Isak Dinesen, de Dinamarca a África

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Karen Blixen (1885-1962) fue una escritora danesa, conocida también como Isak Dinesen. En sus relatos se destacan los elementos sobrenaturales y en ocasiones eróticos. Su temática es una invitación a la liberación, en particular la de la mujer, cuya opresión repetidamente denunció en muchos de sus cuentos.

Bautizada Karen Christentze Dinesen, después del matrimonio con su primo el barón Bror Blixen-Finecke, cambió su apellido por Blixen. El cambio de nombres, que evidencia una crisis de identidad, va acompañado de extrañamiento lingüístico (escribió casi todas sus obras directamente en inglés, dejando que la secretaria las tradujese al danés), del extrañamiento temporal (casi todos sus cuentos están ambientados en el pasado) y del movimiento espacial (de su casa nórdica de Elsinore).

Blixen en 1914 marchó a Kenia con su marido a cultivar café, y allí se quedó tras su divorcio, hasta 1931. Para Blixen, África siempre representará siempre la libertad, los espacios abiertos, el contacto afectivo con seres de distintas razas y distintos géneros. Allí también comienza una relación con Denys Finch-Hatton, lo que inspiró la famosa película Memorias de África (1985), dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Robert Redford y Meryl Streep.

En 1931, vuelve a Europa y escribe Siete cuentos góticos. Los editores daneses e ingleses rechazan el manuscrito, entonces lo envía a Estados Unidos, firmándolo con un seudónimo masculino: así nace Isak Dinesen.

En 1937 aparece La granja africana (Den afrikanske farm); y en 1942, Cuentos de invierno, que consagraron definitivamente la fama de Karen Blixen. Siguieron una novela policial, Vengadores angelicales (1947), Últimos cuentos, de 1957, Anécdotas del destino (1958) y la autobiografía Sombras en la hierba (1960). Póstumamente apareció su novela corta Ehrengard (1963), ambigua historia de seducción a lo femenino en la que la autora experimentó la posibilidad de “transfundir” en el arte de escribir las artes hermanas de la música y la pintura, y los relatos que integran su libro Carnaval (1977).

“El festín de Babette” (fragmento)

I. Dos damas de Berlevaag

En Noruega hay un fiordo –o brazo de mar largo y estrecho entre altas montañas- llamado de Berlevaag.  Al pie de las montañas, el pequeño pueblecito de Berlevaag parece de juguete, una construcción de pequeños tacos de madera pintados de gris, amarillo, rosa y muchos otros colores.

Hace sesenta y cinco años, vivían dos damas en una de las casas amarillas. En aquel entonces, las señoras llevaban polisón, y estas dos hermanas podían haberlo llevado con tanta gracia como cualquier otra, ya que eran altas y esbeltas.  Pero jamás poseyeron ningún artículo de moda; toda la vida vistieron solemnemente de gris o de negro. Fueron bautizadas Martine y Philippa por Martín Lutero y Philip Melanchton. El padre había sido deán y profeta, fundador de un piadoso grupo o secta religiosa que fue conocida y considerada en todo el país de Noruega. Sus miembros renunciaban a los placeres de este mundo, ya que para ellos la tierra y cuanto contenía no eran sino una especie de ilusión, mientras que la verdadera realidad estaba en la Nueva Jerusalén, por la que suspiraban. No juraban en absoluto, sino que su comunicación era sí sí y no no, y se trataban entre ellos de Hermanos y Hermanas.

El deán se había casado tardíamente y había muerto ya. De año en año, sus discípulos se volvían más escasos, más canosos o calvos, y más duros de oído; incluso se volvían algo quejumbrosos y enojadizos, de modo que llegaban a producirse pequeños cismas en la congregación. Pero aún seguían reuniéndose para leer e interpretar la palabra divina. Todos conocían a las hijas del deán desde pequeñas; incluso ahora seguían siendo muy pequeñas para ellos, y queridas a causa del padre. Notaban que, en la casa amarilla, el espíritu del Maestro estaba con ellos; aquí se sentían a gusto y en paz.

Estas dos damas tenían una criada francesa, Babette. Resultaba extraño, en un par de puritanas de un pueblecito noruego; el hecho parecía incluso requerir una explicación. La gente de Berlevaag encontraba esa explicación en la piedad y bondad de corazón de las hermanas. Porque las hijas del viejo deán consagraban su tiempo y sus pequeños ingresos a las obras de caridad; ningún ser afligido o desventurado llamaba en vano a su puerta. Y Babette había llegado a esa puerta hacía doce años, fugitiva y sin amigos, y casi loca de aflicción.

Pero la verdadera razón de la presencia de Babette en la casa de las dos hermanas hay que buscarla más atrás en el tiempo, y más profundamente en el dominio de los corazones humanos.

II. El amor de Martine

De jóvenes, Martine y Philippa habían sido extraordinariamente bonitas, con esa belleza casi sobrenatural de los frutales en flor o de las nieves perpetuas. Jamás se las vio en bailes y fiestas; pero la gente se volvía a mirarlas cuando pasaban por la calle, y los chicos de Berlevaag iban a la iglesia a verlas deambular por la nave. La más joven tenía también una voz preciosa con la que, los domingos, llenaba la iglesia de dulzura. Para la congregación del deán, el amor terreno y con él el matrimonio, era asunto trivial, mera ilusión; sin embargo, es posible que más de uno de aquellos Hermanos mayores apreciase a las jóvenes hermanas mucho más que a los rubíes, y se lo hubiese sugerido así a su padre. Pero el deán había declarado que en lo que atañía a su vocación, sus hijas eran para él como la mano derecha y la mano izquierda. ¿Quién querría privarle de ellas? Y así, las preciosas jóvenes fueron educadas en un ideal de amor celestial; estaban totalmente imbuidas de él, y no se dejaban rozar por las llamas de este mundo.

