Adiòs Entusiasmo y hola Sala Lugones

0
1

Se anunció la programación de la Sala Lugones y la cinefilia porteña tiene un motivo para festejar. Dos de los cineastas más relevantes e icónicos del siglo XX tendrán su retrospectiva: el primero, bastante conocido en el ámbito rioplatense, es nada más y nada menos que el sueco Ingmar Bergman; el segundo, menos revisitado en nuestro país pero canonizado por el cinéfilo universal, es el maestro nipón Yasujiro Ozu. Derek Jarman, Takashi Miike, Zelnik y Visconti también tendrán su foco (que en el último caso no abarca su filmografía sino solo dos obras), así como también los musicales de la Edad Dorada hollywoodense. También se proyectarán filmes realizados durante el Mayo francés, acompañados por otras representaciones fílmicas de este acontecimiento. Si la retrospectiva de ambos maestros parece inigualable, no menos estimulante resulta la selección de grandes clásicos italianos, quizás una de las cinematografías más cercanas e influyentes para el universo del cine local.

Pero la curaduría de Luciano Monteagudo y la Fundaciòn Cinemateca Argentina no se remite exclusivamente a remover obras pasadas, sino que también se ofrece como espacio de difusión de nuevas producciones vernáculas. En medio de la desaprensión de los exhibidores de cine por los estrenos argentinos, los cuales son relegados a una efímera vuelta por el Gaumont, la Lugones se erige como uno de los pocos reductos donde estas películas pueden permanecer un tiempo en la cartelera y entonces poder sentir la caricia del público que les dedica su tiempo. No suelen ser muchos estrenos, por supuesto, pero también está certificado que ninguno pasa desapercibido.

Y en correspondencia con el valor simbólico de la programación y el compromiso cultural que la sala asume, lejos de asegurarse su apertura de la temporada con un film cuyo vínculo con el público ya esté garantizado, inaugurará el 2018 este jueves 15 de marzo con una apuesta radical por lo experimental de su producto. Se trata de Adios entusiasmo, el primer largometraje del colombiano Vladimir Durán. La trama de la película se construye a partir de un punto de fuga naturalizado por los personajes de la historia: tres hermanas, Antonia (Mariel Fernández), Alejandra (Martina Juncadella) y Alicia (Laila Maltz) y su hermano menor Axel (Camilo Castiglione) conviven en un departamento junto con su madre (Rosario Bléfari), quien está encerrada en una habitación y nunca la vemos, pero constantemente la oímos. Su ausencia física está lejos de implicar una orfandad dentro del círculo de hermanos, dado que ella vivirá impartiendo órdenes a sus hijas e hijo, exigiéndoles favores, conversando y discutiendo.

Lo que podría entenderse como un componente surrealista que está naturalizado por lo hermético de un círculo familiar (en la misma línea que Canino o Miss violence u Otesanek), queda anulado cuando también lo vemos naturalizado por la presencia de agentes externos como la tía Marta (Verónica Llinás), los amigos o fundamentalmente por el personaje compuesto por el mismo Vladimir Durán, el forastero Bruno.

Aparentemente interesado en Antonia, la irrupción de un desconocido al hogar no infunde pavor o rechazo en la familia, aunque sí es de alguna manera ignorado, detonante para que Bruno recorra la casa y sin escrúpulos proyecte videos caseros familiares. Esta arbitrariedad se incorpora al verosímil desde el comienzo y permite, por otra parte, ser el pie a otras arbitrariedades narrativas que se van hilvanando con el correr de los minutos. Adios entusiasmo no se parece a las películas anteriormente citadas porque no se basa en la fórmula de trastocar un código social que detente una anormalidad a partir de la cual la trama se desarrolla lógicamente (en términos gramaticales el condicional: qué pasaría si en una familia la madre viviera encerrada). El camino adoptado en la película, que se estrenará este jueves, conduce un relato que nunca se sube al caballo de la causa-efecto sino que opta por encadenar una serie de desfasajes tanto o más disruptivos que la premisa inicial de la madre encerrada. No se trata de suponer como quedaría el terreno de las relaciones de los personajes tras la fisura que implica el encierro de la madre, sino de ir astillándolo continuamente para ver qué posibilidades expresivas ofrece el desequilibrio inasible que acontece en ese departamento. Como afirma Durán sobre su película, se trata de explorar una “lógica aberrada y corrida, gente que piensa distinto al lugar común”.

