Los extraños, cacería nocturna

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Los extraños, cacería nocturna (2018)—tal el subtitulo—, comienza en la pantalla con otro subtítulo que suele dar más prestigio: el siempre legitimado “basado en hechos reales”, tan presente hoy en día con la literatura de no ficción como estandarte de un género que comenzó allá lejos y hace tiempo con A sangre fría de Truman Capote, aunque muchos anteponen a Operación Masacre de Rodolfo Walsh como el pionero. Salvando las distancias y los formatos narrativos, el mote basado en hechos reales conlleva a pensar que lo que vamos a presenciar ocurrió realmente. En este caso —cabe aclarar que la película de Johannes Roberts es una remake de la de Bryan Bertino, llamada solamente Los extraños (2008) — alega estar basada en los hechos que tuvo al clan Manson como partícipes de una serie de asesinatos en 1969. Esta historia sangrienta —una de las víctimas fue Sharon Tate, la mujer de Roman Polanski— derivó en una novela llamada Helter Skelter (título de uno de los temas de Los Beatles) de Bigliosi y Centry y ganadora del premio Edgar al Mejor Artículo sobre Crimen Real que inspiró la película de Bertino.

Roberts retomó esa historia, le puso un subtítulo, muy acorde por cierto, y filmó una película que si bien está llena de los clichés propios del género de terror —hamacas que se mecen solas, frases pintadas de rojo en los vidrios de las ventanas, sobresaltos por doquier, cortes de luz y de líneas telefónicas (aunque en este caso tuvieron que aggiornarse y dejar inutilizados todos los celulares de la familia), y máscaras infantiles para cubrir los rostros de los asesinos— está muy bien lograda en cuanto a estructura narrativa y dirección de actores.

La historia es una más de las tantas vistas en las películas de la década del 70 y 80. Una familia compuesta por Cindy (Christine Hendricks, conocida por su papel en Mad Men como Joan Holloway)) y Mike (Martin Henderson) y sus dos hijos, Kinsey (Bailee Madison) y Luke (Lewis Pullman) deciden pasar un fin de semana en un predio en donde aparcan casas rodantes. En este caso Roberts apuesta por una familia en lugar de la pareja de la película del 2008, lo que la convierte en una trama coral, con más aristas para desarrollar que la del guión original de Bertino. Este viaje no es de vacaciones sino que es la antesala a un internado adonde llevarán a Kinsey. Al parecer ha hecho algo que transgrede la esperada rebeldía adolescente y que, lamentablemente, nunca sabremos. Esto es suficiente mérito como para que sus padres decidan alejarla de la familia y que prosiga sus estudios en un ambiente más rígido y con reglas que ellos mismos no saben hacer cumplir. Con el hijo mayor yéndose a estudiar a otra ciudad, y la hija menor que va estar internada, Cindy y Mike fantasean con volver a tener una vida de solteros, con toda la casa para ellos, sin quejas, sin preocupaciones, sin hijos. Pero todo se desmorona cuando llegan a ese predio de caravanas estacionadas como si fuese un laberinto, sin más recibimiento que la noche, la niebla y el silencio. Escenario más que ideal para que cualquier cosa pudiese ocurrir.

Aquí conviene hacer un paréntesis en cuanto a la fecha en que la familia se instala en una de las caravanas que habían reservado con antelación. Es un día después del 1 de Mayo, Día de los Trabajadores, cuando todos ya se fueron y no quedan más que los caseros —tíos de Kinsey y Luke— que tampoco dan signo alguno de vida. Existe una cierta analogía —no digo que sea buscada— con el cuento Los veraneantes de Shirley Jackson en que una pareja, los Allison, decide quedarse en el lugar en donde están pasando sus vacaciones más allá de la fecha en que todos vuelven a sus respectivos pueblos y ciudades, esto es, después del 1 de mayo. Nadie se queda después de ese día, le aleccionan los vecinos temporales que empiezan a empacar sus cosas para abandonar un lugar paradisíaco en verano, pero incierto fuera de temporada. Uno podría preguntarse el por qué de esa huida. Bueno, quizás —más allá que en el cuento de Shirley Jackson existe una sutil metáfora sobre la vejez— bien podría uno imaginarse que en el otoño por venir se podría desencadenar una verdadera historia slasher como la que Roberts pone en escena para su película.

