#FICIC2018: Balance de esta edición

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Si tuviera que encerrar dentro de un concepto las características del FICIC, sería el de la periferia. La lectura literal refiere a su geografía, pero la ubicación de Cosquín, en última instancia, es la menos rigurosa entre los diferentes sentidos que abarca este concepto. Las pequeñas dimensiones, si se toma a escala las principales sedes festivaleras como Buenos Aires o Mar del Plata, contribuyen a la sensación de un evento alternativo y las mínimas distancias entre los puntos de encuentro vuelven al FICIC una experiencia íntima. Esta última etiqueta puede asimilarse a todo menos a una intención peyorativa: la calidad del grupo de personas que se encargan de la organización derriba la impersonalidad burocrática en la que sucumben la gran mayoría de los festivales de cine. Lejos de ser una aseveración que minimice el estatuto profesional del evento, es más bien un intento de reconocer la calidad artesanal de quienes lo pusieron en pie.

El FICIC es un festival conciso: son pocas las películas que se programan pero de un nivel cualitativamente superior a otras programaciones más amplias –en títulos- y de un criterio general más consolidado que sus pares. Son pocos los días de su extensión pero completa la administración de las actividades. Sus organizadores son un plantel relativamente reducido pero están presentes en cada función, introduciendo las películas y a los cineastas que presentan su obra y registrando cada uno de estos momentos. La actividad no se remite exclusivamente al funcionamiento de las proyecciones, sino que esta sustentada por una política amigable y social, donde todos son convocados a tomar fernet y cerveza en el mismo lugar o comer locro en el patio de una casa, sin distinciones de credenciales. El FICIC es conciso pero concreto.

Si bien estas características denotan de alguna manera esta índole periférica a la que refiero -en la medida en que se entienda que los festivales centrales carecen de la sensibilidad cultural que sí tiene el FICIC- el concepto se aplica con mayor precisión a la programación liderada por Roger Koza. En este caso pueden entreverse las dos significaciones que se desprenden del concepto: la geográfica y la estético-narrativa. De los largometrajes argentinos, que son seis (incluyendo las películas de apertura y de cierre), solo uno está situado dentro de Buenos Aires pero su clímax es fuera de ella y su eje dramático surge a partir de la apropiación de una costumbre pampeana, externa a la metrópoli, como es el malambo. Hablo, por supuesto, de Malambo, el hombre bueno, película dirigida por el cordobés Santiago Loza. Baronesa tiene como sede una favela en las afueras de Belo Horizonte, en Drift su escenario es el océano atlántico, Érase una vez en Brasilia sucede en Brasilia, la capital menos centralizada e ignorada artísticamente de todas y Entzungor es un grito nacido desde las entrañas de Castilla, dándole voz a un terreno poco escuchado como es el del País Vasco.

Para entrar en el segundo plano periférico de la programación vuelvo a la película de Juliana Antunes, que recibió la mención especial del jurado. El protagonismo de la clase marginal en Baronesa no es visto desde el prisma estigmatizante del miserabilismo. Antunes se alinea a sus personajes –hasta se recluyó a convivir con las actrices- y narra sus conflictos desde una vitalidad refrescante. La conmiseración canniana (o europa) por los conflictos latinoamericanos no se detuvo en esta película porque no está, como Ciudad de Dios, vista desde una perspectiva centralista. Antunes se situó en la periferia social y construyó su relato desde ese lugar. La reconocida por el público, Buenos Aires al Pacífico, no adopta la típica mirada sobre el desguace ferroviario. Para Donosso, su director, la expansión de los trenes implicó correlativamente la colonización de la Patagonia y de los cuerpos de los trabajadores, de la misma manera que el aparato mecánico que lo hermana: el cine. La propuesta narrativa de esta película es absolutamente alternativa a cualquier modalidad documental de intuición poética. El silencio es un cuerpo que cae, la maravillosa ganadora del primer premio del festival y The impossible picture, para mí el hito cinematográfico de mi 2018, pretenden exhibir imágenes documentales que presuntamente son “reales” para invitarnos a desconfiar de las imágenes y resignificarlas. La película austríaca es en verdad una ficción (aunque en un principio pensemos que no lo es) en donde Wollner pretende recrear fílmicamente sus recuerdos infantiles en una super 8 y sustrae gradualmente el grado de inocencia de este diario doméstico. Como dice la sinopsis, nada es lo que parece. El film vencedor de la competencia sí parte de imágenes que aparentemente no pertenecen al orden de la ficción, para decirnos que aun en esa supuesta realidad existe la puesta en escena. La felicidad de Jaime Comedi, padre de la directora, no fue aniquilada por el accidente con un caballo, ni previamente por el sida, sino por el silencio. Esta exploración de los films, entre la veracidad de las imágenes y el cuestionamiento al imaginario de que los documentales son reales y la ficción es mentira, representan una mirada ajena al discurso hegemónico. El interesante caso de Las vegas, de Juan Villegas, es que si bien está situado en Villa Gesell su mirada es completamente porteña. Sin embargo no se escapa de este grupo de películas suburbanas, dado que se apropia de una tradición ajena a la del cine argentino que es la de la comedia de enredos hollywoodense, sin dejarse tentar por el costumbrismo. De más está aclarar que las propuestas narrativas de Drift y Entzungor están en la vereda opuesta a cualquier clasicismo narrativo y aunque en la primera este desapego produzca un distanciamiento excesivo, la segunda cautiva por el juego planteado con la textura fantasmagórica del cine primitivo y la reactualización de un mito popular. La siniestra dialéctica entre lo antiguo y lo moderno de esta película es enigmática pero atrayente.

