#FICIC2018: Retrospectivas de Ana Poliak y Martín Farina en el @cosquinfilmfest

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El FICIC realizará en esta octava edición la retrospectiva de dos cineastas vernáculos: Ana Poliak y Martín Farina. La principal diferencia entre ambos no estriba en la diferencia de género, que de alguna manera repercute en ambas miradas. Tampoco en la evidente distinción temática y formal desde la que se desprenden sus obsesiones estéticas (ambos son guionistas o coguionistas de casi todas sus películas). El parámetro en el que divergen ambas filmografías es la regularidad con la que filman sus obras: en tanto que Poliak cuenta con una carrera extensa en años, pero escasa en títulos, Farina produce con una asiduidad poco habitual en el cine argentino.

¡Que vivan los crotos!, la ópera prima de Ana Poliak, fue realizada en 1990. En los 28 años que la separan de la actualidad, su repertorio cuenta con solo dos largometrajes más. Caso opuesto es el de Martín Farina, quien en cuatro años, desde su doble estreno con Fulboy y El hombre Depaso Piedra, dirigió cuatro películas más. Su prolífico devenir en estos años no solo se desarrolla en el rubro de la dirección, sino que también se ha desempeñado en la gran mayoría de sus proyectos como montajista, director de arte y director de fotografía. Incluso participó en esta última área en Hierba, de Raúl Perrone y como camarógrafo en Taekwondo, film que codirige con Marco Berger y que será exhibido en la retrospectiva.

La de Farina es una mirada que opera inversamente a la norma hegemónica del erotismo en el cine. Históricamente acostumbrados a ver el tratamiento sensual del cuerpo femenino, Farina suprime esa sexualización de las mujeres —que suponemos innata— y explora cada rincón del cuerpo masculino. Esa búsqueda estilizada tiene como resultado la eyección de la sensualidad en los hombres, no siempre dentro de un contexto —a priori—tolerante para con la homosexualidad. Farina busca sumergirse dentro de ambientes donde esa rama del deseo está aparentemente reprimida e intenta rescatarla de ese tabú hasta la superficie, de manera que el espectador pueda verla nítidamente. Contextos como la intimidad de un vestuario de futbol, un grupo de amigos orgullosamente viriles o un joven que se sobrepone al hermetismo de una familia religiosamente fanática son los elegidos por el director para narrar sus historias.

El cine de Farina, entonces, prodiga una liberación sexual del cuerpo humano. La ternura y la sensibilidad son los factores fundamentales que canalizan el deseo. La fotogenia son las botas que elige para transitar ese camino, en el que sus huellas lo embellecen.

Sin embargo, sería un análisis reduccionista remitirse únicamente a este factor de su poética, dejando de lado herramientas que constituyen una experimentación narrativa muy consistente en la obra del director. Las conversaciones en off son una constante en sus películas. En vez de encuadrar a los personajes que están hablando, Farina prefiere relegar esa información al sonido y jerarquizar visualmente detalles de objetos o postales de paisajes que le confieren a la conversación un doble sentido. El hombre Depaso Piedra es la muestra más clara de este recurso y es en donde mejor fluye. En Cuento de Chacales o Mujer Nómade, la propia desorganización estructural habilita a yuxtaponer comentarios en off de procedencia indeterminada con fragmentos aislados, como si tratara de una melodía visual.

De ahora en adelante procedo a hacer un breve repaso por las películas que serán exhibidas durante el festival.

Filmada durante siete años en los que el director visitó Paso Piedra, en la localidad de Choele Choel, en Río Negro, El hombre Depaso Piedra es un bellísimo documental que detalla el devenir de Mariano Carranza, un hombre solitario que vive recluido en una pequeña choza en la aridez rionegrina y que fabrica ladrillos de barro. Farina interactúa y le cuestiona al hombre su intransigencia al tratar cuestiones económicas, como la comercialización del extenso terreno que está en su poder, por el que paga altos impuestos, a pesar de no utilizarlo. Como citaba en la descripción general, son pocas las ocasiones en las que Mariano está en cámara hablando; más bien, son los rincones de su hogar, las estrellas, las ventanas, los árboles, el atardecer, el camino pantanoso o un plano generalísimo los que operan como soporte de sus palabras. El hombre Depaso Piedra es una maravilla sensorial con la que Martín Farina debuta en el formato de largometraje.

