La librería

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La librería (2018), película basada en el libro homónimo de Penelope Fitzgerald, tiene muchos puntos en común con otro libro, en este caso con el de Joanne Harris, titulado Chocolate. En esa ocasión también se hizo una película que dirigió Lasse Hällstrom en el 2000 y cuyos protagonistas fueron la siempre encantadora Juliete Binoche en el papel de Vianne Rocher y Alfred Molina personificando al conde de Reynaurd como su temible antagonista. En este caso, el duelo, más subterráneo y sutil que el anterior, es entre Florence Green (Emily Mortimer) y Violet Gamart (Patricia Clarkson).

En ambos casos, la historia se ambienta en la década del 50, y en ambos casos el conflicto nace a raíz de un emprendimiento económico que no es bien visto por los habitantes del pueblo —cerrado y prejuicioso— que no tolera que la paz bucólica y rutinaria sea alterada.

Es digno de destacar que lo que viene a alterar el orden establecido es por iniciativa de mujeres, lo que nos lleva a pensar que cuando el otro, el extraño, el extranjero es femenino, las cosas parecen tomar un cariz más peligroso y amenazador. Una suerte de concepción patriarcal heredada quizás por el miedo a las brujas que fueron perseguidas en la Edad Media. Tanto Vianne como Florence, parecen encarnar ese espíritu maligno que viene a corromper las almas y el espíritu. En un caso a través del placer de los sentidos, en el otro a través del placer por el conocimiento. Por eso hay que hacerles la vida imposible para erradicarlas. La Inquisición —institución vergonzosa que perseguía y provocaba la muerte a los considerados herejes, la mayoría mujeres, según la conveniencia de los propios inquisidores—, ha desaparecido, tal parecería ser una de las posibles lecturas del film, en su acción delictiva pero no en su concepción ideológica.

Narrado en off —la misma técnica que usó Hälstrom en ChocolateLa librería es una película que logra hacernos empatizar con sus personajes de manera lenta, pero sin pausas, tanto como lo es la negociación que hace Florence con el banco para financiar su negocio, así como su posterior apertura y provisión de libros con los que va llenando sus estanterías. Claro, estamos en medio de las buenas formas y modales de un pueblo inglés de los 50, en que cada uno se toma su tiempo para hablar sin ser interrumpido y en que cada uno de sus integrantes respetan a rajatabla las ordenanzas, los códigos municipales y la burocracia legal que nadie osaría quebrantar.

Aquí es donde se distancia de Chocolate. En la película del director sueco, las convenciones eran de origen religioso y por lo tanto, más proclives de ser ignoradas. En la película de Coixet, no hay manera de eludir una deuda bancaria o alterar el informe de una inspección municipal. En el pueblo francés del film de Hälstrom nadie podía obligar a la dueña de la pastelería a que comulgue con las tradiciones católicas, lo que provocaba más una condena a nivel social que legal. En el pueblo inglés de la película de Coixet, nadie osaría eludir una contravención penal.

Lo cierto es que Florence Green logra abrir su negocio, lo amuebla, lo llena de hermosos ejemplares —vemos por ahí títulos en dorado del Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, La abadía de Northanger de Jane Austen y los poemas de Philip Larkin— y se hace amiga de un personaje del pueblo que nunca sale de su mansión por un duelo que lleva como una pesada carga por el resto de su vida, al igual que Florence, aunque ella logra despegar de su viudez a fuerza de un nuevo empuje a su vida, algo que Edmund no fue capaz de lograr.

Ávido lector, el señor Edmund Brundish (excelente actuación de Bill Nighy) le propone, mediante cartas que van y vienen entre ellos, que si necesita la opinión de algunos libros, no tenga reparos en mandarle ejemplares para su lectura. Es así que cuando aparece Lolita de Nabokov, Florence no duda en enviarle un ejemplar para que le aconseje. No está segura de la reacción que tendría esa novela en un pueblo lleno de prejuicios, un libro que se difunde como la novela más escandalosa de Europa. Brundish no solo le dice que es un muy buen libro —a raíz de esto Florence pide una partida de 250 ejemplares— sino que lo exhiba en sus vidrieras para atraer más gente. También se entusiasma con Bradbury. “Cuando tengas El vino del estío no dudes en enviármelo, tengo muchas ganas de leerlo”, le dice en un momento. La aparición de ese libro, al final de la historia, es uno de los momentos más poéticos y conmovedores de la película.

Del otro lado, el del bando contrario, Violet Gamart no va a permitir que esa casa —ahora ocupada por Florence— se convierta en un foco de atención para las mentes adormecidas del pueblo. Es así que ella decide, para no perder su pequeña porción de poder en Hardborough, tratar de desalojar a Florence para convertir ese edificio —llamado Old House— en un Centro para el Arte. “No hay nada más ridículo, dice en un momento el señor Brundish, que crear una cosa así en este pueblo, como si a alguien le interesara el arte, y como si el arte necesitara un centro”. Lo curioso —o no tanto— es que esa casa antigua estuvo abandonada por años y nunca nadie se había preocupado por ello.

Hay otros personajes que van entrando en escena de la manera más amable y encantadora. La pequeña Christine (Honor Kneafsey) que con su manera de ver el mundo y a las personas, cautiva de inmediato a Florence, el seductor Milo North (James Lance) y el pescador Mr. Raven (Michael Fitzgerald) que le dice que no lee porque a la tercera página se duerme. Personajes que parecen sentirse a gusto con la iniciativa de Florence y su Old House Books —estéticamente muy parecida a la Shakespeare and Company, la librería más visitada de París—, pero que en el correr de la película nos vamos dando cuenta de que todo no es más que una burda mascarada.

Hay escenas muy bien logradas dentro de ese clima ventoso y siempre nublado, aquellos momentos en que Florence medita a orillas del mar siempre borrascoso, sin contar los interiores cálidos y agradables de la librería en donde la madera, los lomos de los libros y el ritual del té se convierten en postales para disfrutar por sí mismas. Mérito de una fotografía exquisita de Jean-Claude Larrieu.

La directora española Isabel Coixet, con dos películas premiadas con el Goya a la Mejor Dirección (La vida secreta de las palabras y La librería) logra armar un fresco para nada melodramático a través de la imagen pintoresca de un pueblo costero de Inglaterra lleno del temor propio a lo desconocido. Todo es medido, formal y sin grandes sobresaltos, tal como es la idiosincrasia inglesa, una sociedad que no duda en crear una Ley para la libre circulación sobre los espacios públicos, cuando se aglomeran más de diez personas en una de sus calles, casualmente —o no tanto— frente a la Old House Books, la librería de Florence Green, una entusiasta lectora de libros que dará batalla a Violete Gamart —jueza de paz, para más datos— desde la perseverancia y la pasividad. Habrá que llegar al final de la película para saber cuál será el desenlace de esta batalla sorda y sin estridencias y más que nada para averiguar de quién es esa voz en off que aparece todo el tiempo durante la narración, la que nos va llevando a través de esta historia que destila mucho amor por el cine, pero más que nada, mucho amor por los libros.