Pompidú, Catalina Piotti

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Pompidú –con tilde en la “u”– es una obra dramática donde se verifica uno de los postulados de todo buen texto teatral: se puede disfrutar como lectura o como representación. Catalina Piotti nos regala un texto bello, poético, profundo, cuya protagonista, Érica, es de esas que se quedan en el lector para siempre.

El tema central de Pompidú es la locura y su relación con el arte. Érica está loca –o, al menos, eso dicen su padre, sus hermanastros y sus médicos–, pero es capaz de sublimar esa locura a través de la creación en tanto que allí canaliza todas sus angustias y sus miedos más íntimos. Esta capacidad de la protagonista le permite tener un amor –Inti– que existe solo en un plano ideal, lo que no le impide dialogar con él, recibir sus consejos, y sentirse cómoda y protegida.

El nombre de “Inti” no es casualidad en el texto. Para los incas ese era el dios del Sol, divinidad suprema, símbolo de energía, fuente de riqueza en todo sentido, casado, además, con su hermana la Luna. Desde el comienzo de la obra, esta se hace presente cuando los dos personajes la invocan también en su relación con la creatividad: “¡Luna, ilumina cada instante haciéndolo sincrónico, perfecto!”. La relación con Inti es lo que sostiene a Érica dentro de una ficción, dentro de una realidad alternativa que “corrige” todos los errores y hace a un lado los dolores de la vida cotidiana, del mundo supuestamente real. “¡No duermas! Soñá despierta. Soñar despierto es privilegio de aquellos que están despiertos de consciencia”, dice Inti, y con esto se opone a Susana, la tía de Érica, el otro “sol” en la vida de la protagonista, la que la cuidó siempre y la que siempre confió en su posibilidad de recuperarse. Así, entre la cordura y la locura, entre el sueño y la realidad, entre la ley y la libertad, transita Érica buscando su lugar que estará en un espacio intermedio donde sin dejar de ser ella pueda vivir dentro de la sociedad.

Los títulos de los tres actos en los que se divide Pompidú: “Luna, despoja a los instantes del cáncer de la hipocresía y el aburrimiento”, “En la cordura no hay poesía” y “El arte te va a salvar de los hostiles” están mostrando ese camino interior de la protagonista hacia una liberación a través de la creación que opera a modo de catarsis, hacia una asunción de que “hay una realidad que nos pertenece y a la que no podemos escaparle”.

Si el texto de Catalina Piotti es de una gran belleza, también lo son los dibujos que lo ilustran, muy simples, pero con mucha expresividad: ilustraciones en blanco y negro que sintetizan los momentos más representativos de la obra, realizadas por Agustina Marambio de la Vega.

Pompidú es la invitación a un viaje que no solo hará Érica, sino también aquellos que leemos la obra ya que, como plantea el muy buen prólogo de Danila V. Bermejo, los lectores podemos identificarnos tanto con la protagonista como con Inti en la medida en que sus discursos nos despiertan cuestionamientos vitales.