#BAFICI: Luz

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Luz es la ópera prima del director alemán Tilman Singer —arribado a nuestro país gracias al apoyo del Instituto Goethe y German Films— y que está presente dentro de la programación del Bafici en la sección Vanguardia y Género.

Luz es una historia de terror clásico, de aquellas que pululaban en las salas de cine de la década del 80 y luego eran repetidas en cientos de televisores en formato VHS, películas con pocos actores y con poca exuberancia visual, algo inusual en los tiempos que corren. Porque si hay algo que tiene la película de Singer es que trajo a la memoria el encanto de esos films de fotografía granulosa —la película está filmada en 16 mm por Paul Faltz— que recorren ambientes cerrados como oficinas, salas de espera, departamentos de policía, bares vacíos o auditorios alfombrados. Una estética que nos retrotrae a los primeros films de David Cronenberg como Scanners (1981) o Videodrome (1983) en donde  los paisajes eran los espacios públicos siempre desiertos y la tensión estaba dada por espíritus malignos que invadían los cuerpos que comenzaban a comportarse de la manera más extraña y aterradora.

Luz Carrara (Luana Velis) es una chofer de taxi que llega en estado de shock a una estación de policía. Una estación amplia y totalmente vacía, con un aparatoso televisor encendido  y paredes ausentes de cuadros. No nos olvidemos la propuesta de Singer: la de  una época que se veneraba el minimalismo, una época en donde no existían los celulares y las gaseosas se vendían en artefactos que funcionaban con monedas. Luz se queda allí, enfrente a un policía que no la mira ni la registra. “¿Es esto lo que quieres de tu vida?”, le grita en un español algo forzado, un idioma que tendría que manejar a la perfección —podríamos creer que al estar dos años en Berlín se impuso la fonética germana— porque Luz es chilena y viene escapando de algo que todavía no sabemos bien qué es.

Nos vamos enterando de su vida pasada a medida que una amiga suya, Nora Vanderkut (Julia Riedler) le va contando a un psiquiatra los pormenores de una relación entre Luz y ella que viene desde un pasado oscuro. Allí vamos armando de a poco el rompecabezas. Luz y Nora se conocieron mientras estudiaban en un colegio católico de Chile. Al parecer hubo una especie de epidemia extraña, unos ritos demoníacos y un asesinato nunca esclarecido. Cuando religión y superstición se dieron la mano, el colegio fue cerrado. Coincidencias del destino mediante, las dos se separaron y se volvieron a encontrar en las calles de Alemania, Luz como conductora de un taxi, Nora como su pasajera. El encuentro casual entre la amiga de Luz y el psiquiatra en un bar, es un poco extraño y tomémoslo como una licencia del guión. Salvando estos huecos argumentales, todo va decantando hacia el encuentro final entre el doctor y Luz, que ahora está bajo la custodia policial de la agente Bertillón (Nadja Stübiger) que lo llama para que vaya a asistirla.

A partir de este momento, Singer nos propone sumergirnos de lleno a una atmósfera de pesadilla con claros elementos gore, tan utilizados en su momento por el director Sam Reimi. El ente —que al parecer viene siguiendo a Luz desde Chile—, va tomando posesión de diferentes cuerpos que se le van apareciendo en el camino solo para llegar hasta ella. Primero Nora, luego el Dr. Rossini y por último, Bertillón.

El director nos presenta un trabajo estético interesante —más allá de la historia en sí— que utiliza el recurso teatral más que la acción. El interrogatorio del psiquiatra —ahora poseído— que le hace a Luz es una gran pieza de movimientos y miradas que la actriz Luana Velis realiza de manera admirable. Por otro lado, la música de Simon Wakow crea un fondo de tensión constante a través de tambores y percusión que comienza en los primeros segundos del film y que acompaña en todos los momentos claves de la película.

Hay algunos puntos en donde Singer cae en lo absurdo, escenas que si bien parecieran estar puestas como elemento provocativo y transgresor, no aportan nada a la trama. Parecen ser recursos más efectistas que funcionales y lejos de parecer interesantes, hoy en día solo provocan el efecto contrario. Así y todo, se nota que Singer, con los pocos recursos disponibles, ha logrado una ópera prima que augura una carrera que habrá que seguir atentamente.

Y si hay algo que agradecerle es que trajo a la memoria ese cine de bajo presupuesto que habían hecho con tanta fidelidad al género directores como el citado Cronenberg, Mark Lester (Ojos de Fuego, 1984) o Sydney J. Fury (El Ente, 1982). Estilos que se fueron depurando, ya sea por los adelantos tecnológicos o por la avidez del público por historias más grandilocuentes, cuando el terror estaba en los espacios vacíos y modernosos, en los callejones de una tarde de verano o a la vuelta de la esquina. Entidades invisibles que acechaban a plena luz del día mientras por los auriculares de un walkman, las futuras víctimas escuchaban música new wave.

Funciones:

Jueves 19, 22.50, Village Caballito 7