Sin embargo, turbaron el corazón de dos caballeros que pertenecían al mundo exterior de Berlevaag.

Uno de ellos fue un joven oficial llamado Lorens Loewenhielm, que había llevado una vida alegre en la ciudad de su guarnición y había contraído deudas. En 1854, cuando Martine contaba dieciocho años y Philippa diecisiete, el irritado padre de este joven mandó a su hijo a pasar un mes con su tía, en una vieja casa de campo de Fossum, próxima a Bervlevaag, a fines de que tuviese tiempo para meditar y mejorar sus costumbres. Un día cogió el caballo, fue al pueblo, y vio a Martine en la plaza del mercado. Bajó la mirada hacia la preciosa joven; y ella alzó los ojos hacia el apuesto jinete. Martine acabó de cruzar; y cuando hubo desaparecido, el joven Loewenhielm no supo si creer a sus propios ojos.

Existía una leyenda en la familia Loewenhielm según la cual, hacía mucho tiempo, un caballero de este apellido se había casado con una Huldre, espíritu femenino de las montañas de Noruega, tan hermoso, que el aire de su alrededor tiembla y resplandece. Desde entonces, los miembros de la familia tenían de cuando en cuando destellos de clarividencia. Hasta ahora, el joven Lorens no había notado ningún don espiritual particular en su propia naturaleza. Pero en este momento surgió ante sus ojos la visión súbita y poderosa de una vida más pura y superior, sin acreedores, cartas de apremio ni sermones paternos, sin secretos y desagradables remordimientos de conciencia, y con un ángel dulce y de cabellos dorados que le guiara y recompensase.

Por medio de su piadosa tía consiguió ser recibido en casa del deán, y vio que, sin la cofia, Martine era más bella todavía. Siguió su esbelta figura con ojos adoradores, pero detestó y despreció la impresión que él mismo causaba en la proximidad de ella. Se sentía asombrado y estupefacto al comprobar no era capaz de encontrar nada en absoluto que decir, ni inspiración alguna en el vaso de agua que tenía ante sí. “La Verdad y la Misericordia, queridos hermanos, se han abrazado” dijo el deán. “La Rectitud y la Bienaventuranza se han besado.” Y el joven pensó en el momento en que él y Martine podrían abrazarse y besarse. Repitió su visita una y otra vez, y en cada una de ellas le parecía que se iba haciendo más pequeño, insignificante y despreciable.

Cuando por la noche regresaba a casa de su tía, arrojaba sus brillantes botas de montar, de una patada, al  fondo de la habitación, apoyaba la cabeza sobre la mesa y lloraba.

El último día de su estancia hizo un último intento de confesarle a Martine sus sentimientos. Hasta entonces, le había sido fácil decirle a una bella que la amaba; pero ahora se le pegaban las tiernas palabras en la garganta cuando miraba el rostro de la joven. Tras despedirse de los demás, Martine le acompañó a la puerta con una vela en la mano. La luz brillaba en la boca de ella y proyectaba hacia arriba la sobra de sus largas pestañas. Estaba a punto de dejarla, preso de muda desesperación, cuando le acogió la mano, en el umbral, y se la llevó a los labios.

-¡Me voy para siempre! –exclamó-. ¡Nunca más la volveré a ver! ¡Pues aquí he aprendido que el Destino es riguroso, y que en este mundo hay cosas que son imposibles!

Cuando estuvo de nuevo en el pueblo de su guarnición, consideró concluida su aventura, y comprobó que no le gustaba pensar en ella. Mientras los jóvenes oficiales hablaban de sus lances amorosos, él guardaba silencio sobre el suyo. Porque, contemplada desde la sala de oficiales, y a través de los ojos de éstos, por así decir, la aventura era lastimosa. ¿Cómo es posible que un teniente de húsares se hubiese dejado derrotar por un puñado de sectarios descontentos encerrados en una habitación sin alfombras de la casa de un viejo deán?

Y entonces sintió miedo; el pánico se apoderó de él. ¿Era la locura familiar, que aún prolongaba en él el sueño de una joven tan hermosa que hacía que el aire de su alrededor resplandeciese de pureza y de santidad? No quería ser un soñador; quería ser como sus camaradas oficiales.

Así que procuró serenarse, y con el esfuerzo más grande que había hecho en su joven vida, decidió olvidar lo que le había acontecido en Berlevaag. En lo sucesivo, decidió, miraría hacia delante, no hacia atrás. Se concentraría en su carrera, y quizá llegara el día en que causase una espléndida impresión en un mundo brillante.

Su madre se sintió gratamente sorprendida ante los resultados de su estancia en Fossu, y escribió a la tía expresándole su agradecimiento. No sabía por qué extraños y sinuosos caminos había alcanzado su hijo su concepto moral de la felicidad.

El joven y ambicioso oficial llamó muy pronto la atención de sus superiores e hizo progresos extraordinariamente rápidos. Fue enviado a Francia y a Rusia; y a su regreso se casó con una dama de honor de la reina Sophia. Se desenvolvía con gracia y donaire en estos círculos elevados, contento con su ambiente y consigo mismo. Y en el transcurso del tiempo sacó provecho incluso de las palabras y comentarios de casa del deán que se le habían quedado en la memoria, ya que la devoción estaba ahora de moda en la corte.

En la casa amarilla de Berlevaag, Philippa sacaba a relucir el tema del joven apuesto y callado que tan súbitamente había hecho su aparición y tan súbitamente había vuelto a desaparecer. La hermana mayor le contestaba entonces dulcemente, con semblante sosegado y sereno, y encontraba otras cosas de qué hablar.