Los manifiestos vanguardistas

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Las vanguardias estuvieron conformadas por una serie de movimientos –también llamados -ismos– que se desarrollaron a principios del siglo XX. La mayoría de ellos abarcaron diferentes artes, pero sus características se pueden observar muy bien en la literatura y en la pintura, especialmente.

La Revolución Rusa  (1917); la Primera Guerra Mundial (1914-1918); la crisis social y económica que vivió Europa, pero también América; la aparición de numerosos inventos o avances tecnológicos como el automóvil, el avión, el cinematógrafo, el gramófono, entre otros; la irrupción de Sigmund Freud y sus aportes sobre el inconsciente; todo vino a crear un contexto favorable al surgimiento de las vanguardias. Estas proponen un enfrentamiento con los valores anteriores, con la manera de considerar el arte, con las formas de expresión tradicionales. Si el mundo está en crisis, el arte debe reflejar esa crisis, barajar y dar de nuevo para crear un modo de expresión acorde a los tiempos que corren.

Impresionismo, Expresionismo, Dadaísmo, Cubismo, Surrealismo, Ultraísmo, Futurismo, por mencionar algunos, imponen sus estéticas con mayor o menor suerte. Algunos de estos movimientos nos dejaron grandes obras de arte o excelentes textos literarios; otros no tanto, pero lo importante es que plantearon el debate acerca de los recursos, las técnicas, el valor del hecho artístico; reflexionaron sobre la libertad en el arte, sobre la subjetividad; pusieron en tela de juicio las normas.

En síntesis, las vanguardias se sustentan en una problematización de la realidad tal como era concebida hasta entonces. Lo más curioso, además, es que representan los últimos movimientos de alcance mundial. A partir de entonces, el arte en general se atomizó, pero la impronta de aquellos movimientos continuó en dos conceptos que siguen vigentes la libertad y la experimentación.

Recordamos algunos fragmentos de manifiestos vanguardistas, textos que postularon los principios fundamentales de cada uno de los -ismos, muchos de los cuales valen estéticamente por sí mismos más allá de la duración del movimiento al cual hacen referencia.

Manifiesto futurista, Filippo Tommaso Marinetti (1909)

(…) Nosotros cantaremos a las grandes masas agitadas por el trabajo, por el placer o por la revuelta: cantaremos a las marchas multicolores y polifónicas de las revoluciones en las capitales modernas, cantaremos al vibrante fervor nocturno de las minas y de las canteras, incendiados por violentas lunas eléctricas; a las estaciones ávidas, devoradoras de serpientes que humean; a las fábricas suspendidas de las nubes por los retorcidos hilos de sus humos; a los puentes semejantes a gimnastas gigantes que husmean el horizonte, y a las locomotoras de pecho amplio, que patalean sobre los rieles, como enormes caballos de acero embridados con tubos, y al vuelo resbaloso de los aeroplanos, cuya hélice flamea al viento como una bandera y parece aplaudir sobre una masa entusiasta. Es desde Italia que lanzamos al mundo este nuestro manifiesto de violencia arrolladora e incendiaria con el cual fundamos hoy el FUTURISMO porque queremos liberar a este país de su fétida gangrena de profesores, de arqueólogos, de cicerones y de anticuarios. Ya por demasiado tiempo Italia ha sido un mercado de ropavejeros. Nosotros queremos liberarla de los innumerables museos que la cubren por completo de cementerios.

Manifiesto cubista, Guillaume Apollinaire (1913)

(…) La verosimilitud no tiene ya ningún valor, porque el artista lo sacrifica todo a la verdad, a la necesidad de una naturaleza superior que el imagina sin descubrirla.

El tema ya no cuenta, o apenas cuenta. En general, el arte moderno rechaza la mayor parte de los medios empleados por los grandes artistas pasados para agradar.

Si el fin de la pintura es siempre, como lo fue en un tiempo, el placer de la vista, ahora se pide al amante del arte que encuentre un placer diverso del que le puede procurar, igualmente bien, el espectáculo de las cosas naturales.

Nos encaminamos así hacia un arte completamente nuevo que será para la pintura, tal como fue considerada hasta ahora, lo que la música es para la literatura.

Será pintura pura, como la música es literatura pura.

