#20BAFICI: La Flor

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“Esta película es así. Son seis historias. Hay cuatro que empiezan y no terminan, terminan en la mitad. Son cuatro comienzos. Después hay una que empieza y termina y después hay otra que empieza en la mitad y termina todo el film. La película se llama La Flor y las seis historias no tienen otra conexión entre sí que sus cuatro actrices que trabajan en todas las historias haciendo personajes diferentes. Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa. La película está hecha con ellas y en algún punto es sobre ellas”.

De esta manera Mariano Llinás explica, al comienzo de la película y escribiendo en una libreta, de que se trata este proyecto tan ambicioso y desmesurado. Desmesurado en cuanto a la duración de la obra —catorce horas—, ambicioso porque cada una de esas seis historias es un merecido homenaje y una hermosa reivindicación a un género narrativo distinto; esos géneros llamados “menores” que tanto disfrutamos desde que el cine es cine.

Hacer una breve reseña de esta obra monumental es casi imposible. Para abarcar las innumerables capas de significado que tienen cada una de las historias tendríamos que escribir un ensayo de varios capítulos, en donde cada capítulo sería el de una historia diferente que a su vez aborda un género narrativo distinto y en donde cada uno de estos géneros se destacan por contar con recursos estilísticos y cinematográficos propios que hacen de La Flor una obra inabarcable.

Mariano Llinás viene filmando esta película desde hace diez años, con las mismas actrices principales que nombra al comienzo. Cuatro actrices que conforman Piel de Lava, una compañía teatral en donde ellas escriben, actúan y dirigen sus propias obras de teatro como Museo, Tren, Colores verdaderos y Neblina que, dicho sea de paso, fueron recopiladas en libro por Editorial Entropía en el 2015.

Un sólido y verdadero equipo de trabajo entre Piel de Lava y Pampero Cine —productora de Mariano Llinás— que fueron creciendo —artística, técnica y cronológicamente— con La Flor, una especie de segunda piel que llevaron puesta durante una década y que también fue creciendo y mutando con ellos desde el 2008. La película de Mariano Llinás marca un hito en el Bafici, una gema extraña, inusual y altamente provocadora. Por varios motivos: por la duración —catorce horas divididas en tres partes, intervalos mediante, en tres días consecutivos—, por la apuesta al cine de género, por su arriesgada apuesta a un público habituado a la velocidad de los tiempos que corren, en donde todo es fagocitado por la novedad siguiente y por la honrosa manera de transmitir cine en estado puro sin dejar de lado lo experimental como sucede en el último capítulo.

Porque Llinás ama al cine y eso se nota, no solo porque homenajea todo el tiempo al cine de clase B de Roger Corman, al cine de espías de la época de la Guerra Fría, al cine de terror de Vincent Price, al de ciencia ficción, al cine mudo, al de humor, a la nouvelle vague de Truffaut o Godard, al cine desangelado de Bergman, al documental o el musical romántico, al de las baladas almibaradas de dúos como Pimpinela, al de Tarantino y su trama que se va armando desde el fin —todos presentes en La Flor—, sino que lo hace a su estilo, con herramientas propias que dejan un sello inconfundible en su manera de hacerlo. Por eso apuesta a técnicas cinematográficas ingeniosas como las eternas tomas fuera de foco —propuesta estética valiente y arriesgada—; al sonido ambiental atiborrado de pájaros, perros ladrando y sonido del viento que no elimina en el proceso de edición sino que lo deja como parte de la banda sonora, acentuándolo de tal manera que creemos estar al aire libre durante buena parte de los capítulos que se van deshojando como una margarita; a dejar cuatro de sus historias sin conclusión —para él no es importante el fin sino el medio— o a su aparición en mitad de la proyección de la segunda parte con el solo propósito de mirarnos desde la pantalla y decirnos: “Bueno, acá estamos”. Nadie podría no sentirse interpelado y emocionado por su mirada cómplice en esa especie de comunión que se creó un día antes, seis horas antes, entre él y nosotros.

