La reina del miedo

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Según la definición del Diccionario de la Real Academia, el miedo es la angustia que provoca estar expuesto a un daño real o imaginario. Todos padecemos algún tipo de temor. La oscuridad es quizás el más ancestral y, por ende, origen de todos los demás terrores que se despliegan en nuestra existencia, como el miedo a lo desconocido, a la enfermedad, a la muerte, al encierro, a la soledad y a todas sus variantes (que son incontables) que se diversifican en nuestro inconsciente como las raíces de un árbol.

La película La reina del miedo (2018) comienza con el más primitivo de todos: la oscuridad. Una oscuridad que trae aparejado otros miedos como el terror a lo desconocido, el de sentirse vulnerable, desprotegido y que, en conjunto, nos arrastre a pensar que una muerte inminente se encuentra precisamente dentro de esa temible oscuridad. Es por eso que los primeros cinco minutos de esta ópera prima de Valeria Bertuccelli nos sumerge de lleno en la oscuridad, un inicio que podría, tranquilamente, ser el de una película de terror. Las razones son varias: un corte de luz en la casa de la protagonista, el perro que misteriosamente deja de ladrar y una casa laberíntica que desemboca en varios espacios cubiertos de vegetación. Uno esperaría que en cualquier momento apareciese algún asesino con un hacha en la mano, un muñeco que cobre vida o un fantasma con la cabellera cubriéndole la cara. Pero no. No sucede eso. Ocurre algo más terrenal y realista como la aparición de Prosegur —una secuencia por demás fallida que no hace más que demostrar quién es uno de los auspiciantes de la película— la empresa de seguridad que la dueña de casa llama como tantas otras veces en que el pánico la asalta a altas horas de la noche. Y es que Robertina (Valeria Bertuccelli) es un compendio de miedos. Miedos que le impiden llevar una vida tranquila, apaciguada y con cierto orden.

La historia transcurre en una instancia muy particular: la de una actriz (Robertina) que está por estrenar una obra de teatro. Lo que podría interpretarse como pánico escénico para quién se dedica a la actuación o terror a la página en blanco para quien se dedica a escribir, en Robertina es mucho más complejo. En ella se enquistan diferentes tipos de miedos, miedos que ensombrecen todas sus actividades y rutinas que va enfrentando como puede, es decir, dando rodeos sobre la marcha para eludir sus obligaciones, poniendo en práctica una y otra vez esa premisa tan conocida que reza: lo urgente no deja paso a lo importante. ¿Pero qué es lo importante para Robertina? Para Tina, como la llaman sus conocidos, es más importante consolar a la mujer que la ayuda en su casa antes que ensayar una obra que está por estrenar en días, es más importante ir a visitar a Lisandro, un amigo enfermo de cáncer, que dar las últimas directrices para su esperado regreso a los escenarios del teatro Liceo, es más importante poner orden en su vida sentimental, que elegir cuál de los vestidos va a usar para su debut en los escenarios porteños. Y ese orden de prioridades lo consigue a medias cuando se aleja de todos y de todo, sin avisar a nadie, ni al elenco, ni a la producción, ni a sus asistentes para irse a Dinamarca.

En las frías y lejanas tierras nórdicas vuelve a encontrarse no solo con su amigo de toda la vida (muy buena interpretación de Diego Velázquez), sino con su propia existencia. Y lo hace, paradójicamente, a través del supuesto fin existencial en el que parece estar condenado Lisandro. Un planteo que irá elucubrando en su viaje de regreso para inaugurar su obra teatral. Es así que Robertina se plantea un sinfín de dudas existenciales. Si la vida es tan efímera, ¿por qué cargar con el peso de obligaciones en las que no se siente cómoda? ¿Por qué malgastarla en locas carreras en una profesión en la que ya perdió todo deseo de trascendencia?  Su mirada a los carteles publicitarios en donde se ve posando sin ninguna muestra de alegría, nos señala la incomodidad que le produce verse a sí misma, de lo efímero de la popularidad, del estrellato, de la vida misma, una vida que en cualquier momento se nos escapa como arena entre los dedos, como advierte en la situación en que se encuentra el amigo que tanto quiere. Yo no tendría que estar acá, le dice a su manager. Y no lo dice en cualquier lugar, lo dice en su camarín, minutos antes de entrar a una sala llena de espectadores. ¿Y dónde tendría que estar, podría preguntarse? No lo sabe muy bien, pero luego de su regreso —una especie de viaje iniciático— empieza a intuirlo. Porque lo que advierte a su regreso de Europa es otra vez el caos, los miedos y las inseguridades. Claro que en Robertina el miedo no opera como un bloqueo, como una parálisis que invalida sus prioridades, sino que opera lo que en psicología se llama: “huida hacia adelante”. Huir hacia un horizonte que no logra visualizar con claridad pero, como la polilla a la luz, va a dejarse llevar sin importar las consecuencias.

