“La Verdad es una construcción”, Laura Loredo Rubio

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Afuera piedras cuenta una historia que reflexiona sobre el poder y la noción de verdad a partir de un relato que se ofrece como “thriller político”.  La obra explora, además, el tema de la narración, el de los diversos modos de presentar un hecho con relación a esa verdad de la que se quiere convencer.

Entrevistamos a Laura Loredo Rubio, actriz, dramaturga, docente y licenciada en Artes (UBA) que nos habla de la obra, pero también de todo el proceso de creación y de las lecturas que la nutrieron.

La obra se presenta como thriller político, ¿de qué manera se da esa conjunción en tu obra?

Afuera piedras es un thriller político porque la historia gira en torno al violento asesinato  de una familia en un pueblo; no se sabe quién fue, y se busca y necesita un culpable para calmar tensiones y disturbios. Hay intriga y miedo. El afuera aparece de forma amenazante porque el pueblo reclama justicia y está dispuesto a linchar a su intendente, Fanny Méndez. Pero el adentro también es peligroso. Fanny Méndez y su secretaria buscan un falso culpable a quien responsabilizar por los crímenes y lo encuentran en Víctor, un inocente electricista que trabajó para la familia unos días antes. Sin embargo, a medida que la obra transcurre todos empiezan a desconfiar de todos: no se sabe a ciencia cierta quién es culpable y quién inocente, y cuál es el límite entre la verdad y la mentira. ¿Hay Verdad cuando se busca un chivo expiatorio que pague por la culpa de otrxs? ¿Hay Justicia cuando todo se decide entre cuatro paredes?

Otra relación con la política fue totalmente casual. Ensayamos esta obra hace dos años, y transcurre en Plaza Huincul, pueblo de la provincia de Neuquén porque es la ciudad donde nació mi mamá; de hecho, algunas de las frases que se dicen en la obra son palabras de ella. Los personajes, por ejemplo, afirman: “Cuando llegó mi papá, no había nada, puro desierto, bueno, solo la YPF y los mapuches”. El año pasado estrenamos, y hacía un mes había desaparecido Santiago Maldonado. La relación con lo real y lo político nos atravesó y modificó por completo el significado de la obra. Sin quererlo, dialogamos con el contexto político argentino. Eso es una muestra de que el arte muchas veces se adelanta y ve más allá. En este caso, lamentablemente, es muy doloroso.

¿Cómo se originó la idea de escribirla y después llevarla a escena?

La obra surgió luego de un año de experimentación e improvisación con los actores. En un principio, el equipo estaba formado por dos actrices y yo. Nos juntamos un día y las tres coincidimos en las ganas de “hacer algo”. Realizamos, entonces, el famoso brainstorming o lluvia de ideas (nuestro grupo, de hecho, y a modo de homenaje y chiste se llama Braian ES Torming). De mi parte, yo estaba empapada por la reciente lectura de Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo; Homo sacer III, de Giorgo Agamben. Allí se habla de  la posibilidad, o no, de brindar un testimonio fidedigno cuando quienes protagonizaron los hechos que se relatan, y podrían dar todos los detalles, no están. Literalmente no están. Es muy complejo resumirlo, y además aborda otras cuestiones que son interesantes; recomiendo mucho su lectura. Por otro lado, recordé una película que había visto años atrás: Rashomon, de Akira Kurosawa, film en el que un crimen es contado cuatro veces pero desde diferentes puntos de vista, y en cada una de esas oportunidades cambia totalmente el acontecimiento. De estas dos primeras influencias, extraje los siguientes tópicos: me interesaba cuestionar la objetividad de una historia, atentar contra el realismo como género teatral “clasemediero”, y jugar con la forma de narrar. En síntesis, no deseaba que la obra simplemente “trate sobre”, que sea una historia y punto.  Eso lo supe desde un comienzo.  La forma de cristalizar estos tres tópicos fue probando diversos modos de actuación, más o menos alejados del realismo, y desfragmentando el relato, narrando la historia en orden no cronológico.  Afuera piedras apuesta a un espectador activo y cocreador del espectáculo. El que la narración suceda en orden no cronológico implica que el público debe estar atento a los signos del relato para poder asirlo. De cualquier manera, el objetivo, tanto de la dramaturgia y dirección como de las disciplinas colaboradoras, es contribuir a la mayor compresión posible, y eso está logrado. Otros diálogos que establece la obra son con la danza (trabajamos con un coreógrafo), la crónica periodística, y la política.