Acto seguido al mirar su reloj pulsera y decirnos “faltan cuatro horas para que termine esta segunda parte, suerte”, dinamita el tiempo provocando la paradoja que parece indicarnos que tanto él como nosotros estamos en el mismo sitio y a la misma hora. Y se viene la segunda parte de la segunda parte en donde comienzan las historias de cuatro espías que nos entusiasma, nos emociona, nos perturba y nos deja pensando, porque cada una de ellas —a través de una omnipresente voz en off—nos va llevando de las narices por el romance, por la tragedia, por el existencialismo y por la parodia. Y nos deslumbramos por el blanco y negro, por el fundido de escenas de ciudades como París con las pinturas de Monet, con los primerísimos y fotogénicos planos de las cuatro actrices que a esta altura ya son como amigas nuestras, con sus diálogos en francés que ocupan casi toda la segunda parte, con el ruso, el inglés y el alemán que también aparecen como elementos necesarios a la trama, con escenarios desérticos como la pampa, selváticos como la de Centroamérica, lluviosos como los suburbios parisinos, caóticos y siniestros como la Berlín antes de la caída del muro, siniestros como los bosques de Canadá o prolijos como los ingleses. Porque todo esto encierra dentro de sus pétalos La Flor. Un mundo que, como dice Llinás, empieza pero no termina, y eso no es lo importante, porque las historias de los cuatro personajes van a seguir presentes en nuestra memoria aún cuando dejemos la comodidad de las butacas y la oscuridad del cine.

Cuatro excelentes actrices que son la materia prima con que Llinás moldea todo su universo cinéfilo. Por eso encarnan diferentes personajes. Espías soviéticas, oficiales de la policía montada de Canadá, científicas del Conicet, cantantes melódicas, indias y cautivas, curanderas y poseídas entre otras, porque La Flor es un desborde de cine en su faceta más lúdica, la de jugar para crear. Y todos se sienten cómodos en ese juego que dura catorce horas. Ellos —su director y sus actrices— y nosotros. Por eso, cuando finaliza la película, lo vemos festejando y abrazándose, dados vuelta —efecto de la cámara en donde todo se ve al revés— adivinando que de alguna manera lo que hicieron fue dar vuelta el concepto de mirar cine. Con tiempo, con ganas, con el raro concepto de que de ahora en más, cualquier película nos va a parecer corta, y si hay un mérito que indicar —entre tantos— es que en ningún momento cansa, en ningún momento sobra algo, en ningún momento dan ganas de irse porque esa es una de los preceptos del buen cine: hacer magia, suspenderse en tiempo y espacio y entrar a jugar su juego. Llinás en un momento parece salirse de la pantalla como el personaje de La Rosa Púrpura del Cairo, pero después somos nosotros los que nos sumergimos en ella, para interactuar con un elenco que descolla en actuaciones memorables y en diálogos totalmente creíbles. No podemos más que extrañarlos porque si lo que quiso hacer Llinás es un homenaje al cine en su conjunto, también fue capaz de provocar una especie de cofradía en el que todos estuvimos pendientes de su fecunda imaginación durante tres días seguidos, es decir catorce horas de puro placer, emoción y, por qué no, devoción.

Dijo el gran filósofo francés Gilles Deleuze: el problema de la hoja en blanco no es la ausencia de algo sino la presencia de todo. Llinás quiso solucionar ese problema al poner sobre la pantalla en blanco la presencia de todo. Y todo es eso: todo.

Funciones:
Parte 1: Martes 17, 13.30 Village Recoleta 8; Viernes 20, 21.00, Village Caballito 7
Parte 2: Miércoles 18, 18.30, Village Recoleta 6; Sábado 21, 14.00, Village Caballito 7
Parte 3: Jueves 19, 14.40, Village Recoleta 6; Domingo 22, 18.40, Village Caballito 7