Proyecto Florida

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La apuesta radical de Sean Baker al realizar Tangerine le valió una efusiva aclamación por parte de un sector específico de espectadores, deviniéndose de alguna manera en lo que se entiende como “cine de culto”. El peligro de estas relaciones entre un director con el público, especialmente si se trata de un cineasta primerizo, es que este puede malinterpretar el espaldarazo como garantía de un vínculo sellado. Hacer una película con una propuesta estética o un marco de producción diferente a lo que se exhibe en los cánones comerciales no asegura la fama vitalicia para el artista. M. Night Shyamalan, Abel Ferrara o Soderbergh son víctimas de esta suerte de hybris en donde el público que en un principio lo destacó, luego se volvió despechado en su contra.

El proyecto Florida no es tan rupturista como Tangerine en cuanto a los temas que aborda y la construcción de la empatía a pesar de la contradicción de sus personajes. Pero indudablemente la película que hoy tiene su estreno en la cartelera argentina guarda una complejidad en la dirección actoral y la capacidad sintética y simbólica del universo que retrata. “Proyecto Florida” no es más ni menos que la representación del devenir de un grupo de niñas y niños que viven sobre la vereda de los enormes parques de Disney, pero cuya situación de emergencia los suprime de la fantasía y los sueños que pregona la industria de Walt Disney. Los primeros albores de la generación que nació en la crisis del 2008. Aunque ya esta premisa implique un proyecto inabarcable Baker también se anima a ir sugiriendo de pasada los conflictos que viven sus padres y otros integrantes de la microsociedad que viven en los moteles aledaños a los parques. De este segundo grupo de personajes emergen el gerente Bobby (le valió la nominación a actor de reparto a Willen Dafoe) y la indomable Halley (Bria Vinaite). El primero es un personaje que debe lidiar con las tensiones internas de los cohabitantes del complejo, pero aun ante personas conflictivas como Halley, Bobby adopta una actitud deferente y protectora con los huéspedes. No solo busca conciliar cualquier problema vecinal, sino que pondrá al servicio de ellos su compasión e incluso expulsará del complejo a un anciano potencialmente pedófilo. También hay lugar para un mínimo punto de fuga a su vida privada con la presencia escueta de su hijo (Caleb Landry Jones).
Por el otro lado Halley representa a la madre soltera que debe criar a su hija, donde su condición maternal prematura se entrecruza con su rebeldia juvenil. Las escenas que comparte con su hija Monhee (Brooklyn Prince) son la más frescas que ha dado el cine independiente estadounidense en años. Las consecuencias de un sistema que debió reponerse de una fuerte crisis económica están representadas en ellas, quienes a pesar de todo y todos desnudan una vitalidad y personalidad capaces de trasvasar la pantalla. Las consecuencias de la crisis no son aludidas por las actrices, sino que anidan en ellas.

¿Cuál es el logro principal de Baker y qué rasgo lo vuelve singular, tratándose de un tema tan referenciado en la historia del cine? La elocuencia de su propuesta presupone la respuesta: “cuando los niños están en toma, la cámara está al nivel de sus ojos. No hay un solo momento en la pantalla donde estemos mirándolos desde arriba. Quise que fueran grandes; reyes y reinas de su mundo.”. No resulta novedosa esta filosofía técnica de homologar nuestra mirada con la de los niños. Pero sí se destaca en que esa estrategia es su correlato discursivo y actoral: nuestra identificación (y fascinación ante la naturalidad de sus palabras y miradas) no está brindada solo por el posicionamiento de la cámara, sino por la transparencia de sus actores. Salvo Williem Dafoe no hay actores profesionales que se rijan por un método del oficio, son todos humanos que materializan en clave documental su existencia.

La literalidad de la contraposición entre el mundo de la fantasía de Disney con la de la infancia de estos niños marginales, que en cualquier guion sería un subrayado burdo, en Proyecto Florida es profundamente orgánico a la naturaleza de la historia. Los niños no se sientan a observar desde el otro lado de la cerca el mundo que les es prohibido sino que sucede todo lo contrario; Monhee, Jancey (Valeria Cotto) y Scooty (Cristopher Rivera) no están exentos de los juegos infantiles ni de la maravillosa fantasía que prodiga su imaginación. Baker no pierde el tiempo estilizando sus derechos vedados en busca de un escarmiento demagogo, como suele pasar en el cine latinoamericano que alaban en Cannes, o lo que intenta sermonear la última película ganadora del Palma de Oro. Con “Proyecto Florida” sitúa al espectador de la manera más literal y sincera posible en ese universo, en donde el amor, la fantasía y la compasión conviven con la miseria, como lo hiciera De Sica en la excelente “Milagro en Milán”.  Ellos escupen autos, incendian casas abandonadas y mendigan comida pero no existe música que le imprima un tono trágico, ni un tratamiento visual fotogénico que apele a lo explícito para herir la sensibilidad del espectador. La naturalidad de los actores infantiles, por sobre todas las cosas de Brooklyn Price, evita las recurrencias a todos esos artificios que tanto disfruta el cine que gana premios en Cannes. La niña llorará una sola vez en la película y con eso bastará para representar todas sus penurias. Antes que eso Baker la dejará desplazarse con la misma libertad que le otorga Halley a Monhee para que junto con Snoopy y Jancey se divierta y viva su propio mundo de fantasía.

Proyecto Florida es una película hermosa, con un gran compromiso político y social, que indudablemente supera en términos humanos a cualquier producción realizada en los Estados Unidos en el 2017.