Basado en hechos reales

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Basado en hechos reales (2017) es una película basada en el libro Basado en hechos reales (2015) de la escritora francesa Delphine de Vigan, en que Delphine Dayreux —el mismo nombre de pila que la autora— es la protagonista central  —también escritora— de la novela. Esto que parece un juego de palabras entre títulos literarios y cinematográficos y personajes reales y de ficción que se vampirizan entre sí —el cine y la literatura se retroalimentan constantemente como si de vampiros se tratara— es lo que plantea esta trama que seguramente cautivó al director Roman Polanski por el juego del doble que encierra, el famoso doppelgänger alemán que hace referencia al doble fantasmal de una persona viva. El inquietante juego de espejos en donde todo parece ser el reflejo de otra cosa más siniestra, algo que siempre atrajo al director quién basó gran parte de su filmografía en retratar el equívoco, el lado oculto que se esconde detrás de cada uno los personajes.

Delphine Dayrieux es una escritora famosa y establecida dentro del prestigioso círculo literario francés. Se cansa de firmar ejemplares y es tironeada de aquí para allá en recepciones en su honor y en efusivas muestras de afecto e interés. Sobre todo de interés, porque Delphine, para la editorial, es una autora que factura y deja a todos contentos: a sus lectores y a los bolsillos de la maquinaria editorial en donde publica, sobre todo con su último libro, un verdadero best seller en donde llevó la enfermedad y la muerte de su madre al terreno de la novela. Pero Delphine tiene un bloqueo. Nadie lo sabe aún, pero lo sufre día a día. Cuando le preguntan por un nuevo título se escuda alegando que tiene mucho para investigar antes de embarcarse en un nuevo proyecto. Es muy ilustrativo —y por demás cierto— el momento en que le dice a su pareja Francois (Vincent Pérez): “Tengo que estar segura para empezar una nueva historia. No te olvides que voy a convivir con esos personajes durante uno o dos años”.

El bloqueo de escritor es uno de los tantos temas comunes tratados en novelas y películas. Lo que Polanski trata de lograr en Basado en Hechos Reales es darle un enfoque de trhiller psicológico al incorporar un elemento disruptivo que enrarece el clima, ya de por sí angustiante, de la escritora. Un clima que el espectador intuye dese el primer momento en que se le aparece en primer plano el esbozo de la sonrisa perfecta e inquietante de Elle —notable actuación de Eve Green que personificó a Morgana en la serie de la televisión inglesa Camelot, a la bruja Serafina Pekkala en La Brújula Dorada de Chris Weitz y fue imagen del perfume Veneno de Medianoche de Christian Dior, dicho todo esto para demostrar el por qué de la elección de esta actriz— que está en la fila de lectores para que Delphine le firme su último libro. Pero no es eso lo que Delphine ve en Elle, sino que percibe la salvación a todos sus problemas. Por ello, después de esa primera aparición enigmática, empiezan a verse cada vez más seguido. Tanto que luego de un par de semanas, ya con la absoluta confianza de Delphine hacia ella, Elle logra mudarse a su departamento. A partir de esa convivencia su nueva inquilina —figura muy presente en el universo polanskiano— le aconseja, le ordena su caos de agenda, la escucha y cuando Delphine encuentra en ella lo que no puede compartir con Francois —siempre ausente en la búsqueda de escritores para entrevistar— le empieza a contar sus problemas con la escritura y cómo se las ingenia para ir avanzando en las historias que tiene en la cabeza.

Claro que Elle no es una admiradora psicópata como Anne Wilkies de la novela Misery de Stepehen King, sino que es una autora en las sombras que escribe las memorias de personajes y celebridades del deporte, de la música y de la literatura, una ghost-writer que debe, por contrato, permanecer en el anonimato, una temática que Polanski ya había abordado en El Escritor Fantasma (2010). Por lo tanto Elle sabe sobre el oficio del escritor y es por eso que intima a Delphine  a que deje de pensar en escribir para su Editorial y sus lectores y que realice esa obra que siempre —según ella— trata de evitar. Que ponga todo su empeño en escribir una autobiografía con todo lo que tiene guardado dentro de sí. “Mientras Francois le hace reportajes a celebridades del mundo literario, tú te empecinas en escribir ficción”, le dice en una de las tantas discusiones que tienen en el departamento y luego en la casa de campo adonde van a pasar una temporada. Aquí habría que plantearse qué es la ficción y qué es lo que entendemos por real. Algo que se ha instalado no hace mucho tiempo en el terreno literario: ¿Adónde está el límite entre una cosa y la otra? ¿Acaso no es todo ficción, incluyendo aquí a la crónica, el ensayo y la autobiografía?