Lo cierto es que esta familia, una vez instalada en la caravana, empieza a ser atacada sin razón por tres enmascarados —dos chicas y un hombre— que, a punta de armas blancas —un hacha en el caso del asesino— se ensañan con un solo propósito: dar rienda suelta a la cacería nocturna del título. Más allá de los estereotipos que en su momento explotaron con maestría filmes como La matanza de Texas (1974) de Tobe Hooper, Halloween (1978) de John Carpenter o Scream (1996) de Wes Craven, que suponen persecuciones, laceraciones y sangre por doquier, hay un buen manejo del clima —angustiante al principio, aterrador después— que se desenvuelve con soltura entre los distintos personajes creando sub tramas que luego vuelven a ser una para desmembrarse nuevamente. Es por eso que en primera instancia la familia se desarticula con la madre y la hija por un lado, el padre y el hijo por el otro creando así dos historias paralelas que se unen en medio de la locura asesina que transcurre en un parque iluminado como si fuera un decorado de pesadilla. Y si bien la cacería la comienzan este trío de psicópatas seriales, no deja de llamar la atención que tanto Cindy como Luke, llegado el caso, comienzan a desempeñarse de la misma manera. Si bien lo hacen como último recurso de defensa, también hay cierto placer en ellos para ir acabando con sus atacantes como si esta cacería depredadora encontrara un equilibrio de fuerzas.

Si bien esta lectura es un mérito en sí misma, también lo es la escena en donde parte del complejo en donde se halla la piscina deja paso a una de las escenas más logradas desde el punto de vista estético. De pronto, lo lúgubre se transforma en psicodélico, las sombras se llenan de colores brillantes y los amenazantes árboles en palmeras de neón. Falta el cartel que diga: bienvenidos al show. De un lado el loco del hacha, del otro Luke con un revólver. Para ser más fascinante la escena, de fondo empieza a escucharse el tema Eclipse total de amor de Bonnie Tyler por los parlantes del complejo.

No existe mecanismo más efectivo que combinar dos elementos totalmente opuestos para resaltar la extrañeza que eso conlleva, el estado de inquietud y de incomodidad que eso trae aparejado, el oxímoron literario llevado a imágenes. En este caso, el drama del chico desangrándose en una pileta iluminada de azul mientras por detrás la voz romántica de Tyler canta: “Te necesito ahora, esta noche, y te necesito más que nunca, y si tan solo me sostienes fuerte, estaremos sujetos por siempre, y solamente haremos lo correcto porque nunca nos equivocaremos. Realmente te necesito esta noche”. Es el pedido de ayuda, agónico y mental de Luke a su hermana que permanece oculta con un cuchillazo en la pierna, en estado de shock porque vio cómo apuñalaban a su madre. Luke flota en el agua cada vez más oscura pensando, quizás, cómo salvar a su padre que quedó atrapado en su camioneta.

Esto es Los extraños: una sucesión de hechos —no importa si son reales, a esta altura lo único que uno desea es poder escaparse de estos depredadores humanos— en que las actuaciones de Bailee Madison y Lewis Pullman logran convencernos con un sufrimiento que a medida que transcurre la película parece no tener límites.

A pesar de todo lo gore y espeluznante que pueda parecer, la violencia es tratada con cierta contención. No hay un regodeo en la sangre por que sí, más allá de lo necesario con lo que está ocurriendo. Y lo que está ocurriendo es realmente una cacería salvaje. Pero lo más espeluznante es cuando Kinsey le pregunta a una de sus atacantes —mientras le apunta con un arma— ¿por qué lo haces? ¿Por qué no? le contesta. Esa respuesta, tan contundente y tan lógica en un mundo sin reglas éticas y morales, da escalofrío. Un mundo en que si se la despoja de esas premisas inherentes a la civilización humana, podría derivar en esto: una cacería nocturna, pero también diurna en el que todo vale.

Cine de género, con todo el aparato al servicio de proporcionarnos el terror más visceral, dejando de lado el suspenso de la antecesora y yendo directo al impacto, aunque con una dosis de refinamiento, si eso es posible en este tipo de cine, que lo hace un producto atractivo desde lo visual y lo actoral, con un soberbio montaje de Martin Brinkler, una colorida fotografía de Ryan Samul y la siempre bienvenida música de los 80.