El psicólogo de Dios, Jotaele Andrade

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¿Qué cualidad determina que un poeta se consolide en el referente de su generación? En Poesía a la calle —programa de 2015 de TV Sindical—, Jotaele Andrade (La Plata, 1974) desliza la clave: como sexto hermano de siete, buscó una voz que lo diferenciara en el grupo familiar.

Una variante de esta voz —la poética— viene transmutando desde El salto de los antílopes (2012) hasta la reciente edición ampliada de El psicólogo de Dios (2018). De un mismo espíritu sintáctico, entonces, emanan muchas voces. La voz espartana de Los metales terrestres (2014) y de La rosa orgiástica (2016) tantea el infinito a través de un uso preciso con el lenguaje y de unas imágenes que se desentienden de las modas literarias. La voz cartoon de Elefantes con anteojos (2015) conjuga la peripecia de los dibujos animados con una gama de recursos verbales para que el verso libre estalle en una mezcla entre lo narrativo y lo lírico. La voz dramaturga, inaugurada en El psicólogo de Dios (2016), se apoya en el verso para ir construyendo los personajes sin depender de las descripciones ni de los datos accesorios. Con esta alquimia verbal, que transmuta el lenguaje convencional en poesía nueva, Jotaele Andrade se aleja años luz de las tribus de talleristas zurcidores de palabras.

La edición ampliada de El psicólogo de Dios expone otra variante de la voz literaria de Jotaele Andrade: el montaje de voces. Y, en el armado del índice, se revela la intención: alternar la voz espartana de las nuevas composiciones poéticas con el diálogo de las presentadas en la edición de 2016. De este modo, la voz dramaturga pone en acto el contenido metafísico, es decir, materializa lo inasible. Esta tensión coral se manifiesta por medio de los títulos. Los que pertenecen a las nuevas composiciones poéticas adoptan la forma del verso, por ejemplo: “¿Has visto cuántas luciérnagas hay en la noche?”. En cambio, “Un éxito”, “El factor X” y “El psicólogo de Dios” funcionan como etiquetas que concentran lo transmitido en el diálogo.

“Una misma orilla inalcanzable” despliega la reflexión de un yo que indaga en las paradojas del universo a través de la duda: “¿todo lo que es y no es y da su apariencia / y su certidumbre / como los árboles y los perros / y cuanto busca su propia estatura?”. En “Un éxito”, el punto de giro se produce en el primer verso: “hace un tiempo me operaron del cáncer de la poesía”. Apenas el paciente se entera del éxito de la operación, queda ante el frasco donde ha quedado almacenado el tumor de poesía: “una sustancia / extraña / a veces fluorescente / a veces oscura / se movía/ como si tuviera gusanos o fuera cosa viva / dejando escapar chorros de vapor que empañaban / el vidrio”. Liberado de la poesía, ¿ese yo logrará integrar “la armonía del conjunto”? ¿Resistirá el deseo de “buscarle la cifra escondida” a las palabras? Con su lógica de la incertidumbre, el yo de “Inauguración de mundo con pájaro” percibe las huellas de aquello que aglutinó los contrarios: “y era ese símbolo total / semejante a un pájaro / que se erguía majestuoso / y único / conjurando en él / al trueno y su sombra / los ruidos y su silencio / lo posible y lo imposible”. El reverso de “Un éxito” lo configura el poema “El factor X”. En uno el médico le extirpa al yo la enfermedad; en el otro —también sin preámbulos— le diagnostica el mal: “fue el médico / quien gravemente me dijo / ‘usted tiene el factor X’”. (En términos matemáticos, “equis” significa “incógnita”). Parte desde una situación opuesta a la de “Un éxito”: ¿qué ocurrirá con este yo afectado por un factor que lo margina de la “armonía del conjunto”? La voz espartana de “¿Has visto cuántas luciérnagas hay en la noche?” trasciende los límites del mundo fenomenológico y postula que la forma del retorno “es no expansivo / es cerrarse / invertirse / y que el árbol se vuelva la semilla que fue / y así cada criatura / y cosa”. En “El psicólogo de Dios” también el giro poético-dialogal se efectúa sin rodeos: “y fue que apareció en el living / desde la nada misma / o desde sí misma / una zarza que ardía / en un fuego blanco”. Eso que irrumpe en un día cualquiera del yo se presenta: “soy dios”, un dios que no para de cambiar de forma. Si Dios necesitara terapia, ¿a quién recurriría? Sin duda, al poeta que excava en la realidad para extraer la poesía. “La sustancia de lo total” cierra la edición ampliada, planteando una incógnita: ¿por qué este último texto se divide en diez partes, cada una signada con un número romano? En consecuencia, el fragmento de clausura se transforma en la apertura hacia la incógnita: X, equis.

Sumergirse en esta obra alienta al lector a bucear en el más allá de la sintaxis para explorar el significado profundo de su propio misterio. Este prodigio literario nace de la unión entre una mirada ancestral sobre el origen y una voz en constante transmutación. Este camino lleva a Jotaele Andrade a encarnar —más acá de la sintaxis— la tarea de la escritura como la concibe Alan Moore: tratarla como si fuera Dios. ¿Qué ocurriría si esta voz poética transmutara en prosa? El resultado confirmaría que la innovación en la literatura llega de la mano —y del ojo— del poeta. Después de todo, ¿la sustancia almacenada en el frasco de “Un éxito”, el factor X, Dios no son diferentes formas de representar la “poesía”? ¿Y “poeta” no es otra manera de decir “hacedor”? En este caso, Jotaele Andrade se consolida en el hacedor de una voz tan presente y plural que se torna futura y singular.