Las elecciones de Malambo, el hombre bueno e Instrucciones para flotar un muerto, de Nahir Medina, inauguraron y clausuraron el festival respectivamente. El criterio de selección es sensato, en el sentido en que son dos films amenos narrativamente. Lejos de tratarse de una minimización, es un premio a la sensibilidad de sus directores. Instrucciones se trata, nada más ni nada menos, que de un duelo; en donde la siempre difícil -y solemne- tarea de tener que filmar la ausencia adquiere una liviandad y sinceridad notables.

La sección nuestros autores contó con la presencia de los cineastas que no son únicamente periféricos por ser originarios de Ituzaingó y de Banfield. Raúl Perrone y Gustavo Fontán son los cineastas más personales y radicales que tiene el cine argentino. De esta diferenciación tampoco se quedan afuera las dos personas cuya filmografía estuvo en foco. El tratamiento del erotismo en los cuerpos, a contrapelo de la hegemónica mercantilización de los cuerpos femeninos, es una de las constantes de la poética de Martín Farina, el cineasta de los retratos. De la misma manera, pregona la famosa política bressonana que dictamina que si un sonido o una frase puede reemplazar a una imagen, es mejor suprimirla o neutralizarla. La falta de complemento entre sonido e imagen se sincretizan y crean un objeto audiovisual original, donde lo visual hace énfasis no en lo central, sino en sus contornos. Todas sus películas son experiencias fascinantes. Y si se me pidiera un tercer cineasta argentino con una mirada singular, seguramente sería la de Ana Poliak, la otra retrospectiva (en 35 mm) que se realizó en el festival. Un tópico que el cine argentino ha elegido elipsar durante mucho tiempo es el trabajo humano y en Parapalos y La fe del volcán es tema central. También sumido en el ostracismo del cine nacional y rescatado por Poliak fue la marginalidad, al visibilizarla en ¡Que vivan los crotos!

En FICIC los cortos de escuela tienen su propio espacio y ahí confluyen todo tipo de trabajos, tanto de Capital Federal como de Mendoza o Tucumán. La competencia de cortos internacionales reunió producciones locales y extranjeras. Desafortunadamente no pude ver muchas como para aplicar estos parámetros al criterio de selección. Sí puedo decir que Fragmentos desde el exilio, del cordobés Pablo Martín Weber, la cual recibió la mención especial del jurado, encarna una experiencia turbulenta imposible de controlar. Los mensajes extraviados en el cosmos de una agente interplanetaria, que analiza la ciudad de Córdoba durante las elecciones presidenciales, están corruptos por la señal y entonces las imágenes debilitan su poder analógico. El nivel periférico de este corto ya se extiende a niveles galácticos, distanciándonos de la realidad humana por intermedio de la percepción de una alienígena. Las imágenes, en este caso, fueron sustraídas de cualquier halo de realidad.

El ciclo especial de cine nacional en 35 mm es también un acto (al día de hoy) revolucionario. La proyección de material fílmico ya no es un acto periférico, sino prehistórico. Poder ver películas fundamentales de nuestro patrimonio cinematográfico, como son Pajarito Gómez, Amorina y Nunca abras esa puerta, en las mismas condiciones en la que asistieron los espectador en el momento de su estreno, es un firme antídoto político contra la epidemia del olvido. Las noches de superacción en el teatro El alma encantada, donde se disfrutó de filmes reprimidos en el subconsciente de la historia canónica del cine, contaron con las proyecciones de la sorprendente Breaking Away y All the right moves (la cual no pude ver). Rescatar películas que sufrieron la sentenciosa calificación de cine basura, o cine de entretenimiento frívolo, acompaña esta voluntad reivindicadora y genera esos divertidos lapsos de fascinación ilusoria, tan matemáticamente construidos por el cine estadounidense.

La participación estelar del festival fue la presencia de la filósofa Esther Díaz. La misma mujer que reprocha el momento en que en la Antigua Grecia se escindieron la razón y la sensibilidad, presentó la película que la tiene como protagonista, Mujer Nómade, y brindó una charla distendida sobre filosofía y cine. La confesión de experiencias privadas que le generaron traumas se encadena con la personalidad de una pensadora que no teme en acudir a la primera persona para realizar reflexiones filosóficas. En el acto de cierre, tras unas palabras de Koza, Carla Briasco, fundadora y organizadora del FICIC, le obsequió un poncho. Esther, que ya por haber trazado una carrera en filosofía siendo mujer se posiciona en los límites del círculo, admitió nunca haber creído que eso le pudiera pasar. En su felicidad se entrevió el triunfo al calvario que en Mujer Nómade alude haber sufrido ella.

El FICIC es un festival conciso, y por eso concreto. Los 4 días de cine en la sierra cordobesa ya pasaron, pero fueron lo suficientemente importantes como para plantar bandera dentro de un contexto político adverso. Las nuevas directivas culturales van en camino de querer quitar del mapa a las manifestaciones cinematográficas perífericas, es decir, aquellas producciones de bajo presupuesto, de propuesta narrativas alternantes o de origen no bonaerense. Por eso, el FIFIC debe arreglársela con lo que tiene. Por eso, y pesar de las cercas asfixiantes puestas por el INCAA, es un festival conciso, y por eso concreto.