A los pocos meses de ensayar con las actrices, tuvimos la necesidad de sumar un tercer personaje, masculino, y llamamos a Zoilo Garcés. Ensayamos y experimentamos los cuatro un tiempo más, y luego escribí el texto final a partir de ese proceso. Una vez que el texto estuvo listo, se memorizó y ensayó, cambiando cosas cuando fue necesario, pero ya con el objetivo del estreno. La obra final, de todos modos, hubiese sido imposible de conseguir sin ese primer momento de prueba y error.

Tu obra trata, entre otros temas, el de la construcción de la verdad, ¿cómo se da esa construcción en el teatro, más allá de esta obra?

La Verdad no existe, es una creación del Poder. Hay hechos que suceden, una familia es asesinada, por ejemplo. Ahora, las conclusiones que se extraigan de ello son eso, conclusiones, interpretaciones. En la política es muy visible cómo una noticia puede ser totalmente diferente según quién la cuente. Basta abrir los diarios, con lo cual, pretender que el teatro muestre “una verdad” es totalmente absurdo. El teatro es una disciplina artística convencional y que ha mutado a lo largo de la historia. Las convenciones del teatro realista burgués no son las mismas que las del teatro griego, ni las del teatro español del Siglo de oro o las del isabelino. Más que intentar forzar al teatro, intentando que refleje una Verdad que no existe, me parece mejor denunciar eso, resaltar que la Verdad es una construcción.

Si bien todo teatro es metafórico, ¿en qué sentido los diferentes ensayos de la protagonista hacen referencia a la creación teatral?

Para poder culpar a Víctor, el chivo expiatorio de la obra, la intendente ensaya un discurso una y otra vez. Ello no se distancia de la labor de un actor. Lo metateatral, de esta forma, se asienta y genera interrogantes en torno a dónde está el límite entre la ficción y la realidad. Por otro lado, son los tres personajes quienes están decidiendo, entre cuatro paredes, un veredicto sobre los crímenes.  Encontrar a un culpable dejará al pueblo más tranquilo, eso lo sabe Fanny Méndez y es lo que le importa.  A la intendente parece preocuparle más su permanencia en el cargo que la Justicia por los crímenes cometidos. Es todo una farsa, montan una ficción.  Eso es algo que se ve en la política contemporánea continuamente.

Tenés una formación que une diferentes disciplinas, ¿en el caso de esta obra, cómo se hace presente esa formación, más allá de lo relacionado con el teatro específicamente?

Como comentaba antes, dos de las influencias que tiene esta obra son filosóficas y cinematográficas. Accedí a ellas gracias a ser Licenciada en Artes porque fueron cosas que leí y vi para la carrera. Estudiar en la UBA me da, en un principio, un gran bagaje del cual extraer ideas. Me permite, además, reflexionar tanto sobre mi práctica teatral como la de mis contemporáneos. Y eso me parece muy importante en el artista, ser siempre crítico y reflexivo. De los docentes con quienes estudié actuación, también aprendí mucho y lo llevo a escena. Durante cuatro años tomé clases con Matías Feldman y Santiago Gobernori, personas a las cuales quiero, admiro, y con las que trabajé. Ser actriz fue clave para dirigir esta obra, pensar qué me gustaría actuar a mí al momento de hacerles una marcación a los actores, o pensar qué me gustaría ver como espectadora.

Teatro Anfitrión: Venezuela 3340, CABA; Funciones: sábados a las 21 h