Amaluna: Cirque du Soleil en Argentina

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Amaluna: Magia, excelencia y cálculo bajo la carpa más famosa del mundo

33 años después de su establecimiento como compañía circense, el Cirque du Soleil logró erigirse como una auténtica factoría de sueños, una extraordinaria maquinaria en donde se aúnan la excelencia artística y el cálculo económico. El público lo sabe, y está dispuesto a pagar una costosa entrada para ingresar a un universo singular, espacio en donde la proeza y la emoción pueden ir de la mano y no soltarse nunca. Tras una primera y exitosa temporada en Rosario, el circo canadiense creado por Gilles Ste-Croix, Guy Laliberté y Daniel Gauthier se encara su séptima visita en Buenos Aires (ya arribaron hasta aquí Saltimbanco, Alegría, Quidam, Varekai, Corteo y Séptimo día). La última parada será Córdoba, ciudad en donde ofrecerá una menor cantidad de funciones. Amaluna es el nombre de este espectáculo en donde la magia tiene más que nunca un protagonismo absoluto.

Inspirada en La tempestad, de William Shakespeare, Amaluna se concentra en su núcleo familiar pero con una interesante subversión; ya no se trata de la historia de Próspero y su hija, ahora será Próspera, una mujer hechicera, la encargada de generar la tormenta que traerá más vida a la isla en donde vive junto a la bella Miranda.  Anulados los aspectos políticos de la obra (que algunas puestas se propusieron enfatizar, como la lograda versión que aquí dirigió el catalán Lluís Pasqual con una inolvidable actuación de Alfredo Alcón), lo que profundiza Amaluna a partir del cambio de género de uno de sus protagonistas es la idea de la mujer como creadora suprema, aspecto que se vincula con la relevancia de los debates feministas actuales pero que, claro, no tiene una conexión directa (habrá quien piense más bien en la negación de tales debates, por cierto). Se trata, en definitiva, de trabajar sobre un imaginario mucho más arcaico y de raigambre mítica que apunta a coronar a la mujer como la actante crucial en la dialéctica entre lo dionisíaco y lo apolíneo; su fuerza es abismal,  pero da como resultado una nueva cuna de la civilización.

El espectáculo comienza con un ritual; Miranda acaba de llegar a la mayoría de edad y Próspera causa una tormenta tan poderosa que es capaz de arrastrar hacia sus tierras toda una embarcación. En ella está Ferdinando, joven que cae enamorado por la belleza de Miranda. Pero el flechazo es recíproco. Hay en la isla espacio para dos figuras clownescas (de nuevo, un hombre y una mujer), que serán recordadas  por la empatía que entabla con la platea. Y también está el monstruoso Calibán, dotado –como no podía ser de otra manera- de una elástica y anfibia figura, deseoso de atraer a la hija de Próspera.

Lo más interesante de esta puesta dirigida por Diane Paulus tiene que ver con la sinergia de sus excelentes acróbatas, que se integra y amolda a la fábula ampliando sus metáforas, como si cada número ratificara la anécdota al punto de iluminar en ella nuevas dimensiones. Los picos dramáticos no siempre coinciden con la excelencia de los cuadros, es cierto, pero ¿cómo medirlos, cómo compararlos, cuando todo está donde debe estar, con cronométrica precisión? Ese es, paradójicamente, el costado más “criticable” de un espectáculo que se construye como un mecanismo de relojería, en donde la emoción es el resultado de la sofisticación más calculada.

Cada espectador podrá armar su lista de cuadros preferidos, pero lo cierto es que todos asombran. Las cuerdas aéreas entablan una relación exuberante y de belleza quirúrgica con el sofisticado canto de su artista; el trampolín doble nos rememora las fuerzas divinas que los hombres intentan reproducir, en una tensión constante con el tiempo y el espacio; las luces están en plena función expresiva, generando olas de color en esa maravillosa pileta de agua en donde Miranda (nos) enamora y todo se transforma. El público aplaude cada proeza, celebra el encanto de la compañía y, casi como si fuera un cómplice, también calla cuando Amaluna propone un cuadro de pulsión milimétrica. Se trata del número en el que una artista oriental mueve, cuan juego de palitos chinos, una serie de ramas que van desde el piso hasta su cabeza, formando un árbol a fuerza de concentración y controlados movimientos. Al igual que en sus espectáculos más teatrales como Corteo, aquí se llega a una síntesis entre el componente emocional del relato y la corporalidad de los artistas, en un recorrido cuya imaginería visual no opaca dicha mixtura sino más bien lo contrario: la ilumina para encandilarnos.