Mary Wollstonecraft: reinvindicación de los derechos de la mujer

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Mary Wollstonecraft (1759-1797) no solo fue la madre de Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, sino también escribió escribió novelas, cuentos, ensayos, tratados, un relato de viaje y un libro de literatura infantil. Es considerada, además, una de las precursoras en la reivindicación de los derechos de la mujer: “Las desigualdades entre los hombres y las mujeres son tan arbitrarias como las referidas al rango, la clase o los privilegios; todas aquellas que el racionalismo ilustrado había criticado e identificado”.

La abuela de Frankenstein consiguió vivir de escribir y ser un personaje muy popular en la Europa de finales del siglo XVIII. A pesar de no haber recibido la educación que ella hubiera querido, se propuso ser independiente, así que para cumplir su propósito desempeñó diversos empleos considerados para mujeres: primero fue dama de compañía y posteriormente abrió una escuela para señoritas en 1784.

En medio de un ambiente revolucionario, en solo treinta días escribió Vindicación de los derechos de los hombres (1790) de forma anónima. Poco tiempo después, ante la decepción que supuso el devenir de la Revolución Francesa, escribió y publicó la obra que la convirtió en la mujer más célebre de Europa: Vindicación de los derechos de la mujer (1791).

Algunos fragmentos de Vindicación de los derechos de la mujer

Quiero al hombre como compañero; pero su cetro, real o usurpado, no se extiende hasta mí, a no ser que la razón de un individuo reclame mi homenaje; e incluso entonces la sumisión esa la razón y no al hombre. De hecho, la conducta de un ser responsable debe regularse por las operaciones de su propia razón, si no ¿sobre qué cimientos descansa el trono de Dios. Me parece necesario extenderme en estas verdades obvias, ya que las mujeres han sido aisladas, por así decirlo. Y cuando se las ha despojado de las virtudes que visten a la humanidad, se las ha engalanado con gracias artificiales que les posibilita ejercer una breve tiranía. Como el amor ocupa en su pecho el lugar de toda pasión más noble, su única ambición es ser hermosa para suscitar emociones en vez de inspirar respeto; y este deseo innoble, igual que el servilismo en las monarquías absolutas, destruye toda fortaleza de carácter. La libertad es la madre de la virtud, y si por su misma constitución las mujeres son esclavas y no se les permite respirar el aire vigoroso de la libertad, deben languidecer por siempre y ser consideradas como exóticas y hermosas imperfecciones de la naturaleza.

(…)

Se me puede acusar de arrogante, pero, pese a ello, debo declarar que estoy firmemente convencida de que todos los escritores que han abordado el tema de la educación y la conducta femeninas, desde Rousseau hasta el doctor Gregory, han contribuido a hacer de las mujeres los caracteres más débiles y artificiales que existen y, como consecuencia, los miembros más inútiles de la sociedad. Podría haber expresado esta convicción en un tono más comedido, pero me temo que habría parecido un fingido lloriqueo, no la ferviente expresión de mis sentimientos, extraídos del resultado evidente de la experiencia y la reflexión.

(…)

Espero que mi propio sexo me disculpe si trato a las mujeres como criaturas racionales en vez de halagar sus encantos fascinantes y considerarlas como si estuvieran en un estado de eterna infancia, incapaces de valerse por sí mismas. Deseo de veras mostrar en qué consiste la verdadera dignidad y la felicidad humana. Deseo persuadir a las mujeres para que intenten adquirir fortaleza, tanto de mente como de cuerpo, y convencerlas de que las frases suaves, la sensibilidad de corazón, la delicadeza de sentimientos y el gusto refinado son casi sinónimos de epítetos de la debilidad, y que aquellos seres que son sólo objetos de piedad, y de esa clase de amor que ha sido denominada como su hermana, pronto se convertirán en objetos de desprecio.