Presentada en la edición 2014 del BAFICI, Fulboy es el largometraje con el que se dio a conocer el director. Con la complicidad de Tomás Farina, su hermano, quien se desempeña como jugador de Platense, el cineasta se inmiscuye en la intimidad de un grupo de jugadores del “calamar” e ilumina el mundo privado que todos los hinchas solemos olvidar cuando los vemos domingo a domingo en acción. En Fulboy todas las imágenes que el futbolero asocia a los jugadores están elididas; no hay partido, no hay entrevistas ni entrenamientos. Farina emplea una doble estrategia: se invisibiliza dentro de la cotidianeidad de las relaciones entre colegas pero también en un momento asume su posición detrás de la cámara y solicita a su hermano y los demás compañeros a que lo interpelen y le cuestionen los prejuicios que él, como ajeno al vestuario, tiene sobre ellos. No es el único momento es que derriba la transparencia de la cámara, también habilita a un jugador para “que defina solo frente al arco” cuando éste en primer plano le enumera al lente la cantidad de contingencias que vive un futbolista y que la gente desconoce. Por supuesto los sellos de enunciación del realizador antes mencionados están presentes en Fulboy; los planos detalles de las piernas, los tornos y demás porciones de piel de los jugadores son una constante en el retrato de ellos y la cumbre de su privacidad expuesta en cámara está cuando se bañan juntos en un vestuario. La excusa narrativa es la inminente final que se avecina para conseguir el ascenso a la B Nacional, pero Farina no tiene ningún interés en el resultado, sino más bien en la incertidumbre de los jugadores que no saben que les deparará el día después en su vida laboral.

La película que tuvo más visibilidad indudablemente es aquella que codirige con Marco Berger y en la que también es director de fotografía y camarógrafo, Taekwondo. Una quinta en Ezeiza donde conviven ocho amigos al que se les suma Germán, compañero de Taekwondo de Fernando, es el escenario donde transcurre la totalidad del metraje y en donde confluyen y se hermanan la mirada de dos directores que tienen muchos puntos de interés en común. Los amigos juegan en la pileta, toman sol, fuman porro, pasean desnudos, juegan al paddle o se internan en el sauna. En algún momento hablan sobre Messi y Maradona pero el eje de casi de todas las conversaciones es el sexo y las mujeres. La reafirmación de su virilidad, cierta homofobia y otras reflexiones que van a la par de su masculinidad forzada le aportan un gran sentido del humor. Bajo la superficie banal de sus conversaciones el prisma de la mirada de los realizadores se detiene en el subtexto de sus cuerpos. Acompañando la tensión sexual entre los protagonistas Taekwondo se construye mediante planos cerrados de los cuerpos de los múltiples personajes, con el fin de poder develar las capas subterráneas que anidan en sus posturas. El resultado es eficaz en la descripción representativa de un determinado grupo de amigos y paciente en la construcción del romance entre los protagonistas.

Cuento de Chacales es un compendio de elementos experimentales, ficcionales y documentales, donde sus diversas ramificaciones narrativas vuelven, a la tarea de reunirlas todas dentro de un cuadro, imposible. La vida de Fernando Cruzans, quien se crió dentro del marco del fanatismo religioso de sus padres, se solapa con imágenes familiares del propio Farina o de una banda durante el momento de composición y ejecución de su música. Reza el preludio del film: “la memoria no es el registro de un suceso original. Es la reconstrucción del modo en que lo recordamos la última vez”. Cuentos de Chacales se encadena con la misma arbitrariedad con la que lo hacen los recuerdos, a veces motivados por una asociación sonora, visual o conceptual. Sobre el final de la película un hombre le cuenta a su acompañante de auto algo así como que nunca presta atención a las letras de las canciones, sino más bien a su melodía y a las reminiscencias que le producen al momento de grabación. Después de 15 escuchas, o más, puede realmente concentrarse en la letra. Cuento de Chacales podría ajustarse análogamente a esa reflexión: es menos importante lo que se dice o se cuenta que la repercusión perceptiva que su imágenes y sonidos suscitan; la belleza formal del film. Quizás, si la viéramos 15 veces, nos detendríamos a prestar atención a la lírica.

Los primeros minutos de Mujer Nómade se escucha el relato de una mujer que detalla los momentos previos que la llevaron a intentar suicidarse. Solo al final vemos su rostro. Se trata de Esther Díaz, filósofa y ensayista, protagonista central de este documental que continúa, de alguna manera, una línea que se había esbozado en El hombre DePaso Piedra pero que luego se estableció con firmeza en Cuentos de Chacales. Las derivas narrativas surgen a partir del discurso de Esther, quien se autoanaliza biográficamente, a la vez que da pie a las reflexiones filosóficas propias de su trabajo teórico. Presentada recientemente en la Competencia Argentina del BAFICI, Ezequiel Obregón amplia con su reseña los elementos puestos en juega en este gran documental.

El Hombre Depaso Piedra: jueves 3 de mayo 12hs. Microcine
Taekwondo: jueves 3 de mayo 22:30hs. Cinema
Cuento de Chacales: viernes 4 de mayo 12 hs. Cinema
Mujer nómade: viernes 4 de mayo 20:30hs. Microcine
Fulboy: sábado 5 de mayo 12hs. Cinema
El liberado: sábado 5 de mayo.17Hs. Cinema
El profes10nal: domingo 6 de mayo 17hs. Microcine