Del hombre de Neanderthal a Banksy: 70.000 años de stencil

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Para aquellos de nosotros que estamos al pendiente de las noticias sobre la prehistoria (un mundo que, por más pasado que sea, no deja de dar sorpresas todo el tiempo), el descubrimiento de unas pinturas rupestres de 70.000 años siempre es un grato momento. Durante mucho tiempo, se especuló con que las manifestaciones y las expresiones artísticas eran un fenómeno exclusivamente humano, al que se había llegado, luego de una suerte de desarrollo evolutivo intelectual, hace aproximadamente 40.000 años.

Varios elementos conspiran contra esta hipótesis. En primer lugar, el hecho de que el Homo sapiens tiene sobre la tierra aproximadamente 200.000 años, lo cual lleva a preguntarnos por qué, si nuestro cerebro biológico es el mismo desde hace tanto tiempo, tardamos 160.000 años en expresarnos de manera plástica, con formas y colores. En segundo lugar, la de una posibilidad siempre latente cuando hablamos de prehistoria, la de que las pinturas (o artefactos para el caso) más antiguos se hubieran perdido en el oscuro vacío del tiempo perdido (sin evocaciones ancladas en harinas y azúcares con forma de magdalena). En tercer lugar, ya hay registro arqueológico que muestra que el Homo sapiens dejó sus huellas pictóricas en cuevas africanas hace más de 100.000 años; pero claro, como se encontraron en Africa y no en Europa, para la “historia del arte” y su ya perimido eurocentrismo, estos hallazgos no tienen lugar. En cuarto lugar porque ya sabemos que hay expresiones pictóricas de casi 300.000 años, realizadas por Homo erectus (se encontraron guardas geométricas en Indonesia, hechas sobre un diente de tiburón), lo cual pone en duda todo lo que pensamos sobre el carácter único del ser humano. Y, horror, ¿Cómo se atreven a poner en duda nuestras convicciones?.

Pero lo que nos importa aquí, es que aparecieron estas pinturas rupestres, de una belleza notable y que fueron hechas por Neanderthales (una especie de homínido muy emparentado con nosotros, los sapiens; una suerte de parientes muy sexys con los que, ahora hay evidencia, tuvimos sexo). Pero también que fue usada, por vez primera (hasta que un nuevo registro arqueológico lo desmienta), la técnica pictórica del stencil. Sí, 70.000 años de stencil, ¡qué método prolífico!. Las imágenes que los investigadores pudieron observar y registrar eran abstractas, no figurativas. Podrían haber sido la obra de un artista de las vanguardias de los años 20, un neanderthal en Montparnasse. Claro el stencil prehistórico no usaba un aerosol industrial, pero sí un aerosol con tracción a sangre. En vez de un artista lanzallamas, era un artista lanzacolores. Una escupida cromática y ya está, un patrón estético estampado en la pared de la roca destinado a quebrar al tiempo.

En definitiva, no hay tantas diferencias entre el arte callejero y el arte rupestre. En ambos lo colectivo cumple un papel central, aún cuando se individualice en un Banksy o en un Basquiat. En ambos, el espacio de expresión es una pared (cultural o natural). Claro no sabemos si el alero o la caverna prehistórica era un espacio común o sólo algunos pocos podían ingresar allí; pero sí sabemos que Banksy resignificó el espacio público, le dio una identidad, que si bien no es privada, es claramente subjetiva. El arte callejero y en particular el stencil, se volvió parte de nuestra cultura, como una suerte de crónica de nuestro tiempo, donde los acontecimientos quedan reflejados en las paredes de nuestras ciudades.

Con respecto al hallazgo de arte abstracto realizado por Homo neanrdethalensis, debemos decir que, humildemente, esto cambia radicalmente nuestra concepción acerca de la “Historia del Arte”. Ya no es un fenómeno exclusivamente humano, ya está claro, por si quedaban dudas, que las expresiones artísticas son patrimonio de los primates en su conjunto. Hay casos de chimpancés en cautiverio pintando, aunque claro fueron enseñados para hacerlo. Pero los indicios de que aún los Homo erectus poseían manifestaciones estéticas y que los queridos y bonitos primos colorados, los Neanderthales, lo practicaban con frecuencia y habilidad, son muestras suficientes para que, como estudiosos del fenómeno, ampliemos los horizontes y destrocemos nuestros prejuicios antropocéntricos. Como decían por ahí: no somos los únicos.