El cine de Polanski —autor de obras maestras como El bebé de Rosemary (1968), Chinatown (1974), El Inquilino (1976) y Búsqueda Frenética (1988), entre otras— logra crear un clima de suspenso con elementos mínimos y teatrales. Gestos, miradas encendidas, portazos, algunos gritos, el destrozo de una procesadora, la bajada a un sótano y los temblores de un trueno, provocan una atmósfera claustrofóbica y de que algo inminente va a ocurrir en cualquier momento. Así transcurre la casi totalidad del film, acentuado además por la partitura musical de Alexandre Desplat —Oscar a la Mejor Banda Sonora por El Gran Hotel Budapest y La Forma del Agua— que no decae en ningún momento. De ahí el logro que más se da en el clima y no los acontecimientos. El director polaco es un gran virtuoso en crear esos aires perversos que solo podemos vislumbrar en parte, como esa escena sutil de un acercamiento sensual y erótico de Elle hacia Delphine. Al parecer, según la visión de Polanski, la intimidad del encierro produce estas libertades. A veces para bien, otras para mal.

La llamada Trilogía de los Departamentos que abarca a El Inquilino, El bebé de Rosemary y Repulsión es precisamente eso: historias que se centran dentro de cuatro paredes y en el que los protagonistas se mueven en un clima de alta perversidad. Todos se mueven en círculos sin llegar nunca a una meta concreta. Basada en hechos reales podría pasar a engrosar ese listado.

Emmanuel Seigner —quién dio vida a esa presencia entre angelical y diabólica en la película La Novena puerta (1999) — es una persona en crisis avasallada por la personalidad enérgica de una increíble Eva Green en el papel de una mujer que personifica, quizás, a la parte escindida de una escritora que se encuentra al límite de sus propia veta creativa. ¿Es realmente Elle una intrusa que entró por la puerta grande a su vida y que ahora parece querer manipularla para que de una buena vez escriba algo poderoso? ¿Es la voz de Elle la que le advierte con crudeza que necesita salir de su zona de confort y escribir algo más valiente y hacer caso a Kafka cuando dijo que un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que está dentro de nosotros? ¿Es la voz de Elle la que Delphine no quiere escuchar y seguir escribiendo ficción para no enfrentarse a sus propios demonios? Elle hace todo lo imposible para aislarla y para que deje de dar vueltas frente a una pantalla en blanco. Manda mails a todos los  contactos de Delphine para que no la molesten, accede a ir a charlas y encuentros —otra vez el tema del doble—  haciéndose pasar por ella, le cocina, la alimenta y la tiene casi como una prisionera. Claro que a partir de la primera mitad de la película, el juego del gato y el ratón se invierte y es Delphine la que empieza a tomar las riendas del asunto, la que trata de fagocitar a su oponente antes de ser fagocitada, la que empieza a encontrarle un sentido a esa presencia que la atormenta y que le está proporcionando un desbloqueo a su inspiración creativa, la que la está llevando a un duelo peligroso, un duelo en que cualquier paso en falso puede terminar en tragedia.

Polanski va armando la trama con precisión y una buena dosis de orfebrería minimalista. Y si bien existen elementos que ya vimos en varias películas de los film noir —con Hitchcock y De Palma a la cabeza—, el sello de Polanski es inconfundible. El manejo de los actores y cierta morosidad en la actuación de la actriz principal solo le pueden salir bien al director de Perversa Luna de Hiel (1992).

Basado en Hechos Reales es un film que va in crescendo hasta la escena final —un guiño, quizás a Rob Reiner y su película Misery— que no tiene grandes momentos de tensión, sino que dicha tensión corre bajo tierra, sorda y eficaz, aquella que puede implosionar entre cuatro paredes, en las sombrías habitaciones en donde ya nada es confiable. Porque de eso se trata, de la desconfianza que nos pueden producir las personas más cercanas, las que están dispuestas a ayudarnos a cualquier costo. Una ayuda que puede llegar a tal punto de perversión que nos puede enloquecer. El punto sin retorno, algo que tan bien conocía y hablaba Kafka.