#20BAFICI: An elephant sitting still

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A los 29 años de edad el cineasta chino Hu Bo se ahorcó por sus propios medios. Estaba terminando el montaje de su primer, y entonces, última película, An elephant sitting still. Habiendo tenido su estreno mundial en la Berlinale 2018, fue exhibida en fuera de competencia en esta edición del 20 BAFICI.

La carta de despedida de Hu Bo se vio materializada audiovisualmente, en la que indudablemente se transparenta su visión desgarradora del mundo. Aunque por momentos sea excesivamente gris y decadente en su mirada se vislumbra alguna grieta que esboza algún intento de redención. Indisociable con la decisión fatal que tomó el director An elephant sitting still es una monumental ópera prima de cuatro horas de duración, cuyo tiempo diegético es apenas un solo día. Una sola jornada que es suficiente para hacer un diagnóstico de una sociedad que no ampara y margina a cuatro almas, los adolescentes Bu y Ling, el adulto Cheng y el anciano Wang, que en medio de la espiral de basura descendente que los arrastra persiguen una luz al fondo del túnel: el espectáculo circense de un elefante quieto y sentado, en la ciudad de Mazhouli.

Ver una película escrita y dirigida por un suicida, que antes de partir quiso dejarnos un recordatorio de la decadencia del mundo, ¿gratifica el placer morboso de un espectador que disfruta la mala suerte de los protagonistas? Resulta difícil determina la cuestión porque en la totalidad del conjunto la masa oscura de su mirada eclipsa cualquier semilla de buena voluntad. Ciertos pasajes de la película, como en las descorazonadas discusiones de Ling con su madre, el odio de Hu Bo obnubila su poética y se encierra en un callejón sin salida, en donde no le queda otra que despuntar el vicio pintando con mierda cada ladrillo de la escena. ¿Hay aire? ¿Existe alguna pincelada que conceda al espectador una mínima esperanza? La respuesta, sorprendentemente, no es del todo negativa. Aunque Hu Bo no haya despistado con su deceso. No  es el morbo el componente principal de atracción del film.

A pesar de la cantidad de minutos que componen el metraje de la película su cantidad de planos es incluso a inferior a la de cualquier película promedio que dure la mitad que An elephant sitting still. El criterio para manejar el espacio y sus diferentes niveles de profundidad dentro del plano son inéditos para una ópera primera. An elephant prodiga numerosos momentos de maestría en la coordinación de estos elementos. Ante lo habitual de una película cuyo discurso es nihilista/pesimista la cámara se emancipa del plano fijo, de los movimientos lentos, de las composiciones clínicas y prolijas y/o cualquier enunciador visual que connote la “lúcida frialdad” del autor. Acá la cámara respira junto con los personajes. Atestigua sus miradas funestas, su vagabundeo fantasmal, relega los suicidios y la violencia al fuera de campo y complementa eso que los protagonistas no pueden ni quieren hacer por sus propios medios: insuflar a la película de una vitalidad cinética que compensa el fresco grisáceo de la China de Hu Bo. Los breves momentos musicales nos habla de la libertad y el elefante quieto y sentado al que van en busca los protagonistas también es un síntoma de salvación.

En el pesimismo del cineasta no hay demagogia y la prueba fehaciente fue su muerte. Pero aun a pesar de eso su obra póstuma deja una hendija luminosa, que muchos de los nihilistas europeos autoasumidos como objetores de conciencia jamás podrán construir. El mundo es una mierda, pero hay que confiar en el cine y en la naturaleza. El de Hu Bo es un alegato agridulce, pero matizado por una mirada desgarradoramente humana.