#20BAFICI: From where we’ve fallen

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En la Competencia Oficial Internacional del 20° BAFICI hay un operaprimista: el chino Wang Feifei, que debuta con From Where We’ve Fallen. En el título se enuncia el concepto de la caída, que es central en el entramado de la película. Existe una caída física, la de un suicida, que si bien no sucede al comienzo de la película, en el orden cronológico de la historia, sí es el acto detonante que precipita la serie de movimientos que componen el desarrollo del film. Es que aunque se trate de un director y guionista primerizo (quien, en la rueda de preguntas, confesó la influencia de Roberto Bolaño), Wang no tiembla ni cede ante la vía explicativa: From Where We’ve Fallen es un relato elíptico y enigmático, pero también pleno de sutilezas y decisiones formales que sustentan el misterio narrativo.

La caída física es solo el puntapié del descenso moral y ético de los personajes. En un principio, una pareja de amantes viaja en la ruta y se saltea el desvío que los llevaría a destino. Así, Sun y Sanqing terminan “cayendo” a otro lugar por equivocación y ahí es donde se encuentran a Hai Long, un viejo amigo de Sun, en pleno ascenso social y económico a causa de su oficio en la compra y venta de joyas. En una anécdota que refiere otro personaje más adelante se enuncia lo que se entrevé implícitamente en la ostentación de Hai long: el crecimiento de su bienestar es proporcional a la pérdida de escrúpulos, ergo, al descenso moral. Solo el personaje de Wang, un presunto comprador de las perlas que comercia Hai, pareciera estar indemne del dominó de las caídas, pero el director, previo al maravilloso encuentro en la playa (primera foto), frente a un vidrio empañado, devela su secreto: en verdad, Wang es un impostor y persigue otra intención ajena a las piedras preciosas (tercera foto).

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Wang desarticula la narración del relato, aboliendo la linealidad en pos de flashbacks que infunden un halo misterioso a la película. Las elipsis o saltos temporales no están subrayados explícitamente; el film no se encuentra dividido en capítulos ni fundidos a negro, ante lo cual, la sensación inmediata puede ser de confusión.  La inteligencia de Wang Feifei está en desarmar las piezas con la paciencia suficiente como para dejar que el espectador pueda unirlas en su cabeza. Colaboran ciertos anclajes temporales como los Juegos Olímpicos de Beijing 2008 (que, de acuerdo con la instancia narrativa, son presente o pasado) o el pasamanos de una pulsera de perlas, que después de caer en manos de Wang, termina atravesando a todos los personajes. El valor simbólico de esta pulsera vuelve ineludible la referencia a esa obra maestra que es Madame de… de Max Ôphuls, en donde, al igual que en este film, la pulsera misma se vuelve un McGuffin que desnuda la frivolidad de sus personajes.

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Tras una hermosa escena en la que una afligida Sanqing sonríe por primera vez en el film, ante la idea de poder surcar nadando el mar que divide la costa china de la japonesa, vemos a Wang (con menos pelo, sin barba ni gafas oscuras), que atestigua el suicidio de su vecino: el señor Lee, al que dicho siniestro le contaba, al principio del metraje, Haig Long a un Wang encubierto. El amorío que el difunto sostenía con la esposa de Wang -imposible no pensar en In the Mood for Love, no solo por los amantes cruzados, sino por la melancolía de los engañados- destapa el lado perverso de una red mafiosa que lleva a Wang hacia la búsqueda de venganza.

Wang Feifei se permite en este pasaje dar una descripción detallada del devenir del personaje de Wang, alienado por su doble labor: empleado en una pescadería inmunda y mulo del dueño de una fábrica. Por supuesto, el gran cineasta chino comprometido con  brindar una mirada política que analice la compleja sociedad del país de Mao es uno solo: Jia Zhang Ke. Se puede decir, salvando las distancias, que en su ópera prima, Wang Feifei exhibe lateralmente, como su compatriota, las depresiones –las caídas– de un sistema económico y social en descomposición. Quizás por eso será, como dijo Feifei, que en China la película no gustó mucho.

Al unísono con su propuesta narrativa, From Where We’ve Fallen se obsesiona con los planos detalles y los encuadres que relegan una parte o toda la acción dramática fuera del campo. A diferencia de Un toque de violencia, del citado Zhang Ke, que encuentra en la violencia la justificación estética de su mirada crítica, acá, los actos violentos se cuentan en el off. Así, el suicidio, un asesinato, la violencia de género, una violación o la brutal golpiza en un estacionamiento no son expuestos visualmente. Algo, sin embargo, tienen en común: en ambas obras, el minucioso mapa sociológico que se construye en torno a los personajes tiene como fin indagar acerca de la génesis de la violencia que los envuelve. Una lógica inversa, por ejemplo, a la complacencia que reviste a la agresión en Relatos salvajes.

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La abundancia de planos detalles de las joyas, la pulsera, un pájaro de juguete o el machete homicida, en línea con el maestro de este recurso–Takeshi Kitano–, son indicios  que aluden al personaje que en algún momento los poseyó Estos objetos son capaces de representar tanto a personas como a sucesos ocurridos fuera de campo, tal como el machete junto a la orilla, que sugiere el hecho consumado.

From Where We’ve Fallen es el auspicioso debut de Wang Feifei, quien persigue fines similares a los de algunos de sus compañeros de ruta del cine chino. La multiplicidad de personajes y sus tramas individuales –a lo Edward Yang– tiene como fin enarbolar un relato caleidoscópico –como se lee en la sinopsis de catálogo del BAFICI– que, bajo la apariencia de un thriller, esconde una mirada lúcidamente estética y política sobre la actualidad de su país.