#20Bafici: Robar a Rodin

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En el año 2005 ocurrió en Chile un hecho trascendental en la agenda pública artística. Una muestra sin precedentes en su país, que reunía varias esculturas del mítico escultor Auguste Rodin, sufrió el hurto de unos de sus ejemplares más importantes: el Torso de Adele. Aunque se dispararon todo tipo de conspiraciones, detrás de ese crimen no se escondía ninguna operación organizada internacional. Luis Onfray Fabres, un peculiar estudiante universitario que había concurrido a una muestra de un artista local en el Museo de Bellas Artes, sin premeditación se topó ante la tentadora posibilidad de apropiarse de la obra. Robar a Rodin, participante de la competencia latinoamericana, documenta este hecho que disipa varios interrogantes, tanto absurdos filosóficos como culturales, siempre matizados por un tono de humor entre cínico y grotesco que separa al film de ser una mera crónica documental del hecho.

Cristóbal Valenzuela Berríos reúne a todos los implicados (directa o lateralmente). Empleados de seguridad del museo, organizadores de la muestra, autoridades del Bellas Artes, el fiscal, la jueza, los abogados y demás participantes del proceso judicial, artistas o personalidades de la cultura chilena, el mismísimo Onfray Farbes, sus amigos, su médico, algunos franceses vinculados al arte o a Rodin, entre la multitud de personas que aportan con su voz. Todos brindan su testimonio a la manera de la clásica entrevista a cámara. Aunque construye casi la totalidad del relato, pero el viejo recurso de las cabezas parlantes no agota ni disminuye la atención.

Robar a Rodin está articulada mediante un ritmo correctamente administrado. Cristóbal Valenzuela Berríos, sus guionistas María Luisa Furché y Sebastián Rioseco y su montajista Juan Murillo logran confluir el “suspenso” policial e investigación periodística (apelando a material de archivo) con momentos cómicos, producto del grotesco de algunas situaciones y declaraciones, y con ciertas reflexiones ontológicas sobre el arte y sobre la identidad de la cultura chilena. También se da la libertad de escenificar ciertas situaciones hipotéticas, a lo Errol Morris, e incluir películas antiguas que ilustren, con la verborragia del cine de género, lo que revela un entrevistado. La incongruencia de algunos discursos que difieren en la narración de un hecho habilita el juego de poner en ficción la escena en sus diferentes interpretaciones. También cuenta con un trabajo sonoro interesante en el que la banda musical (a cargo de Jorge Cabargas) tiene una función preponderante en el tono de la escena, generando contrapuntos que sitúan a la película en los códigos de la comedia.

La pérdida trae de vuelta a la memoria algo que no está”  (o algo así) reza sobre el final un trabajo universitario de la autoría de Onray Farbes, la semana previa al acto que lo eternizaría en la historia. En el manotazo de ahogado del abogado por impugnar las sospechas que se cernían en su acusado acerca de alguna intención lucrativa lo termina por ubicar al joven como un artista. El robo fue su obra que consistía en devolverle al elemento, ante su ausencia, el valor que contenía.

Intencionalmente o no se desanda un conflicto enorme del que la película se hace cargo poniendo en discusión una dicotomía interesante para poder reflexionar. También la película busca hacerse cargo de la descendencia de Onfray Farbes, recurriendo a una explicación psiconoanalítica que bien podría haber evitado. Como consecuencia de su fechoría la exposición de Rodin fue récord de visitas en Chile por un solo motivo: todos querían ver el pedestal vacío. La huella de la obra ausente. Finalmente el acto delictivo fue un disparador involuntario de múltiples lecturas y Robar a Rodin las acoge a todas.

Próximas funciones:

20 de Abr – 20:50hs -Village Recoleta
22 de Abr – 16:15hs – Village Caballito