Bueno, regular, malo, y… Edha

0
0

Desde que el pasado 9 de marzo Edha llegó a la pantalla del mayor proveedor de contenidos streaming del mundo, las malas críticas no tardaron en aparecer. No sólo en los medios especializados; en las redes los comentarios adversos se sumaron a los de la crítica. No sólo se cuestionó la calidad del guión y de las actuaciones, sino que además se hizo evidente el paso en falso que significó que éste fuera el primer producto argentino para Netflix. La decepción era doble.

Cuesta imaginar los pormenores que llevaron a tamaño dislate artístico. Más aún cuando su máximo responsable es Daniel Burman, un realizador con amplia experiencia, reconocido en el país y programado y premiado en todo el mundo. Además de Burman (director de Esperando al mesías, Dos hermanos, El misterio de la felicidad, El rey del Once, entre otras), Edha cuenta con un grupo de guionistas entre los que se encuentra el también experimentado Fernando Castets (responsable de los guiones de las primeras películas de Juan José Campanella), y su factura técnica deja bien claro que aquí recursos no faltaron. La historia de una exitosa diseñadora asediada por los fantasmas del pasado, blanco de una venganza vinculada a la muerte de los trabajadores de un taller clandestino y enamorada de quien, se supone, intenta que pague por su responsabilidad, prometía mucho más de lo que efectivamente hay.

Pero más allá del dinero invertido (central para una serie que aspira a tener una proyección internacional) Edha suma muchas fallas. A saber: un protagónico desencantado a cargo de Juanita Viale (quien nunca se destacó por sus dotes interpretativas, pero aquí logra superarse… como mala actriz); un actor extranjero (el español Andrés Velencoso) que, a tono con la performance de Viale, no transmite ninguna emoción en el rol de principal ejecutor de un plan de venganza; un elenco multiestelar en donde casi todos están desaprovechados (cuesta ver a actores como Antonio Birabent, Julieta Cardinali, Daniel Hendler, Inés Estévez, Carla Peterson, Martín Seefeld, Julieta Zylberberg en roles tan estereotipados o de escaso desarrollo) o no logran destacarse como suelen hacerlo (Sofía Gala Castiglione o Pablo Echarri, por mencionar dos ejemplos); un guión lleno de lugares comunes, con una mirada de pobre construcción sobre el mundo de la moda y el mundo marginal, que no funciona ni como thriller ni como relato erótico ni como drama; y un sinfín de diálogos con los que los intérpretes deben luchar, porque no tienen ni una pizca de dimensión de verdad.

¿Qué podía salir de todo eso? Bueno, salió Edha. Sería fácil tomarla en chiste y disfrutarla, pero aún en ese tipo de modalidad receptiva la tarea es compleja. Edha subraya lo que asume como “importante”, pero no logra dotarlo de genuina importancia. Esto se hace evidente en la torpeza con la que delinea los micro-universos que la componen; los marginales parecen de manual, el mundo de la moda está en manos de “iluminados” y arpías (ese momento en donde Edha “hace” una prenda con un líquido negro (¿petróleo?) y un acolchado… ¡ay!), y las familias judías nos hacen preguntarnos qué quedó de ese Burman que le aportó al cine nacional una mirada inteligente sobre la colectividad en Argentina. Todas estas arbitrariedades en el tratamiento de los personajes y de los ambientes por donde circulan llevan al producto a una resolución que parece pensada a las apuradas, en la que se propone un “crecimiento” en el personaje que reposa sobre cuestionables aristas ideológicas. (Atención: spoiler.) Porque más allá de que la sufrida heroína quede junto a su hija adolescente en una situación que podríamos graficar con la imagen del Ave Fénix, el escenario sobre el que se propone remontar su empresa es el mismo en donde se produjo la desdichada tragedia. Así, sin más, habrá que preguntar a los guionistas cómo hará el personaje en una eventual nueva temporada para adquirir ese galpón destruido, del que ni siquiera es dueña, y en el que se gestó su declive. Declive que fue también, ni más ni menos, el fin de la vida de tantos anónimos que, en silencio y sin chistar, colaboraron con el mantenimiento de su imperio.