La última vanguardia (conocida)

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Probablemente el mote de “Arte punk” no haga honor al cúmulo de actividades artísticas que a finales de los ‘70, en en muchas ciudades del mundo, comenzó a florecer desde los tachos de basura. Pero por una cuestión de gustos personales (al fin y al cabo soy yo quien escribe este libelo) me parece que cuadra. Punk no significa otra cosa que “hágalo usted mismo”; aún cuando no sea bueno en lo que haga, anímese y hágalo. La virtuosidad y la excelencia no son los atributos más importantes, si están suman, pero lo trascendente es la actitud. Una actitud de desafío sin la ingenuidad de las décadas anteriores.

Entre la segunda mitad de la década del ‘70 y el comienzo de la década del ‘80 brilló la supernova creativa del punk mundial. Un renovado aire sacudió la modorra hippie, que ya llevaba varios años de un aburrido aburguesamiento. La subida del precio del petróleo auguraba una difícil situación económica. Parecía que la revolución sexual de los ‘60, ya no era una novedad y comenzaba a formar parte de la conducta socialmente aceptada. Sin embargo, la crisis económica auspició un giro hacia la derecha. Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Juan Pablo II serían los líderes de la reacción conservadora y puritana.

En ese escenario surgieron, desde diversas manifestaciones artísticas, un cúmulo de experiencias estéticas que, partiendo de lo que había a mano, lograron conformar un estilo único. Alejados de los academicismos, las experiencias (que ya empezaban a transformarse desde los happenings de los 60 hacia las performances actuales) involucraban al público; de hecho era imposible distinguir quién era quién. Una fuerte estética punk, un fuerte vínculo con la comunidad homosexual, un aire de libertad creativa, un espíritu reciclador y una fuerte deuda con las viejas vanguardias de la década del ‘20: el cóctel estaba servido.

El cabaret, los fanzines, el feminismo, los derechos de las minorías, las experimentaciones artísticas y también vitales, las drogas, la sociedad de consumo, el rock simple y directo, la desconfianza en los medios de comunicación masivos, en definitiva el Bricollage como método (al fin y al cabo la cultura es un bricollage, como diría Levi Strauss). Sótanos con colores de neopsicodelia flúo. Los Ramones sonando en la calle y por los parlantes, Blondie. Un remera pintada por Basquiat, una performance de John Sex y un “radiant baby” de Haring dibujado con tiza en la calle. La misma escena, con distintos protagonistas, se va a desarrollar en muchas ciudades del mundo.

Y es que las vanguardias siempre han sido globales. Pensemos en el siglo XIX y el Romanticismo. Hubo Romanticismo hasta en los lugares más recónditos del planeta (que, por cierto, era uno de sus temas preferidos). O en las vanguardias de la década del ‘20, que aparecían por aquí y por allá y luego trocaban el allá por el aquí y abrían las puertas de la percepción, invocando a Morfeo en todas sus manifestaciones. Las vanguardias siempre son multimedias, no tienen prejuicios técnicos ni metodológicos, usan lo que necesitan para expresarse, aún cuando ello dispare críticas y obstáculos. En el fondo, la vanguardia es siempre un lugar solitario.

El golpe de knock out vino de la mano del HIV. La enfermedad, con esa carga de prejuicio y desprecio, dispersó a las pandillas y se llevó a mucha gente. La sociedad estigmatizó a quien era portador: la enfermedad de maricones y drogadictos. Los conservadores del mundo vociferaron que era un castigo divino por el exceso de pecado. Cualquier similitud con la Edad Media, no era coincidencia. Lo cierto es que la tristeza se apoderó del final de la década del ‘80. Todos tuvimos conocidos, amigos o familiares que padecieron la enfermedad. Algunos sobrevivieron, otros no tuvieron la misma suerte.

Por fortuna nos queda la luz que irradió ese movimiento, que en su duración, fue efímero, pero de una potencia tal, que iluminó el camino por venir y que, como una supernova, dejó su luz flotando en el espacio.