La infancia como desencadenante, entrevista a Luciano Saiz

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Dos primos se reencuentran de adultos, y eso los lleva a recordar diferentes momentos compartidos en el pasado. Luciano Saiz, dramaturgo y director, presenta su obra Nenes malos, los viernes en el teatro Pan y Arte (Boedo 876).

Luciano nos cuenta sobre su obra que se presenta todos los viernes a las 23.

¿Qué búsqueda te llevó a pasar de ser docente y actor a ser autor y director?

Desde mi primer clase de actuación en la escuela de Augusto Fernandes, el teatro me arrolló, me abrió un mundo infinito que me hacía interesarme por todo: cada ejercicio, cada texto, cada marcación de los profesores… Volvía a mi casa y anotaba cosas, me compraba libros, iba a ver todas las obras que podía… Luego, después de actuar en algunas obras y elegir textos para mis propios alumnos, me di cuenta que no solo quería representar autores, sino decir lo que me pasaba a mí, con lo que veía, en mi tiempo, y empecé a estudiar dramaturgia. Al escribir mi primer obra, sentí el deseo de ponerla en escena, y al haber transitado mis años de formación con tanta intensidad, la dirección se dio naturalmente.

¿Cuáles son los temas alrededor de los cuales gira Nenes malos?

La infancia como desencadenante, todo lo que se origina en esos años de inocencia donde uno vive y va construyendo vínculos sin darse cuenta, casi jugando; y la forma en que esas relaciones pueden seguir marcando tu vida de adulto, en las actitudes, las sumisiones, o los micromachismos que aparecen instalados; además de las verdades y secretos que quedan tapados con el paso de los años.

¿Cómo surgió en vos la idea de esta obra?

Surgió a partir de un breve ejercicio de escritura vinculado a la infancia que me pidió mi maestro Ariel Barchilón. Escribí una escena y ese fue el disparador; me vinieron como ráfaga varias escenas de niños referidas a los veranos de mi niñez que compartía con mis hermanos y mis primos en un campo familiar; y luego, con el fluir de la escritura, apareció un tiempo presente con dos personajes que evocaban ese pasado en común. Después vino el espacio: un bote en el medio del mar, un concurso de pesca y las circunstancias que motivan los viajes al pasado.

¿Qué tuviste en cuenta para la puesta en escena?

Imaginé a Gonza y a Ale en un pequeño bote, rodeados de un gran espacio, para jugar con limitantes de evasión y movimientos donde se profundice la tensión del vínculo en contraste con las escenas de la infancia, que se despliegan con gran potencia a lo largo y ancho del espacio, con la libertad y el juego que evocan. Se fue volviendo, de esta manera, una obra de cuerpos potentes que se contraen y se expanden en el espacio. Entonces, como esos cuerpos eran tan elocuentes, me fui inclinando hacia una puesta minimalista donde aparecieran solo los objetos indispensables para activar la imaginación del espectador.

¿Habiendo comenzado en la actuación, qué influencias del actor reconocés en vos al escribir o al dirigir?

Al escribir, supongo que hay algo inconsciente de haber transitado diferentes textos y escenas como actor que apuntala el deseo. Y al dirigir sí, es más concreto, porque me vinculo con el actor de la manera que prefería que lo hagan conmigo: con claridad, energía y mucho amor.

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