#FICIC2018: Malambo, el hombre bueno

0
3

Plano general del mar donde se ve, a lo lejos, un barco navegando. Encima de la gama blanco y negro de la imagen sobreimprimen unas letras rojas. Los malambitas practican un duro entrenamiento de cara a la competencia con sus pares. El ganador, paradójicamente, se compra el boleto del retiro de la competencia, dado que ya no puede participar más. Ganar la competencia implica no participar más. El dilema filosófico/nostálgico que vive un malambista es interesantísimo. Así le pareció a Santiago Loza, director de Malambo, el hombre bueno, película que inauguró la programación de la octava edición del FICIC y hoy se estrena en la Sala Leopoldo Lugones y el sábado en el MALBA.

En los momentos previos habló Ivan Fund, director de fotografía y camarógrafo del film, quien años atrás codirigió junto con Loza la magistral Los Labios, película que saltó del BAFICI a CANNES. Previamente, Roger Koza, director artístico del festival, comparó al hambre del protagonista de esta película con la ilusión de Rocky y consideró a la película, por su sensibilidad popular, la obra indicada para ser la apertura, ya que debe ser el DNI del festival. Ivan Fund prefirió compararlo consigo mismo y con todos los colegas que afrontan día a día el titánico deseo de hacer cine. Es que Malambo, el hombre bueno a final de cuenta versa sobre eso: un hombre obstinado por una pasión que lo lleva a desafiarse a sí mismo. La comparación con el cine es inevitable en los tiempos que corren; con las nuevas medidas del INCAA este tipo de películas no podrán hacerse.

Gaspar Jofre perdió en la final anterior de malambo, lo que despertó su sed de revancha. Santiago Loza no opta por situar a su “héroe” dentro de una geografía ni un contexto social folklóricos. Gaspar vive en Buenos Aires, da clases en un colegio primario y en Malambo, el hombre bueno se sustituyen las vacas, el cuero y el campo del imaginario popular por la descripción cotidiana de un hombre urbano. Conoce a su maestro, que es estricto y exigente y también a si antiguo rival, a quien odiaba pero que fraterniza y colabora con su preparación. El conflicto principal es un dolor de espalda del que Gaspar es aconsejado, por el médico, abandonar el malambo. Por otro lado debe practicar natación y sesiones de cama caliente.

El conflicto, en verdad, es una excusa para darle un matiz más a su perseverancia pero que nunca pone en duda su actividad. Malambo, el hombre bueno es más bien una crónica lineal, sin altos ni bajos, que “documenta” la puesta a punto de un malambista que va por sueño en Cosquín. La mirada del director enfatiza la mirada de Gaspar, quien observa zapatear a su compañero de entrenamiento o a su ex vencedor embelesado. El blanco y negro poco contrastado acompaña la calma del film que llega a su pico con la danza final de Gaspar, de la misma manera en que en la escena inicial se culminaba el zapateo de su maestro con un alejamiento de la cámara.

El final, por supuesto, es en Cosquín, a pocos metros de donde tuvo lugar la proyección, en un cálido guiño a la ciudad que facilita año a año la realización del festival. Acto seguido a los créditos subió al escenario Daniel Carabajal interpretando un malambo sureño como colofón de una función de apertura representativo del espíritu del FICIC.