Cetáceos

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La metáfora es simple: el sonido con el que las ballenas se comunican es tan fascinante como descifrable. Con esos sonidos, un biólogo marino que Clara conoce en un fin de semana en el que viaja con un grupo de yoga, está obsesionado; él filma un documental sobre el modo de comunicación de los cetáceos y está en pleno proceso de edición de los ruidos. Es asi, parece que las ballenas se comunican mejor.

El lenguaje de las ballenas y el de los humanos parecen ser los temas centrales de un film donde la verdadera comunicación está en problemas.

El universo de Cetáceos, la consistente  opera prima de Florencia Percia, es el del mundo académico. Alejandro (un medido y acertado Spregelburd) es un lingüista que frecuenta Congresos internacionales, y al momento de mudarse junto con Clara (profesora universitaria, aspirante a una beca postdoctoral), debe viajar a un evento en Bologna. Se los va a ver juntos solamente al comienzo y Percia se juega al mostrarlos dubitativos entre una aparente amistad y una relación amorosa desgastada. Acierta. Los contactos a distancia son por skype y las conversaciones giran en torno a la ponencia que Alejandro va a exponer en italiano.

Clara comienza paulatinamente a escapar a las obligaciones que a su vez la atan a Alejandro. Mentiras pequeñas, una clase a la que falta, una reunión de catedra reemplazada por ese fin de semana respirando a 400 km de Buenos Aires; improvisaciones en una vida excesivamente planificada.

Sutil y pequeña, Cetáceos está construida a partir de elipsis y pocas palabras, al menos las que importan, y le sobrevuela un clima de libertad raramente visto en el cine argentino.