Todo empezó en Grecia: los orígenes del teatro

0
0

El origen del teatro se remonta a Grecia, obviamente. Las primeras obras dramáticas surgieron en la práctica de las fiestas dionisiacas: en ellas un coro de hombres disfrazados de machos cabríos entonaban ditirambos –composiciones líricas– y danzaban con las bacantes en honor a Dioniso (recordemos que las bacantes eran las mujeres griegas que adoraban al dios). El culto se popularizó hacia el siglo VIII o VII a C., y sus ritos fueron difundiéndose y llegaron a mezclarse con otros más antiguos, orgías y fiestas.

Los festivales evolucionaron y en el siglo VI introdujeron un actor que alternaba con el coro; un siglo después, tenemos claramente diferenciada la tragedia y la comedia con los grandes trágicos: Sófocles, Esquilo y Eurípides. Los dos primeros aumentaron el número de actores, lo que hizo necesaria la creación de un mayor escenario. Así se construyeron grandes teatros de piedra que fueron capaces de albergar a más de 10.000 espectadores.

Espectáculos multitudinarios, las tragedias griegas cumplían además una función social que se conecta con la catarsis. Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir al espectador de sus propias bajas pasiones al verlas reflejadas en los personajes de la obra. Todo esto, a su vez, se relaciona con la hybris, el orgullo desmedido que hace a los mortales creerse superiores a los dioses, considerada para los griegos como el más grave de los defectos y la causa fundamental de todas las desgracias. Entonces, la catarsis ayudaba a los espectadores a no caer en esa desmesura trágica.

Durante los últimos tiempos del Imperio Romano, el teatro había descendido a niveles tan bajos de calidad literaria, y aparentemente de calidad moral, que la nueva religión oficial, el cristianismo, lo combatió hasta hacerlo desaparecer. Sin embargo, la Iglesia de Roma se encontró con un problema: como las misas eran en latín, no eran comprendidas por los fieles. En consecuencia, resurge el teatro como una posibilidad de hacer participar al público para acercarle los temas bíblicos por medio de representaciones en los atrios de las iglesias.

En cuanto a lo que conservamos del teatro medieval, el texto más antiguo de Occidente es un fragmento de 147 versos en lengua mozárabe, probablemente traducción de otra obra anterior, en latín o quizá en francés, recopilada en la Península a fines del siglo XI o principios del XII. Ramón Menéndez Pidal la tituló Auto de los Reyes Magos.

Fuera del ámbito religioso, el verdadero teatro medieval español estuvo representado por el bululú itinerante, cómico que desempeñaba las funciones de narrador, cantante, actor y mimo. Con el correr de los siglos, se le agregaron otros actores, y así se formaron pequeñas compañías, las de los llamados “cómicos de la legua”.

Recién a fines del siglo XV, surge en España, con Juan del Encina, el “teatro de autor” que alcanza su momento culminante en el Siglo de Oro con Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca, por mencionar algunos.

Después, la historia es un poco más conocida. El teatro siguió evolucionando, incorporando novedades, creciendo en cuanto a subgéneros y modos de representación. El teatro nos convoca en cada función, nos sigue haciendo participar, nos conecta con los grandes temas del hombre y nos pone frente a las grandes preguntas existenciales. Como expresó  Isabelle Huppert: “El teatro para mí es el otro, el diálogo, la ausencia de odio. La amistad entre los pueblos. No sé ahora mismo qué significa exactamente, pero creo en la comunidad, en la amistad de los espectadores y los actores, en la unión de todos a los que reúne el teatro, los que lo escriben, los que lo traducen, los que lo explican, los que lo visten, los que lo decoran, los que lo interpretan, incluso, los que van. El teatro nos protege, nos acoge… Creo de veras que nos ama… tanto como lo amamos”.