El aficionado a la música experimenta, al escuchar un concierto, una alegría distinta de cuando escucha los ruidos naturales, como el murmullo de un arroyuelo, el mugido de un torrente, el silbido del viento en el bosque o las armonías del lenguaje humano fundadas en la razón y no en la estética.

Del mismo modo, los pintores nuevos procuraran a sus admiradores sensaciones artísticas debidas únicamente a la armonía de las luces contrastantes.

Primer manifiesto dadaísta, Tristan Tzara (1918)

(…) Yo escribo un manifiesto y no quiero nada y, sin embargo, digo algunas cosas y por principio estoy contra los manifiestos, como, por lo demás, también estoy contra los principios, decilitros para medir el valor moral de cada frase. Demasiado cómodo: la aproximación fue inventada por los impresionistas. Escribo este manifiesto para demostrar cómo se pueden llevar a cabo al mismo tiempo las acciones más contradictorias con un único y fresco aliento; estoy contra la acción y a favor de la contradicción continua, pero también estoy por la afirmación. No estoy ni por el pro ni por el contra y no quiero explicar a nadie por qué odio el sentido común. (…)

DADÁ no significa nada. (…) Así nació DADÁ, de una necesidad de independencia, de desconfianza hacía la comunidad. Los que están con nosotros conservan su libertad. No reconocemos ninguna teoría. Basta de academias cubistas y futuristas, laboratorios de ideas formales. ¿Sirve el arte para amontonar dinero y acariciar a los gentiles burgueses? Las rimas acuerdan su tintineo con las monedas y la musicalidad resbala a lo largo de la línea del vientre visto de perfil. Todos los grupos de artistas han ido a parar a este banco a pesar de cabalgar distintos cometas. Se trata de una puerta abierta a las posibilidades de revolcarse entre muelles almohadones y una buena mesa.

Manifiesto ultraísta, Jorge Luis Borges (1921)

(…) enunciaré las intenciones de mis esfuerzos líricos.

Yo busco en ellos la sensación en sí, y no la descripción de las premisas espaciales o temporales que la rodean. Siempre ha sido costumbre de los poetas ejecutar una reversión del proceso emotivo que se había operado en su conciencia; es decir, volver de la emoción a la sensación, y de esta a los agentes que la causaron. Yo –y nótese bien que hablo de intentos y no de realizaciones colmadas– anhelo un arte que traduzca la emoción desnuda, depurada de los adicionales datos que la preceden. Un arte que rehúye lo dérmico, lo metafísico y los últimos planos egocéntricos o mordaces.

Para esto –como para toda poesía– hay dos imprescindibles medios: el ritmo y la metáfora. El elemento acústico y el elemento luminoso.

El ritmo: no encarcelado en los pentagramas de la métrica, sino ondulante, suelto, redimido, bruscamente truncado.

La metáfora: esa curva verbal que traza casi siempre entre dos puntos –espirituales– el camino más breve.

Primer manifiesto surrealista, André Breton (1924)

(…) Amada imaginación, lo que más amo en ti es que jamás perdonas.

Únicamente la palabra libertad tiene el poder de exaltarme. Me parece justo y bueno mantener indefinidamente este viejo fanatismo humano. Sin duda alguna, se basa en mi única aspiración legítima. Pese a tantas y tantas desgracias como hemos heredado, es preciso reconocer que se nos ha legado una libertad espiritual suma. A nosotros corresponde utilizarla sabiamente. Reducir la imaginación a la esclavitud, cuando a pesar de todo quedara esclavizada en virtud de aquello que con grosero criterio se denomina facilidad, es despojar a cuanto uno encuentra en lo más hondo de sí mismo del derecho a la suprema justicia. Tan sólo la imaginación me permite llegar a saber lo que puede llegar a ser, y esto basta para mitigar un poco su terrible condena; y esto basta también para que me abandone a ella, sin miedo al engaño. ¿En qué punto comienza la imaginación a ser perniciosa y en qué punto deja de existir la seguridad del espíritu? ¿Para el espíritu, acaso la posibilidad de errar no es sino una contingencia del bien? (…)

Surrealismo: sustantivo masculino. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.

Portada: pintura de Ernst Kirchner