En la enigmática primer escena el niño distrae a su hermana mientras toca el piano insistiéndole que la materia oscura que nunca vemos está durante cada segundo de nuestra vida atravesando nuestro cuerpo. Acto seguido, sin medias tintas, tras el desinterés de su hermana por su reflexión está cantando junto con ella una canción en portugués. Luego molesta a su mamá cuando golpea insistentemente la puerta de la habitación cerrada. Durante la película dibujará mapas y hará muñecos de plastilina y junto con sus hermanas se dirigirá al baño a conversar con su mamá. Habrá un festejo de cumpleaños adelantado con varios invitados y un juego teatral orquestado por la tía. La ruptura de la causalidad permite, en los breves 78 minutos de duración de la película, desplegar un abanico de acontecimientos que comparten un estribillo sensorial y psicológico. El formato extremadamente apaisado -poco explorado en el cine argentino- colabora en aislar claustrofóbicamente a los personajes (quedando el piso y el techo en fuera de campo) pero que a su vez integra un gran porción espacial a los costados, que están generalmente vacíos. Las contradicciones sensitivas que enuncian este formato (fotografía de Julián Ledesma), como también cierta artificialidad digital en los paneos que unen a un personaje con otro o el sonido metálico de algunas voces (sonido a cargo de Nahuel Palenque), permiten darle oxígeno al divague narrativo y actoral dado que el film termina fomentando un culto a la extrañeza.

Para los adalides del relato aristotélicamente cerrado, Adios Entusiasmo será una pérdida de tiempo. Las pretensiones de Durán no son propinar el placer estético que ese tipo de estructuras suele generar. Para quien sea ávido de un tipo de narrativa enigmática donde las respuestas son políticamente omitidas encontrará en esta película un ejercicio estimulante en la exploración sensorial del mundo interno de sus personajes. Durán (según sus palabras) compartió clases de teatro junto a los integrantes del elenco, lo cual generó una relación que tuvo como resultado esta creación colectiva que lo tuvo como director de orquesta. La improvisación y experimentación con sus compañeros dieron lugar, por ejemplo, a la invención del comentario inicial sobre la materia negra por el propio Camilo. La sinceridad de sus actores, especialmente del niño, permiten infiltrar al espectador dentro del íntimo hermetismo en que convive esa familia. La variedad del punto de vista de los personajes proporciona un vaivén perceptivo donde las imágenes y sonidos se emiten de acuerdo al mundo del personaje que esté protagonizando el plano. Para más inri, el mismo Durán: “La idea era desarrollar mucho el lenguaje cinematográfico jugando con los fueras de campo y con un personaje que desde allí generara una deconstrucción del espacio y de la claustrofobia emocional. Quiero eso en mi cine: información sustraída para que ganen los actores, los espacios deconstruidos”.

La temporada 2018 en la Sala Lugones está a punto de comenzar. La valoración de su empresa en remover y promover cine de todas las latitudes, épocas y poéticas es incuantificable. Su reapertura tras un prolongado parate por remodelaciones el año pasado fue vital. La sala ubicada en el mítico piso diez seguirá absorbiendo personas al mundo paralelo de luces y sombras, quienes vuelan en el ascensor no como modo de evasión de la realidad sino todo lo contrario: para conectarse atentamente al mundo exterior con mayor concentración y compromiso que cuando el ascensor los devuelva a la planta baja. Ya sea para disfrutar con la belleza inocente de El mago de Oz, deleitarse con el paciente humanismo de Primavera Tardía, viajar introspectivamente con Fresas salvajes, conmoverse con un dramón como Rocco y sus hermanos o asombrarse ante la impredecibilidad de Adios entusiasmo. ¡Que viva la Lugones!

Del jueves 15 al miercoles 28 de marzo (no el 24 de marzo)
21:30 hs en la Sala Lugones
Corrientes 1530