programme”, así se llama el artículo de Gould y Lewontin y como se ve, no sólo se hace referencia a la arquitectura, sino también al cuento de Voltaire, “Cándido” y en particular al hiper optimista del doctor Pangloss, el tutor del protagonista de la obra. El nudo central del artículo es de índole epistemológico. Se plantea, básicamente, que no se puede confundir la función con la génesis. Se argumenta que no se puede intentar explicar una parte sin tomar en cuenta el todo (un órgano no puede ser comprendido como algo separado de un organismo).

Un spandrel o enjuta es un truco arquitectónico que se utiliza en la construcción de las cúpulas y que es la parte que se encuentra entre el arco y el rectángulo superior que lo contiene. En el texto de Gould y Lewontin se menciona el arco de la basílica de San Marcos y sus hermosas pinturas. Viéndolas a uno le queda la idea que hubo un objetivo claro al realizarlas (dada su genial disposición) y se pierde de vista que, en realidad, son un efecto de la propia construcción. ¿Eso les quita belleza?. En lo absoluto, pero tampoco implica que puede pensarse que fueron un fin en sí mismo y no una consecuencia de las restricciones estructurales que supone la construcción de una cúpula. Por otra parte tampoco puede sostenerse la postura panglossiana, aquella que reza que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que todo lo que ocurre tiene siempre una buena causa. Un optimismo metafísico, que desprecia todo contacto con alguna realidad.

Para cualquiera interesado en la Historia (lo que fuera que se desarrolla en el tiempo), esta es una excelente lección. La función que hoy le encontramos a algo, no necesariamente fue el motivo de su origen. Les puedo asegurar que un libro que sostiene el desequilibrio de una mesa, no fue hecho para eso. Los efectos secundarios pueden ser muy poderosos hasta el punto de condicionar la interpretación sobre el fenómeno y por supuesto torcer la historia. Que en definitiva no es otra cosa que una retorcida sucesión de tiempo y espacio.