Además del drama existencial de Robertina, en donde cualquier contratiempo logra desarmar su de por sí precario equilibrio emocional, y de un costado en el que la película roza el humor negro —la escena en donde la depiladora le cuenta cómo perdió su bebé es magistral—, Bertuccelli nos muestra cómo se vive parte del proceso creativo de una obra de teatro. Vestuario, iluminación, puesta en escena, coreografía, etc., sirven para ver al personaje en acción, claro que es una acción que no solo logra poner nerviosos a productores y técnicos sino que lo hace utilizando todas las herramientas que están a su alcance —colgarse de una cuerda para una supuesta performance arriba del escenario, llevar un árbol al teatro, viajar a Dinamarca, ponerse a refaccionar la casa justo en pleno estreno— para dar rodeos a la puesta final de un unipersonal que, inconscientemente,  no quiere hacer. Por eso el continuo escape a terrenos más conocidos como su casa —que también es un caos de jardineros, paisajistas y una empleada que se disculpa todo el tiempo (una gran actuación de Sary López) — para al menos lograr un frágil remanso de tranquilidad. ¿Cómo no interpretar el deseo de llevar un cerezo de su jardín al medio del escenario del teatro, sino como una desesperada manera de llevar algo de su propio entorno para sentirse más segura?

Valeria Bertuccelli logra encarnar un personaje fascinante —ganó el Premio Especial del Jurado a la Mejor Actriz en el Festival de Sundance por este film— lleno de matices que enlaza de manera extraordinaria todos los estados emocionales que van desde el llanto a la risa, y viceversa, en cuestión de segundos. A esta altura no podemos discutir su versatilidad como una excelente actriz de comedia, pero aquí, además de lograr un registro más dramático y oscuro, no solo dirigió su primer film junto a Fabiana Tiscornia, asistente de dirección de muchas de las películas de Lucrecia Martel, sino que fue su guionista. Es decir que acapara todos los rubros más importantes del film, casi como el unipersonal que Robertina tiene que hacer en la película.

La reina del miedo es un gran film lleno de facetas actorales de primerísimo orden, por donde desfilan actores de la talla de Darío Grandinetti y Gabriel Goity, por un lado, y la empleada doméstica y la depiladora, por el otro, que con escasísimos minutos de aparición, imprimen una presencia tan fuerte que apuntala el film de una manera excepcional.

La fotografía, de suaves color pastel, parece darle una atmósfera lavada, casi como de película antigua que contrasta con la música decididamente moderna de Vicentico, su marido en la vida real.

Bertuccelli comenzó una carrera como directora cinematográfica con el pie derecho. No sabemos si continuará en esta faceta, pero su ópera prima resulta una gran sorpresa que destila un alto profesionalismo en dirección de actores, encuadres de cámara —el uso de steadycam en planos secuencia dentro de su laberíntica casa está muy bien lograda— y la acertada inclusión de música en la película —algo que muchos directores argentinos desdeñan, como si los films desprovistos de música ambiental, los dotara de una pátina de mayor “seriedad”—. La reina del miedo, en resumen, viene a reflejar todas las inseguridades que en mayor o menor medida llevamos a cuestas y por eso mismo, es un gran acierto.